Por Alberto Pinzón Sánchez.*

Después de un viaje de más de 18 horas en un destartalado bus, por una carretera corcovada que más parecía un camino de herradura de la época colonial para atravesar la maciza cordillera, llegó finalmente al Pueblo el investigador, enviado personalmente por su amigo el ministro de justicia desde Bogotá, para ayudar a encontrar el baúl desaparecido con todas las pruebas testimoniales y físicas que había sido recogidas cuidadosamente por el juez municipal, sobre la masacre cometida, Eres meses antes en una de las calles del Pueblo, por un grupo militar llegado desde el interior del país.  

 La masacre, había dejado intensas huellas y pruebas fáciles de allegar; porque hubo muchos testigos de la matazón cometida en una de las calles a plena luz del día, y además, había sido anunciada con mucha anticipación por medio de soeces y amenazantes panfletos.

Además, en el puesto de salud, existían las anamnesis de los 8 heridos, y el capitán comandante del grupo de 20 soldados enviados urgentemente al Pueblo desde la cercana base militar de La Dorada, poco después de conocida la noticia, investido de amplios poderes para controlar el orden público había escrito como máxima autoridad, un acta de defunción de los 12 muertos con ráfagas de ametralladora, rematados cruelmente a hachazos y de la cual existía copia en el juzgado.

También, el secretario del juzgado, amigo de muchos de los masacrados, después del triste y melancólico entierro colectivo de las víctimas, en medio del terror que aún embargaba a los pobladores, había conseguido escribir varias declaraciones y guardar otros documentos escritos como recortes de periódicos, algunos de los panfletos soeces amenazantes con los cuales se anunciaba la masacre; había recogido los casquillos de bala de las ametralladoras junto con el hacha de cabo corto aún ensangrentada con que se remataron a los heridos y que había sido dejada abandonada en la orilla de la calle.

Recuperó y amontonó todo y lo trasladó a la pieza donde funcionaba la oficina del juzgado, depositándolo en un baúl grande de madera que aseguró con una cadena de metal, cerrada con un candado grande y herrumbroso propiedad del juzgado. Por su parte, el juez municipal, había logrado hacer el primer análisis escrito del material conseguido en un pequeño informe preliminar.

En el galpón de tejas de zinc corroídas por el óxido y el polvo, situado a dos cuadras de la plaza principal del Pueblo que servía como estación terminal de transporte, el investigador enviado, un hombre con bigote y de pelo ensortijado, de mediana edad, robusto y pequeño; después de sacudirse el polvo del camino, preguntó por una pensión donde alojarse. Le indicaron la única que existía en una casa escueta situada en el marco de la plaza, donde consiguió un aposento con un catre de madera con un colchón de paja, una mesita de noche y un juego de jarra y jofaina para el aseo personal.

Después de asearse la cara y refrescarse del calor del medio día, se dirigió a la oficina del juez, situada, según le dijo la dueña de la pensión, en una bóveda con unas gradas de cemento enfrente de la Iglesia. Se presentó ante él y su secretario mostrando su identificación junto con los papeles que lo autorizaban y luego de un recibimiento rutinario, los tres salieron a la calle empedrada que salía de la plaza, hacia donde quedaba un cafetín aceptable y sin música estridente donde se podía charlar. Allí los tres tomaron cerveza y mientras conversaron trivialidades sobre viaje y la lejanía del pueblo, miraron a dos señoras chupando ruidosamente un espumoso sorbete de curuba. El juez municipal, acuerpado, también de mediana edad, frente amplia y hundida, labios pulposos y quijada aplanada; de pronto concentró su mirada parda en los ojos plomizos del investigador, inició un largo relato de lo acontecido

