Por  Semanario Voz / 22 septiembre, 2022

Víctor de Currea Lugo 

Cuando Gustavo Petro terminó su discurso ante la ONU quedó claro no solo que le habló al mundo, sino que habló desde el mundo, es decir, desde tantísimas realidades juntas en las que Colombia iba y venía, se reflejaba y se multiplicaba. Los problemas colombianos son comunes a muchos países del mundo.

La belleza y la violencia sobreviven juntas en Colombia, aunque también en los paisajes de Birmania, en las llanuras de Ucrania y en las selvas de Filipinas. El reclamo hecho al mundo para salvar al Amazonas podía ser dicho por cualquier presidente suramericano, así como por los líderes de Chad o Mali en referencia al aumento del desierto de Sahara hacia el sur. El cambio climático y la destrucción del planeta es un fenómeno universal.

El narcotráfico sigue sin ser entendido como un problema mundial que requiere mucho más que soluciones de fuerza. La urgencia de mirar de otra manera los cultivos ilícitos es un reclamo a favor de los indígenas bolivianos, como de las comunidades afganas atrapadas en la pobreza. El llamado a escuchar a la ciencia y sus advertencias sobre el cambio climático aplican para las ciudades costeras de Estados Unidos, así como para el sur de Bangladés.

La relación denunciada entre explotación de recursos naturales y contaminación aplica para un Congo devastado por la sed de minerales, como lo ha sido Sudán por la sed de petróleo. Y el llamado a escoger entre personas y petróleo aplica para Irak, Libia y para Colombia.

Colombia hace parte de un mundo que cierra los ojos para no ver su propia obra de destrucción. La adicción al petróleo y al consumo como modelo de vida es un buena representación de la encerrona que ahora mismo enfrenta Europa por la guerra de Ucrania. El consumo como expresión de felicidad no es compatible con un mundo con recursos limitados.

El balance que Petro presentó sobre la guerra contra las drogas se mide en aumento de consumidores de ellas, de personas tras las rejas y de muertos, sin que sea una solución real. El consumo de drogas no se combate acorralando campesinos productores sino ofreciendo alternativas a los consumidores. Parte de lo que hay que entender y repetir son los vasos comunicantes entre la conservación de la selva y la democracia, entre el cambio climático y la acción humana.

Lo que está en juego es el futuro de la humanidad, una humanidad que ha hecho de las vacunas un mercado y del gas y el petróleo una causa de guerra. La paz tiene, para Petro, dos apellidos: lo ambiental y lo social. Como en el caso de las drogas, de la mal llamada guerra contra el terror y de la paz total colombiana, de nada sirve solo mirar las consecuencias si no se atienden las causas. Hay que dejar de construir las casas empezando por el tejado.

Petro quiso decir que otro internacionalismo es posible, que otra globalización es necesaria y que la unidad latinoamericana podría ser un gran paso en esa dirección. No habló solo de su propio país como hacen muchos, sino que puso a Colombia en el mundo y al mundo en Colombia y eso, en estos tiempos de localismos exacerbados y de mentalidades obtusas, no es poco. Fin del comunicado.

Publicado originalmente en Revista Raya