Jaime Cedano Roldan

En la medida en que íbamos creciendo y salíamos más a las calles, nos fuimos acostumbrando a los militares armados hasta los dientes que se veían siempre por todos lados y que aparecían con sus retenes en cualquier camino o en cualquier calle. Temíamos sus llegadas repentinas a los parques y plazas de mercado de los pueblos y barrios populares.

Corrían tras los jóvenes como si fueran animales de caza, y como a vacas los apretujaban en camiones en medio de insultos e improperios y se los llevaban lejos, muy lejos del pueblo, a prestar el servicio militar obligatorio, al que solo iban los hijos de los pobres. Los hijos de los ricos o no iban, o prestaban el servicio en el Palacio presidencial. O lo hacían directamente en la Escuela de oficiales a la que costaba un dineral poder ingresar. Los pobres solo podían llegar hasta el grado de sargentos, si sobrevivían, después de pasar muchos años deambulando por batallones o las llamadas zonas rojas, donde acechaban grupos de bandoleros, asaltantes o de guerrillas”.

En estas líneas de una de las crónicas del libro “Paz en Colombia, crónicas de ilusiones, desencantos y viceversas” reseñamos brevemente lo que durante toda la vida ha sido un drama para las familias pobres y de capas medias en Colombia. Las famosas “batidas” del ejército para reclutar soldados a la fuerza. En esas batidas quien no tuviera la libreta militar y estuviera en edad de servicio era detenido y muchas veces inmediatamente enrolado forzosamente, siendo muy frecuentes los inmediatos traslados. Millones de familias han vivido este drama de saber que el hijo ha sido detenido, de correr a buscarlo, del desespero de intentar saber algo de su paradero y enterarse con el correr de los días que está en alguna región remota soportando las violencias, humillaciones y maltratos del reclutamiento forzado.

El nuevo gobierno colombiano ha anunciado el fin de estas prácticas. El ministro de defensa Iván Velásquez ha expresado a través de twitter:

El Ejército no puede retener y conducir a ningún ciudadano a cuarteles o distritos militares para incorporarlos al servicio. Es una práctica ilegal que debe ser suspendida de inmediato”.

Es una orden inusual, que no pensábamos que llegáramos a conocer. Pero ha sucedido y se enmarca en la nueva doctrina militar que está expresando el presidente Gustavo Petro quien en la ceremonia de transmisión de mando en la cúpula de la policía hizo un profundo planteamiento de esta nueva política militar que deja atrás la “Doctrina de la Seguridad nacional”, que el pentágono norteamericano impusiera por los países latinoamericanos y caribeños sometidos a su órbita y dominio y pasar a la Doctrina de la seguridad humana que tiene que ver con el trato que policías y militares deben dar a la población civil pero también con el tratamiento a los militares y policías que incluyen su capacitación integral y las posibilidades generalizadas de ascenso. Petro busca romper algo que hasta ahora era inamovible en las fuerzas armadas, el mundo de la alta oficialidad preparada en exclusivas academias militares y el mundo de la sub-oficialidad y la tropa. “Dos mundos que se tienen que unir”, ha dicho el presidente, afirmando que no es posible que un general no haya sido patrullero y que debe ser posible que un patrullero pueda ser general. Estos planteamientos caen muy bien en el conjunto de las tropas y del país, con excepción de las altas élites financieras y de las derechas.

“En las fuerzas militares para la paz, primero está el hombre y la mujer que el fusil.”

Falta mucho tiempo para que se pase de los anuncios a los hechos. Habrán resistencias desde adentro y desde afuera de las fuerzas militares y de policía, los norteamericanos están con el ojo abierto, el ex general Zapateiro anda montando golpes y sublevaciones que por ahora solo parecen ridículas comedias. De todos modos un nuevo tiempo ha empezado.

Jaime Cedano Roldán

Sevilla, agosto 21 de 2022