 – “Doctor, no hemos podido averiguar nada, ni conjeturar nada, sobre la desaparición del baúl de las pruebas” y continuó: – “mi secretario, como a los quince días de la matanza, sí me alarmó. Me dijo que había oído en la tienda principal del pueblo, cuando fue a comprar algunos víveres, un cierto rumor difícil de precisar, sobre un atentado en mi contra y la quema del baúl de las pruebas. Atendí la inquietud. Hablé con el capitán comandante del puesto militar, quien me tranquilizó diciéndome con mucha seguridad que tenía todo bajo control. El runrún se fue haciendo un poco más real. Durante todo ese mes, cada mañana al abrir la puerta del juzgado, encontraba los mismos pasquines anónimos amenazantes y soeces tirados por el quicio de la puerta. Unas veces eran dibujos rudimentarios con la calavera de la muerte con símbolos sexuales, otras veces acompañados de frases insultantes como “váyase gran jijueputa que lo vamos a matar”. Volví donde el capitán, pero con la misma seguridad que irradiaba, los subestimó diciendo que eran chanzas de algún resentido conmigo o con el trabajo del juzgado. Mi incertidumbre inicial se tornó desconfianza. Hasta que un día, la cerradura de la puerta del juzgado tenía muestras evidentes de haber sido forzada. Entré alarmado, pero pude comprobar que el baúl estaba intacto. Esperé al secretario del juzgado y lo puse el baúl bajo su cuidado personal para que esa noche lo sacara y lo guardara en algún otro lugar más seguro que solo él conociera. La angustia silenciosa de los pobladores, cargada de una ansiedad viscosa, se me había pegado. Era evidente el terror en su vida cotidiana limitada a lo esencial, y una vez caída la noche y cerrada la puerta grande de la Iglesia, cada casa del poblado enmudecía. Hasta los gallos de media noche callaron. Sin avisar a nadie, sentado en un tronco no muy lejos del galpón del transporte, esperé largo rato la salida del bus de línea y solo cuando fue a arrancar, me subí apresuradamente. Así en un viaje como el que usted hizo, doctor, pero, al contrario, llegué a la congestionada terminal de Bogotá, donde tomé un taxi directo al ministerio de justicia, a exponerles la situación que se estaba viviendo en el pueblo. Estaban más enterados que yo mismo de todo lo sucedido y, quién lo creyera; sus informaciones coincidían lo que había estudiado y reposaba en el baúl del juzgado. En el ministerio la persona que me atendió me dijo claramente regrese tranquilamente al Pueblo y no se preocupe, que el capitán del puesto militar tiene todo controlado. Les hice caso y volví. Pero cuando llegué, mi secretario me contó que había ido a buscar el baúl en el sitio donde lo había dejado a guardar y no lo encontró. Así doctor, que como me habían dicho, puse un telegrama al ministerio de justicia informando el asunto y según parece, por esta razón está usted aquí”.

El Investigador sonrió y aprobó la deducción lógica del juez. Tomando aire le respondió: – “Mire doctor, yo soy especialista en investigación judicial graduado en los Estados Unidos. No se preocupe que ese baúl con las pruebas que incriminarán definitivamente a los sospechosos, lo encontraremos como sea. Mañana mismo comenzamos las averiguaciones”.

El secretario del juzgado, con su cara aplanada por la falta de dentadura; atento a la conversación frunció el ceño y bajó la mirada. Un pequeño remolino de viento, preludio del monzón lluvioso, levantó una nubecilla de polvo, y dieron por concluida la charla despidiéndose hasta el día siguiente.

 Esa noche, el investigador pudo comprobar el silencio sepulcral que embargaba la oscuridad nocturna del Pueblo. Tuvo un sueño agitado y sudoroso. A la mañana siguiente, después de desayunar carne asada con yuca, tajadas de plátano fritas y café negro, pensó en iniciar la diligencia interrogando al secretario del juzgado. El juez y su secretario, lo esperaban en la pieza donde funcionaba el juzgado. El investigador le dijo al juez que iniciaría el interrogatorio en su presencia, haciéndole unas preguntas a su secretario. El Juez, abrió sus ojos pardos y guardó silencio, se dirigió al secretario para decirle que el doctor investigador quería interrogarlo. El secretario mostrando gran tranquilidad buscó una silla y se sentó con las manos sobre su abdomen frente al investigador, y espirando con fuerza por su boca sin dientes, le dijo al investigador:

