Por Enric Llopis | 11/07/2022 | Cultura

Un ejemplo de la actualidad del poeta y prosista Antonio Machado (Sevilla 1875-Colliure, Francia 1939) es el Premio Internacional de Literatura que lleva su nombre, organizado anualmente por la Foundation Antonio Machado Colliure.

El galardón se otorga, desde 1979, a obras de poesía, ensayo, novela, teatro o cuentos escritos en lengua castellana, catalana o francesa. En la edición de 2022 fue premiado el poemario 22 y febrero, de Patrocinio Gil Sánchez, editado por La Vorágine.

En abril Dyskolo ha publicado Fabulaciones y otros textos en Prosa, recopilación de textos machadianos entre cuyos antecedentes editoriales figura Los complementarios y otras obras póstumas, de la bonaerense Losada (octubre de 1957); el texto de Losada incluye las Fabulaciones.

La Fundación francesa recuerda otro ejemplo de la actualidad de Machado; el próximo 16 de julio se cumple el 85 aniversario de la publicación en la portada del periódico La Vanguardia –en plena guerra civil- del texto El poeta y el pueblo. Sobre la esfera y difusión de la cultura. “Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia (…). En cuanto a mí, mero aprendiz de gay-saber, no creo haber pasado de folklorista, aprendiz, a mi modo, de saber popular”, afirmaba Antonio Machado en julio de 1937.

El libro de Dyskolo incluye divulgaciones y apuntes sobre la cultura, como el siguiente (Madrid, 1922), en el que el autor de Campos de Castilla dialoga con Pío Baroja y concluye: “Tiene razón Baroja cuando afirma que el sabio y el artista, -aunque parezcan revolucionarios, son por su instinto- conservadores. Pero el Estado debe sentirse revolucionario atendiendo a la educación del pueblo, de donde salen los sabios y los artistas”.

Machado, Baroja y Unamuno se inscriben en la denominada Generación del 98. Precisamente el último texto de Fabulaciones está dirigido al “Unamuno, político” y se publicó inicialmente en La Gaceta Literaria, en abril de 1930 (Miguel de Unamuno proclamó un año después la II República en el balcón del Ayuntamiento de Salamanca); según Antonio Machado, “Unamuno es un hombre, orgulloso de serlo, que habla a otros hombres en lenguaje esencialmente humano (…). Yo creo que es la más honda (política), la más original y de mayor fundamento”. 

En Los Complementarios de la editorial Losada, el poeta, ensayista y crítico literario argentino, Guillermo de Torre, observa un hilo de continuidad entre el Machado “meditador”, que en los años 20 –establecido en Segovia, donde ejerció como catedrático de lengua francesa- trasladaba a Unamuno sus “angustiadas” opiniones sobre la política española; y el Machado “polemista vehemente”, que en la Barcelona bombardeada de 1938 “clamaba ante el mundo hostil admoniciones y protestas…”.

Actualmente Barcelona está integrada en la Red de Ciudades Machadianas; en 2021, el Ayuntamiento de la capital catalana editó un libro con los 29 artículos del  escritor andaluz en La Vanguardia, entre 1938 y 1939 (la mayor parte, de la serie Desde el mirador de la guerra). Después de nueve meses en Barcelona (la última ciudad del estado español en la que residió), el autor de Juan de Mairena tuvo que atravesar la frontera, camino del exilio francés (Colliure).

Machado asistió en el verano de 1937 al II Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura (110 delegados de 28 países), en el que participaron asimismo André Malraux, Pablo Neruda, Margarita Nelken, María Teresa León, María Zambrano, León Felipe, Rafael Alberti, José Bergamín y Octavio Paz, entre otros. El Congreso fue una iniciativa del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes de la II República, con el respaldo de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura.

En el ensayo Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado (Aguilar, 2006), el hispanista Ian Gibson resume del siguiente modo el compromiso político machadiano: “Sufrió por la postración de la España en la que le tocó nacer, y creyó que la llegada de la República –para la cual había trabajado-, significaba, ¡por fin!, el nacimiento del gran país libre y culto soñado por su padre y abuelo y por los prohombres de la Institución Libre de Enseñanza (ILE)” en la que se formó.

El historiador irlandés prosigue, respecto a la manera en Machado afrontó el quinquenio republicano y la guerra: “Luchó por la cultura, la democracia y el sentido común. Cuando se produjo la criminal sublevación de julio de 1936, no dudó en poner su pluma al servicio de la defensa de la legalidad” (el 14 de abril de 1931 Antonio Machado levantó la bandera de la República en el consistorio segoviano; en las páginas de la La Vanguardia, en 1938, denunció la “iniquidad” del Pacto de No Intervención en la guerra española; por ejemplo, la inacción del primer ministro de Reino Unido, el conservador Neville Chamberlain).

En la edición de Dyskolo puede leerse la redacción inacabada, de 1931, del discurso que preparó para el ingreso en la Academia Española. En la primera parte del discurso, afirma el autor de Soledades, galerías y otros poemas: “Soy poco sensible a los primores de la forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en Literatura no se recomienda por su contenido (…); la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada”.

También reflexiona sobre la función de los intelectuales, en el periódico El Sol, en 1920: “Un verdadero intelectual y un hombre capaz de reflexión saben muy bien que las altas actividades del espíritu son esencialmente creadoras de libertad, y que no podrán aplicarse nunca a esclavizar las voluntades ajenas”; y en una conferencia pronunciada en Segovia, en abril de 1922, valora el “genio creador” de la literatura rusa del XIX, en concreto la influencia en Europa –también en España- de las obras de Turguénev, Dostoievsky y Tolstói.

En la revista Octubre. Escritores y Artistas Revolucionarios (1934), dirigida por Rafael Alberti, Machado trata “sobre una lírica comunista que pudiera venir de Rusia”; además de estos artículos, el texto de Dyskolo incluye poesías como la dedicada a Juan Ramón Jiménez, Los jardines del poeta: “El poeta es jardinero. En sus jardines/corre sutil la brisa/con livianos acordes de violines,/llanto, de ruiseñores,/ecos de voz lejana y clara risa/de jóvenes amantes labradores.