Por  Semanario Voz /  -8 septiembre, 2022

En la última semana el país vive la conmoción producida por los enemigos de la paz, quienes han asesinado en una emboscada en San Luis, Huila a unos miembros de la Policía, entre los cuales se encontraban auxiliares bachilleres, jóvenes que apenas estrenaban mayoría de edad.

Lamentablemente, en una coincidencia fatídica Félix Lafaurie líder conservador de los ganaderos en vez de convocar a ese gremio a unirse a la Iglesia, a la ONU, a los defensores de derechos humanos que están pidiendo más acciones para contener la guerra y, por fin, aclimatar la paz en el país, parece que estuviera tañendo los tambores clasistas de la guerra, para que conformen grupos de seguridad privada a su servicio. Para bien del país, anhelamos estar equivocados.

En días pasados, el presidente de Fedegán, y quien ha estado en la mira de la justicia colombiana por sus nexos con grupos paramilitares, así como por su rol en el vergonzoso proceso parlamentario de compra venta de votos para reelegir a Álvaro Uribe, mediante la reforma de un articulito de la Constitución, en los medios les pidió a los ganaderos que se movilizaran unidos para repeler cualquier invasión a sus fincas.

Los colombianos recuerdan, con pavor llamados similares no hace mucho tiempo en este país, que se convirtieron en arengas que desataron las cruentas tropelías de los paramilitares.

Según Lafaurie, los ganaderos supuestamente enfrentarán tiempos difíciles de ahora en adelante, y por lo tanto estos deben tomar por su cuenta las medidas necesarias para proteger sus latifundios. Para eso, Lafaurie propuso la creación de “grupos de reacción solidaria”, un nombre que puede mimetizar sistemáticamente a grupos de seguridad privada al servicio de los afiliados a Fedegán. Si bien el líder del gremio ganadero insistió en que su propuesta era pacífica, ya que sus escuadrones no irían armados.

El país se pregunta, quién garantiza que no irán armados, a cuenta de que no acuden a las autoridades competentes para proteger sus fundos. Para mayor incertidumbre, aseguró que esos grupos serían cosa espontánea de las regiones”. ¿Acaso no actuaron regionalmente así los paramilitares? Es evidente que la acción “pacífica” y “civilizada” de los ganaderos no es precisamente compatible con una operación espontánea. Pero, además, no es posible que acciones depredadoras puedan aparentar ser espontáneas y regionales.

Señor Lafaurie, no olvide que con las más inocentes y candorosas denominaciones se han ocultado crímenes alevosos, como sucedió con la expresión falsos positivos para enmascarar horrendos asesinatos de Estado. Pongámonos serios y honestos, señor Lafaurie. La paz que el país exige, necesita la máxima honestidad de todos, especialmente de quienes se proclaman dirigentes.

En la cabeza de Lafaurie, su propuesta se diferencia de las “convivir” por el componente solidario. Para él, solidaridad se equipara a una acción espontánea de defensa coordinada por los propietarios; para el polémico líder gremial, los latifundios son iguales a casas, y los terratenientes vendrían a ser simples habitantes de un barrio que responden espontáneamente en defensa del vecino cuando irrumpe un ladrón en su vivienda.

Aunque no queda claro cómo funcionarían los grupos de seguridad desarmados, lo cierto es que la historia reciente del país nos enseña que cuando los terratenientes decidieron defenderse por su cuenta, su accionar no fue ni tan “espontáneo” ni tan “civilizado” como quiere hacernos creer Lafaurie.

Entre tanto, mientras el país le exigía claridad al líder de Fedegán en su propuesta, siete policías murieron en medio de una emboscada en el Huila, en una zona donde operan disidencias de las FARC y bandas criminales.

Este hecho merece todo rechazo, pues además de resultar un claro saboteo a la voluntad de paz que desde el primer momento ha demostrado el nuevo Gobierno, nos muestra que el conflicto se ensaña con la juventud trabajadora, pues en el ataque fueron asesinados tres muchachos bachilleres, quienes, como muchos, se vieron lanzados a las filas de la fuerza pública, y expuestos sin ninguna experiencia a los riesgos de la guerra. A propósito, ¿qué hace la inteligencia militar que ni siquiera identifica los riesgos de las rutas por donde se desplazaran policías casi indefensos?

Las autoridades aún buscan establecer quiénes son los responsables del ataque, sin embargo, no hay dudas que de donde viniere esta terrible acción su objetivo es cerrarle el paso a la paz. A estas alturas, finalizar la guerra no solo es un clamor popular, sino una necesidad urgente para lograr los cambios que demanda el país. La guerra hunde sus orígenes en conflictos sociales que gracias a las armas no solamente siguen sin solución, sino que se profundizaron.

De esta manera, los actos de guerra hoy solo juegan a favor de quienes buscan no solo mantener al país en un interminable ciclo de violencia, sino frenar cualquier cambio que pueda mermar los privilegios de los más poderosos y mejorar la vida de la gente del común.

Por eso, ante lo que hemos vivido en los últimos días, se necesita la unidad de todas las fuerzas democráticas y del gobierno popular que representan Gustavo Petro y Francia Márquez, para poner fin al conflicto armado. ¿Qué tal si convocamos a toda la nación a una movilización total contra los guerreristas?