 – “¿Para qué soy bueno doctor?” El Investigador, guardando la autoridad y compostura de su cargo, abriendo una libreta de notas le respondió: – “A ver señor secretario, cuénteme todo lo que sabe sobre ese baúl”.- “Pues verá doctor”, respondió, “yo recogí todas las pruebas, busqué el baúl en la casa de unas parientes mías, conseguí la cadena y el candado y lo sellé aquí en presencia de señor juez; luego vinieron todas esas vainas de las amenazas y entonces, mi jefe el señor juez, me autorizó para que lo llevara a un lugar más seguro donde guardarlo. Así hice. Hablé con la monja directora de la escuela que hay aquí en el Pueblo; le conté todo el caso y le pedí que me dejara guardarlo en alguno de esos cuartos vacíos que tiene esa casona. Ella accedió a colaborarle a la justicia de buena gana. Esa noche, bien entrada la oscuridad, me eché el baúl al hombro y lo llevé por toda la calle principal hasta la pieza que la monja me había señalado. Cerramos la puerta con un candado grande y nos despedimos confiados y encomendando la acción a la divina providencia. Como a los quince días volví a la escuela a incluir en el baúl el último informe escrito elaborado por el señor juez. Busqué a la monja, pero al abrir el cuarto, el baúl había desaparecido. La monja se ofuscó mucho y rezando avemarías se fue a la capilla de la escuela. Yo me regresé al juzgado y le informé a mi jefe el señor juez para que avisara a Bogotá. Eso fue todo doctor”.

El investigador miró a los ojos al secretario, y exhalando una columna de aire tibio cerca de la cara desdentada del interrogado, replicó preguntándole si había signos de violación de la puerta, de la cerradura, o del candado. El secretario fácilmente respondió que todo estaba en perfecto orden – “Bueno, dijo el investigador en ese caso ya tenemos una segunda persona para interrogar.  Entonces, señor juez, sírvase citar a la monja directora de la escuela a esta oficina, para que nos aclare los hechos relacionados con la guarda del baúl del juzgado dejado a su cuidado. Claro que si no puede venir, nosotros iremos hasta donde ella”.

Tres días después de la citación, los tres funcionarios caminaban por la calle principal del Pueblo en dirección a la escuela. La escuela, era una gran casona de un solo nivel, de teja española y gruesas paredes de adobe pintadas con cal, con cuartos espaciosos con piso de tabla y balcones de madera salidos, construida al final del Pueblo o al principio, según por donde se llegue, por los misioneros franciscanos que habían venido a una misión evangélica y de pacificación hacía varios años. Estaba rodeada por un bosquecillo de árboles frondosos de tronco grueso que dejaban un espacio grande de tierra aplanada o patio, donde se hacían los actos solemnes de la escuela y también servía de cancha para deportes o ejercicios en grupo. A un lado, mediada por un pequeño potrero de pasto kikuyo verde, estaba una pequeña capilla construida con la misma arquitectura de la escuela, donde se destacaba una campana de cobre. En el gran portón de entrada, la monja recibió atentamente a los tres funcionarios judiciales. Les hizo seguir y en seguida una niña alumna llegó trayendo una bandeja de loza con una jarra de cerámica y tres vasos de vidrio.;

 – “Refrésquense doctores”, dijo la monja señalandoles la bandeja. Cada uno de los funcionarios tomó un vaso, mientras la alumna un poco desaliñada pero sonriente, los llenaba con el agua verdosa y azucarada de una limonada. – “Reverenda madre”, se adelantó a decir el investigador; “penosamente tenemos que adelantar esta diligencia”. A lo que la monja respondió amablemente: – “No se preocupe doctor, pregunte lo que sea necesario. Esa desaparición tenemos que hacerla aparecer”, y señalando un cuarto donde había una mesa con cuatro taburetes de cuero agregó: “-Me imagino que ustedes tendrán que tomar notas”. – “Bueno su reverencia”, agregó el investigador después de que se hubieron sentado y dijo: “En ese caso, díganos ¿quién más fuera de su reverencia tenía llaves del cuarto donde estaba el baúl?”

La monja con el hábito negro y blanco de las hermanas de la presentación, solo dejaba ver su cara regordeta cubierta con un vello casi imperceptible y una mirada clara pero inquieta, movía de cuando en vez una pierna como si fuera un tic nervioso y suspiraba. “-Mire doctor”, respondió, le he dado muchas vueltas al asunto y la única explicación que se me ocurre es que el celador que cuida la escuela, es el único que tiene un juego de llaves de toda la casa y muy probablemente abrió esa pieza, vio el baúl y se lo llevó”.

