Por: Cristina de la Torre

La emoción agita a mares de colombianos que prefiguran la posesión de Gustavo Petro como primer presidente de izquierda en Colombia. Juventudes, campesinos, comunidades segregadas en los extramuros de la patria, demócratas de tres generaciones aturdidos por la balacera que ven convertido su sueño en realidad, en fin, casi 70% de la ciudadanía que -según Gallup- confía en el nuevo mandatario, deposita en él sus esperanzas.

Pero no es el alborozo de quienes vitorearon la marcha triunfal del Fidel de canana y fusil hace 63 años en La Habana; ni la de Daniel Ortega, en pinta parecida, 20 años después en Managua; ni la del pueblo venezolano al arribo de Chávez con su bandera de Socialismo del Siglo XXI. Porque la oferta es otra: la de Cuba y Nicaragua, una revolución comunista impuesta por las armas, que desembocó en autocracia sangrienta y en debacle económica; la de Petro, una revolución democrático-liberal de vocación social en este país que es coto de élites premodernas, talanquera entre otras de la reforma agraria que, no obstante, se extendía por toda la región. Accede Petro al poder en la cresta de la segunda ola de gobiernos de izquierda en América Latina. Mas no en su versión dictatorial de Cuba-Nicaragua-Venezuela, sino en la socialdemócrata de Brasil, Chile y Uruguay, en modo de democracia liberal y capitalismo social.

Para Colombia, harta de la guerra, el diagnóstico de su nuevo mandatario: la insurgencia armada, dijo, y la revolución violenta son caminos equivocados, degradados, para buscar el cambio. Y sí, salvo López Pumarejo, Gaitán, los Lleras y el diagnóstico de Belisario sobre nuestro conflicto, Colombia es tierra de derechas violentas marcadas con la impronta del despotismo de iglesias y cuarteles que la guerrilla coopta, para desgracia de los inconformes y de las ya famélicas organizaciones sociales y sindicales. A su debilidad tributaron la relación vertical, individual del cliente con el amo, el patrón o el jefe, ajena a la horizontal organización colectiva; y la desactivación de la sociedad civil por la democracia plebiscitaria y el sálvese-quien-pueda, a codazos, del mercado sacralizado por el neoliberalismo. Pero el Acuerdo de Paz con las Farc obró el milagro: saltaron las cadenas que la izquierda armada había impuesto a la rebeldía legal, que resultó ser la de los demás. Petro la interpretó y prometió elevarla al poder como reformismo de Estado concertado con todas las fuerzas de la sociedad.

Como lo hiciera despuntando el siglo la izquierda democrática en casi toda  América Latina, y hoy lo repite de regreso al poder. Durante 15 años gobernó el Frente Amplio en Uruguay, para convertir a ese país en el más igualitario del subcontinente. A la par crecieron allí la economía, el salario real y el empleo, mediante políticas acordadas en consejos de salarios y una tributación progresiva. La pobreza bajó de 39.9% a 8.6% y la inversión social creció 136%. Lula redistribuyó la renta en Brasil y venció desigualdades intolerables sin desbordar el gasto público: decenas de miles de personas salieron de la pobreza. En marcha paralela, avanzaron política social y crecimiento económico, hasta elevar el país a séptima potencia del mundo, gracias a un modelo de desarrollo negociado con el sector privado. De la afinidad del  Gobierno entrante con la nueva izquierda latinoamericana da cuenta el estrecho encuentro de Francia Márquez con Boric, Lula y Mujica, para quien nuestra vicepresidenta “es un tajo en la historia de Colombia”. Y agrega: “si Petro logra la paz será monumental para la historia de Colombia”.

Comenta Héctor Palacios en este espacio de opinión: “de nada valdrá asustar con el cuento del castrochavismo; buscar equidad en el país más desigual del mundo es apenas justicia social”. Y Petro da la talla de este reto formidable.

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