Por: Cicerón Flórez Moya

No puede ser imposible que los colombianos le ganen la partida a la violencia, a pesar de su intensidad, su recurrencia y sus horrores a lo largo de la historia de la nación. De los acuerdos parciales de paz negociados con diferentes actores armados, se debe abrir paso la voluntad política de unos y otros sectores con la finalidad de cerrar para siempre lo que ha sido el exterminio bajo la férula del sectarismo de tan variables motivaciones y de tan fieras garras criminales.

La violencia en Colombia tiene reconocida identidad. En buena parte es un instrumento depredador del feudalismo para darle títulos tramposos de propiedad de la tierra a unos cuantos gamonales. Eso da también para ganar espacios de poder político y ejercer el control de la economía, siempre con ánimo excluyente, lo cual impone la división de clases en la sociedad, con la secuela de la desigualdad, reflejada en el desconocimiento de derechos fundamentales como el trabajo, la salud, la educación, la vivienda, el medio ambiente y en general, la existencia en toda su integridad.

La desigualdad es caldo de cultivo de la injusticia. Es levadura para anular la equidad.

Por eso la paz no puede reducirse a la operación mecánica del desarme como expresión de la desmovilización para sumarse activamente a la sociedad. Es mucho más. Tienen que garantizarse derechos colectivos. Es la capacidad de satisfacer necesidades esenciales, de vivir en condiciones de libertad, con respeto por las diferencias, sin que se corran riesgos por pensar conforme a las propias convicciones.

El rechazo a la violencia tiene que darse contra toda acción que la reproduzca. Es tan repudiable el asesinato de militares o policías como de líderes sociales, defensores de derechos humanos o excombatientes de grupos armados.

La meta de la paz total llevaría a los colombianos a un escenario de encumbradas posibilidades. Sería el fortalecimiento de su economía y la dignificación de la existencia. Es cerrar la brecha que anula la vigencia del Estado Social de Derecho.

Se requiere un trabajo paciente y consciente de los ciudadanos tendiente a fortalecer la legitimidad en las relaciones de las personas, preservando las diferencias libres de cualquier perturbación. Es pensar la vida con transparencia, con la fortaleza que le infunde el conocimiento a la inteligencia o a la capacidad creadora del talento.

La construcción de una paz total equivaldría a superar mezquindades que han contribuido al atraso del destino existencial de los colombianos.

Nunca podrá tener justificación matarse unos a otros por causas que son la expresión de un oscurantismo hecho para la frustración. La muerte impuesta con la morbosidad de la barbarie, con el cálculo de una utilidad vergonzosa, será el exterminio desolador que no se merece ningún pueblo. Todo hay que ponerlo del lado de la vida, apostándole a los rendimientos, con el esplendor que ofrece el amor y el ser articulado a las posibilidades que se llevan en los pasos cada vez que “se hace camino al andar”.

Puntada

El restablecimiento de las relaciones entre Colombia y Venezuela es una deuda que se debe saldar sin los prejuicios ideológicos de quienes creen que es mejor tratarse como enemigos, contrariando las luces de la historia.

Cicerón Flórez Moya

  • ciceronflorezm@gmail.com
  • cflorez@laopinion.com.co