– “Y ¿dónde podemos localizar a ese celador?” Preguntó inmediatamente el investigador. La monja sin perder el control, llamó a la niña de la limonada y le dijo en tono imperioso: -“¡Vaya busque a maestro Roncancio y dígale que venga urgentemente aquí; que lo necesito!” La niña puso la bandeja con la jarra de limonada sobre la mesa que les servía de escritorio y salió a la carrera. Un rato después llegó el celador Roncancio. Era un hombre rústico con las manos callosas, de mediana estatura ya entrado en años, con un sombrero jipa blanco, la piel del rostro curtida por el viento y el sol y una mirada un poco nubosa y enrojecida:

 – “Me llamo Gabriel Roncancio», dijo al entrar en la sala quitándose el sombrero. ¿En qué puedo servir a los doctores?” Agregó. Esta vez el juez, quien al parecer conocía a Roncancio, le explicó en palabras sencillas el motivo de nuestra visita. Gabriel lo entendió y respondió con facilidad y llaneza: “-Vea doctor, yo vi ese baúl el día que entré al cuarto a recoger una herramienta, y si me pareció muy curioso verlo encadenado y asegurado con un candado; como yo vivo en la boca puente, el barrio de abajo, en la orilla de río; cuando salí del trabajo me dio por entrar a la cantina “la mata de mango”, a oír musiquita y tomarme unas cervecitas. Usted sabe doctor, la sed que hace por aquí a esas horas. En la mesa de al lado estaba el médico del Pueblo tomándose sus aguardientes y le puse conversa. Entre chiste y chanza, se me salió contarle el cuento del baúl encadenado, pero no me creyó. Entonces le dije que si no me creía fuéramos a verlo con nuestros propios ojos. Listo, me dijo y nos vinimos para la escuela. Por el camino me preguntó si yo sabía qué cosa contenía, si dinero, si joyas o algún otro valor y por qué estaba tan asegurado. Llegamos, abrí la puerta del cuarto y con la linterna alumbré el baúl. El médico no comentó más, se despidió y se fue para su casa supongo. Entonces cerré la puerta y me volví a “mate ´mango” a seguir oyendo la música y terminar la cerveza que había quedado servida. Al otro día, lo primero que hice fue volver al cuarto a comprobar si el baúl estaba ahí y sí señor, que sí estaba. Después, como a los tres días vino a mí una profesora y me pidió la llave del cuarto dizque lo necesitaba para hacer no-se-que-cosa, y como yo no desconfío de nadie, se la di pidiéndole que me la devolviera lo más pronto posible”.

el investigador cruzó una mirada con el juez, espiró lentamente y dirigiéndose a la monja le preguntó dónde podía encontrar a esa profesora. La monja mirando fijamente a Roncancio con un evidente disgusto, le preguntó porque no le había dicho nada, luego tajante le ordenó –“¡Vaya Gabriel búsquese a la profesora y dígale que se presente urgentemente aquí!”.

El celador Roncancio salió apresuradamente a cumplir la orden. Unos minutos después llegó la profesora. Se dirigió a la monja, la saludó y luego a los funcionarios. Era una mujer joven esbelta de mediana estatura, con un cuerpo bastante bien formado y atractivo, cuyas redondeces resaltaban por entre su delgado vestido. Su cabellera negra larga y brillante caía sobre sus hombros, contrastando el carmín de sus labios y la sombra de sus ojos, dándole un aire llamativo a su mirada. Los tres funcionarios no pudieron ocultar su repaso y la monja carraspeó llamando la atención.

el investigador, entonces, le explicó la situación por la que la habían llamado y esperó su respuesta. La profesora, sabiéndose dueña del ambiente, manifestó con gran desenvoltura que en ese mismo instante realizaba unas pruebas escritas que exigían su presencia inaplazable, les pidió que la perdonaran y dijo que, a la mañana siguiente, sin falta, iría personalmente al juzgado a explicar lo ocurrido. No siendo más, los tres funcionarios se despidieron amablemente de la monja y de la profesora, regresando al juzgado por la misma calle por la que habían venido.

