POR: CICERÓN FLÓREZ MOYA

Es tal la evidencia en Colombia de la falta de equidad en la sociedad, el predominio de privilegios, a presión clasista para el desconocimiento de derechos y la acumulación de prácticas de gobierno contrarias al interés común, que algunos de los candidatos a la Presidencia formados en el seno del establecimiento oficialista tienen discurso de cambio y de inconformidad. Uno se presenta como “presidente de la gente”. Y no falta quien diga de labios para fuera que es tiempo de dejar atrás tantas políticas de desgreño. Ingrid Betancourt condena el odio, pero no lo excluye de sus sentimientos y lo expresa con cierto afán revanchista.

Esos candidatos que ahora detestan la corrupción, o dicen defender el acuerdo de paz con las Farc, o se comprometen en la reactivación de la frontera y de las relaciones con Venezuela, o dicen tener planes para impulsar el desarrollo agropecuario y sacar a los campesinos de la pobreza y el desplazamiento en que quedaron atrapados, son los mismos que fueron obsecuentes con los comprometidos en hechos como el raponazo de los $ 70 mil millones a través de la ladina contratación con Centros poblados para la conexión de internet en áreas rurales. También son los mismos que hicieron de cómplices en el empeño liderado por el Centro Democrático tendiente a hacer trizas “la paz de Santos”. Los mismos que desde el Congreso, los cargos públicos y otros espacios de poder, se han aferrado a preservar todo el entramado del gobierno, de exclusión, de represión y de violencia, de abuso, de intolerancia, de despojo de tierras o violación de los derechos humanos.

No es confiable el discurso de ahora prometiendo un cambio, pues no se ve con claridad esa nueva postura.

Y no se trata de desconocer la posibilidad de asumir ideas renovadoras. Estas hacen parte de las dinámicas y reflexiones humanas, sin duda. Nadie está condenado a que sus equivocaciones sean irremediables o que no se puedan superar dogmas que anulan la razón. Pero ello no debe ser de apariencia con intención oportunista, sino de convicciones con pruebas de sinceridad y de compromiso que rompa los velos del engaño o de lo vergonzante.

Se necesita el apoyo de una opinión militante para sacar adelante la nueva construcción de una nación democrática, sin violencias, sin corrupción, con educación que ofrezca conocimiento y formación, con el derecho efectivo a la salud, con funcionalidad cultural, con protección ambiental, con unidad y respeto recíproco entre las personas, con libertad que privilegie la vida en todos los aspectos. Esa fuerza existencial, libre de opresiones y de prejuicios y de mezquindades permitirá avanzar. Y se debe tener claridad sobre lo que implica el cambio, para no dejarse engañar de quienes lo predican pero estarán listos a contenerlo cuando llegue el momento de hacerlo efectivo.

Hay que distinguir entre quienes tienen un compromiso por sus convicciones y lo han demostrado sin rodeos y los que cambian de postura para la pesca electoral.

Puntada

Norte Santander, por su situación de violencia y los demás problemas acumulados, debe estar como capítulo especial de los candidatos a la Presidencia y con prioridad. ¿Pero, será que están actualizados?

CICERÓN FLÓREZ MOYA

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