La profesora llegó puntual a la cita en el juzgado. Lejos, la sombra azulada de la cordillera aún nublada, apenas anunciaba la luminosidad calurosa del día. Venía más vaporosa y sugestiva que el día anterior y sus cabellos aún húmedos la hacían más brillante. La hicieron sentar y ella cruzó las piernas despacio, mientras alisaba su vestido: – “Cuéntenos, señora profesora”, dijo el investigador con voz grave: – “¿Qué pasó con esa llave y el baúl?” La profesora se acomodó en la silla, miró fijamente al interrogador y repasando la lengua suavemente por sus labios, como para humedecerlos, les relató lo siguiente:

– “Como ustedes saben, estoy casada con el médico del Pueblo. Hace cuatro años nos conocimos aquí cuando llegué, nos enamoramos y sin mucha dificultad, el cura párroco, quien es muy considerado y amable, nos casó. Ese día hicimos una fiestica en la casa, con la gente más notable del Pueblo, hasta la madrugada, aprovechando que la casa de mi esposo tiene luz del motor del puesto de salud. Bailamos, comimos lechona y nos bebimos unos cuantos whiskies. Nuestro matrimonio marchó bien el primer año. Pero luego mi esposo, empezó a beber demasiado y por cualquier motivo; descuidando la casa y lo que es peor su trabajo. Un día, por ejemplo, a una niña pobre quemada con aguapanela hirviendo, la hizo cubrir con un plástico dizque para remplazarle la piel quemada. Claro que la niña se pudrió y se murió y él dijo que eran cosas que tenían que pasar. Así sus ideas se fueron haciendo más extravagantes, sus modales más rudos y desconsiderados. Solo pensaba en beber aguardiente y en la plata, abandonando sus obligaciones en la casa. Ustedes me comprenden ¿no? Llegaba tarde de la noche a la casa con amigos, especialmente el boticario, persona muy avarienta y ligada con los políticos del departamento, a oír rancheras a todo volumen, a beber aguardiente y a planear negocios fantásticos sobre grandes fincas, montones de reses y caballos finos y todas esas cosas. Yo los oía como oír llover y me iba a dormir para madrugar a dictar mis clases en la escuela. Y así han sido todos estos años. Después de la matazón, él se calmó un poco y se distanció del boticario, parece que por contrariedades de plata. Una noche llegó a la casa, un poco entonado por el trago y me contó la historia de un tesoro que estaba en un baúl encadenado escondido en un cuarto de la escuela. Yo no le creí, pero fue tanta su insistencia que para calmarlo le dije que averiguaría con el celador Roncancio. Efectivamente, el celador me dio la llave del cuarto y pude confirmar que ese baúl sí estaba ahí. Rápido fui a donde mi esposo y le conté. Él me dijo que esperáramos la noche, para traerlo a casa y revisarlo. Así hicimos, esa noche aprovechando la oscuridad: Él cargó el baúl al hombro hasta la casa, pero cual sería nuestra sorpresa cuando al trozar la cadena con una segueta y abrirlo, solo encontramos un hacha mugrosa ensangrentada y una cantidad de papeles, pasquines e informes del juzgado. A mí me dio como una risa nerviosa, doctor, debo confesárselo, pero a mi esposo le dio fue ira. Mucha ira; maldecía y dijo que se vengaría por esa burla. Cogió el hacha que estaba dentro y despedazó el baúl, luego metió los papeles en una bolsa plástica dizque para guardarlos y se los llevó junto con el hacha, pero la verdad doctor, es que no supe adónde”.

El investigador volvió a espirar lentamente mientras miraba a su secretario, diciéndole que debían ir al puesto de salud a hablar con el médico. La profesora se levantó de la silla se repasó la falda de su vestido con la mano y mirando fijamente al investigador con una sonrisa cargada, se despidió. El puesto de salud quedaba saliendo de la plaza a un lado de la iglesia. Era una edificación de ladrillo y cemento de color blanco cubierto con tejas plásticas. La entrada era de baldosines y daba la impresión de ser una construcción reciente. Los recibió la enfermera, una mujer gorda cincuentona, morena vestida toda de blanco con el pelo recogido atrás. Les informó que el médico no había llegado aún a la consulta diaria y que debía estar todavía en su casa.  – “Allí al lado”.

 Se fueron hacia la casa del médico. Tenía un antejardín un tanto descuidado, con diversas plantas y arbustos movidos por una breve brisa mañanera. El médico estaba desayunando un suculento pedazo de carne asada acompañado de yuca frita y lo bajaba con una mezcla espumosa de cerveza y gaseosa conocida en la región con el nombre de “refajo”. Se paró apenas vio llegar a los funcionarios. Era un hombre de unos cuarenta años, fornido y con un abdomen globuloso que la camisa no podía ocultar. Tostado por el sol, pelo ensortijado y ojos café enrojecidos. –“Sigan señores” les dijo apenas los vio llegar “¿Qué se toman?  “- Nada gracias”, respondió el secretario del juzgado quien lo conocía, – “Venimos a hablar con usted una vez acabe de desayunar”. – “Ya estaba terminando” repuso el médico, “Así que pasemos a la salita y allí con calma podemos hablar”.

En la sala, los tres se acomodaron en una especie de sofá, mientras él arrastraba una silla, y se  ubicaba frente a los funcionarios, disponiéndose a hablar. El secretario hizo la presentación. –“Mucho gusto, doctor” saludó el investigador: – “Su señora esposa estuvo esta mañana temprano en el juzgado y nos contó todo ese asunto del baúl del juzgado ¿puede usted decirnos, cómo podemos recuperar el baúl y su contenido? Es muy importante como material probatorio para esclarecer la masacre perpetrada hace tres meses aquí, son papeles irrecuperables y declaraciones que no se pueden volver a hacer, porque muchos de los interrogados se fueron para siempre del Pueblo para no regresar jamás”.

El médico carraspeó rudamente, escupió al piso y luego, restregó la saliva contra el piso con el zapato. Se acomodó en la silla y rubicundo, los miró fulgurante diciendo: – “Todo eso que les ha dicho mi esposa es una calumnia. Ella se volvió enemiga mía. No sé por qué, pero está empeñada en destruirme y arruinarme. Cuando lo único que yo he hecho es darle todo lo que ha querido. Pero mire doctor, así son las mujeres: destruyen lo que más quieren” y calló.

El investigador quedó silencioso por un momento. Se repuso y volvió a preguntar: – “¿Entonces, usted niega que destruyó el baúl a hachazos y guardó su contenido en una bolsa junto con el hacha en algún lugar hasta ahora desconocido?”  –“Ya les dije doctores, que yo no tengo nada que ver en eso, respondió el médico cortante.

 – “Muy bien, hemos tomado nota y procederemos”. Dejaron al médico en su casa y caminaron en silencio al juzgado. Una vez hubieron llegado, el investigador le dijo al secretario del juzgado -“Escriba una orden de captura contra el médico del Pueblo, acusándolo de robo y tenencia ilegal de material judicial probatorio”. El secretario preguntó: “-Pero doctor, ¿cómo hacemos efectiva esa orden? –“Eso” replicó el investigador es lo que voy a hablar con el capitán del puesto militar”.

Este, estaba situado al final del pueblo en el extremo opuesto al de la escuela. Otra casa grande de teja española y paredes gruesas de adobe blanqueadas, bastante parecida a las demás casas importantes del Pueblo A los lados del portón de madera había dos jóvenes soldados armados prestando guardia. El investigador le mostró a uno de ellos sus credenciales, diciéndole que deseaba hablar con el capitán. El guardia entonces gritó: -“¡Estafetaaaa, venga a portería!”.  A los pocos minutos llegó otro joven soldado, escuchó nuevamente la solicitud hecha por el investigador y sin más se regresó. Volvió un poco más tarde y le dijo tajante al investigador: – “Sígame”. Cruzaron un zaguán de piso de madera, hasta llegar al cuarto donde estaba el capitán. El soldado golpeó la puerta a pesar de estar abierta. Desde adentro se oyó al capitán decir: – “¡Adelante!”. El investigador entró, saludó al capitán que estaba detrás de un escritorio de madera; le presentó nuevamente las credenciales y esperó de pie, hasta cuando este lo mandó sentar.

El capitán era un hombre relativamente joven, musculoso, de cabello corto, la piel de su cara recién rasurada era un tanto brillante, con cierto porte aristocrático para un hombre de guerra y con una mirada gris penetrante, aumentada por sus anteojos de carey, miró fijamente al investigador y con una voz fuerte le dijo: – “¿En qué puedo servirle doctor?”. El investigador con una inspiración profunda se dispuso a relatar lo ocurrido. Cuando concluyó, el capitán que había estado atento, se movió en la silla y replicó:

 – “Vea doctor, todo eso y mucho más lo sabemos en el ejército. El radio teléfono, con una buena inteligencia de terreno, es un gran invento ¿sabe’?” “Alias doble cero” continuó el Capitán, “el autor de la masacre, llegó con su cuadrilla en un camión desde el otro lado de la cordillera. Montaron carpas en una mata de monte que hay en esa gran hacienda llamada “el Cacho”, que queda en el llanito pasando el río, como a una hora de aquí. Averiguaron todo muy bien, y aprovecharon que los miembros de la junta de acción comunal de esa vereda, junto con sus familias, se reunirían en la gallera del Pueblo para una celebración o bazar, y les cayeron de sorpresa con los resultados conocidos. Doble cero con sus hombres se regresaron en el mismo camión que los esperaba a la salida del Pueblo y desaparecieron por la carretera de la cordillera, parece que hacia las selvas de la ribera del río Magdalena; en donde es prácticamente imposible encontrarlos. Todo esto lo sabe el ministro de justicia, porque él asiste con los demás ministros a las reuniones del gabinete presidencial y allí el ministro de defensa, lo informó detalladamente. Así que doctor; el cuento del baúl que le mandaron a buscar, no es sino una parte de todo este enredo y le digo más: encarcelar a ese médico no resolverá nada. Probablemente complique más las cosas”.

El investigador, con la mirada perdida quedó silencioso por unos instantes, mientras pasaron por su mente, aceleradamente, pero en orden, los recuerdos de lo que habían dicho, su amigo el ministro de justicia, lo discutido con el juez y con su secretario; lo dicho en el ministerio del todo bajo control, y trató de concatenarlo con los interrogatorios practicados por él. Había algo que no encajaba y pensó que su amigo el ministro no lo había enviado a algo tan simple de resolver. Rápidamente le preguntó –“¿Capitán, me puede guardar un puesto en el próximo convoy militar que sale hacia Bogotá?” – “El miércoles a las cinco de la mañana, lo espero aquí”, fue la respuesta del capitán.

Ese miércoles a la hora acordada y en el puesto de atrás de un jeep militar, el investigador desandaba, pensativo y abrumado en un interminable viaje, el camino corcovado de regreso a Bogotá. Antes de partir, sin comentarles la conversación con el capitán, le había dicho al juez y a su secretario, que no había pruebas suficientes para detener al médico fuera del indicio proporcionado por la esposa. Eran dos testimonios enfrentados en la palabra, ambos sin sustento real. Les recomendó mejor seguir recopilando toda la información posible sobre el caso, prudentemente y sin comprometer al juzgado, hasta su pronto regreso.

El viento frío de Bogotá le recordó sus madrugadas para llegar a la universidad, donde había conocido al ministro de justicia, hombre de muy elevada posición social, pero también muy igualitario y desprendido con sus amigos. Desde entonces, una amistad duradera los había estrechado. Lo primero que hizo al llegar, fue telefonear al ministro de justicia. Le informó brevemente sobre el caso y le pidió una cita urgente para ampliarle los detalles. El ministro, con el acento bogotano característico, le respondió: –“Ala, te espero mañana noche en mi casa, tipo ocho, para que charlemos”.

Notó en la gran ciudad una luminosidad muy ruidosa. Tomó un taxi y llegó a la casa del ministro, situada varias cuadras arriba de la avenida Chile. Lo esperaba y, presuroso después del saludo le dijo que debían ir un poco más al norte, al barrio la Castellana, donde un amigo norteamericano que los estaba esperando para cenar:   –“Te vas a sorprender”, le dijo. Por el camino hablaron generalidades sobre su vivencia en el Pueblo, las distancias, el silencio, el miedo y la oscuridad nocturna.

Kenneth Power, los recibió en pantuflas en la puerta de su casa. Llevaba un albornoz o bata, como de seda china muy dibujada y tenía un vaso de whisky en la mano. Sonrió ampliamente y con los labios echados hacia un lado y un poco de acento texano los saludó en perfecto castellano. El investigador lo reconoció inmediatamente. Habían sido compañeros de especialización en criminología en la universidad de Michigan:  –“Qué gustazo verte Kenneth. Cuanto tiempo ¿no? -Oh, my dear, definitivamente este mundo es un pañuelo, respondió; pero sigan, que tenemos mucho de qué conversar”.

La opulencia de la mansión de Kenneth, contrastó inmediatamente al investigador con su inmediata experiencia. Recibió un vaso con whisky al hielo y pronto, el ministro hacía una breve introducción al caso, explicando que ahora, míster Power era el abogado representante para Colombia de la Texas Petroleum Company. Sintiéndose autorizado, inmediatamente Kenneth, bastante animado y locuaz, tal vez por efecto del whisky, tomó la palabra:

 – “Miren queridos caballeros, lo que les voy a decir es muy importante que quede aquí. Si sale, esta reunión no ha existido ¿Me comprenden?  Hace más de diez años, nuestra compañía a través de su filial de investigaciones geológicas, en la vereda del Cacho allá cerca al Pueblo que ustedes citan, descubrió una gran bolsa o yacimiento de petróleo ¡si señores! de petróleo y de la mejor calidad. Y nos tocó esperar todos estos años para poder llegar a firmar el contrato de exploración con el actual gobierno. Pero, para más suerte de los habitantes del Pueblo, como la suerte de las mujeres bonitas, jajaja. Nuestros geólogos descubrieron en la cordillera que bordea al Pueblo, una veta de esmeraldas ¡si señores! como lo oyen, de esmeraldas. ¿No es esa una verdadera suerte caballeros? Nuestros exploradores y antropólogos que enviamos a la zona para que investigaran el impacto socio-ambiental, así se dice ¿no?, encontraron unos campesinos muy arraigados y aferrados a su tierra; resistentes a vender sus tierras. Buscamos ayuda y tuvimos muchas dificultades hasta que finalmente a través de un senador amigo, los abogados colombianos de la empresa contactaron al dueño de esa gran hacienda de esa zona ¿saben? Se mostró muy de acuerdo con llevarles el progreso de la vida moderna a sus paisanos. No habló conmigo, ustedes comprenden ¿no? Pero sí con nuestros abogados y les aseguró que, el propietario de la hacienda conocía muy bien su gente y se daría las “mañas. Todavía no sé qué significa esa palabra ¡mañas! Bueno, que se daría las “mañas” para convencer a sus vecinos de la necesidad de vender sus huertas, y así pudiera llegar el progreso a toda esa región”.

  Automáticamente como por un reflejo, el investigador, miró a su amigo ministro; tenía los párpados abotagados o como inflamados y, no se atrevió a responderle la mirada. Como si hubiera recibido un golpe en la cabeza, apuró el resto del vaso de whisky. Kenneth, percibiendo el desconcierto llamó a la sirvienta para que sirviera la cena. Había preparado una comida típica bogotana ajiaco de papa criolla con alcaparras y crema; de postre tenía unas natas en almíbar.

Kenneth habló durante todo el tiempo recordando experiencias compartidas en la universidad de Michigan, mientras por la mente del investigador pasaban los muertos de la matanza, el miedo oscuro y el silencio del Pueblo; el baúl, el juez, y su secretario, la monja y el celador de la escuela, el médico del Pueblo y, como una espina clavada en la carne la mirada cargada y los pliegues del vestido de su esposa la profesora. Entonces le mostró a Kenneth el vaso vacío para que se lo llenara de Whisky, hasta el borde.  

Fuente imagen Internet


*Alberto Pinzón Sánchezes un médico cirujano y antropólogo colombiano, reconocido como uno de los analistas más profundos del conflicto social y armado en su país. Su trayectoria combina el rigor científico con un activismo intelectual incansable por la paz, lo que lo llevó a integrar la histórica Comisión de Personalidades (Notables) durante los diálogos del Caguán (1998-2002), donde aportó propuestas clave para la humanización del conflicto. Debido a su pensamiento crítico y su defensa de los derechos humanos, se vio obligado al exilio en Europa, desde donde continúa su labor como ensayista y columnista. Sus escritos destacan por un enfoque interdisciplinario que disecciona la geopolítica regional, las estructuras del poder estatal y la necesidad de una solución política negociada. Es una voz de referencia para entender la historia contemporánea de Colombia, siempre abogando por transformaciones estructurales que garanticen la justicia social y el fortalecimiento del Estado social de derecho.

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