Por: María Jimena Duzán

“ El próximo 13 de marzo los colombianos deberíamos ir a las urnas a derrotar a los poderosos clanes familiares que se adueñaron del poder político y económico en diversas regiones del país”.

Controlan todo, como las mafias: desde el sistema de contratación, pasando por los órganos de control, hasta los medios. Se inventan narrativas que difunden en los medios locales que están a su servicio, y los pocos periodistas que se atreven a contar sus vergüenzas, lo hacen exponiendo sus vidas.

Los contratistas son los grandes oligarcas de estas republiquetas y los que se benefician del sistema. Los clanes se sirven de ellos para financiar sus campañas a cambio de jugosos contratos en los que siempre va incluida una coima. El origen de sus fortunas es tan oscuro como sus prácticas. No les preocupa la pobreza sino acrecentar su poder, pero tienen el cinismo de fungir como defensores de la democracia. En realidad son los defensores del statu quo y fueron los que en las pasadas elecciones inclinaron la balanza a favor de Iván Duque.

Esa temible red de poder está integrada por clanes como el de los Gnecco, con control sobre el Cesar y La Guajira; el de los Cotes, en Magdalena; el de los a Aguilar, en Santander; el de los García Romero, en Bolívar; el que preside el patrón de El Guaviare, el exgobernador Nebio Echeverry y desde luego el clan Char, sin duda, el más poderoso de todos. Hace cuatro años, en las elecciones que pensábamos que iban a cambiar el rumbo del país porque se había firmado el acuerdo de paz, este clan obtuvo su mayor triunfo electoral desde que tomó el control del poder en Atlántico hace ya 14 años. Pudo elegir a seis senadores y a tres representantes, convirtiéndose en el clan con la bancada más grande y poderosa en el Congreso. Arturo Char, uno de los hijos del jefe del clan, fue elegido presidente del Congreso pese a que traía una investigación preliminar por compra de votos. Ahora, a Álex Char, el otro hijo del patriarca, lo quieren poner de presidente.

Los órganos de control rara vez tocan a estos clanes y cuando sucede el milagro, su poderío no se afecta porque ficha que destituyen ficha que reponen. Ellos no le temen a la justicia, como se le nota a Álex Char. Solo le temen a perder el poder. Y van a hacer todo lo que esté a su alcance para seguir en él.

El origen de sus fortunas también es un misterio, aunque sea un secreto a voces que se repite en voz baja en sus regiones. Jorge Gnecco se lucró de la bonanza marimbera y uno de los integrantes de esa familia tiene una investigación que lo señala de ser el dueño del mercado ilegal de la venta de gasolina en el norte del país. En el caso de los Char, un informe de la Fiscalía, revelado por La Liga Contra El Silencio, vinculó a los Char como presuntos lavadores del cartel de la costa, en los noventa.

Los colombianos deberíamos identificar bien a estos congresistas que representan a los clanes y salir a votar para evitar que sigan haciendo de las suyas.

Que estas elecciones sean su derrota. Que los Char no terminen premiados como hace cuatro años y que si la Fiscalía no se atreve a tocarlos, pues que sean castigados por el electorado el próximo 13 de marzo. Que se sancione a los Gnecco votando por otros y se evite el festín de los recursos del departamento y que los herederos de Nebio Echeverry no se terminen eligiendo en el sur. Allá los políticos, que son también ganaderos, se han quedado callados ante las denuncias que aseguran que los incendios que están deforestando la selva tienen el propósito de ampliar la frontera agrícola y convertirla en pasto para sus reses.

Hace 30 años teníamos dos partidos tradicionales. Hoy tenemos clanes y su poder no solo les sirve para ganar las elecciones del Congreso sino para poner presidente. Si no queremos terminar convertidos en una cleptocracia, hay que votar por las listas que quieren un país distinto. Unos votarán por las del Pacto Histórico, otros por el Centro Esperanza o por la de Estamos listas. Escojan, hay de dónde, pero no dejen de votar.

Nuestro Congreso, con contadas excepciones, es un lugar al que llegan más rápido los corruptos, los que conviven con lo malevo, con lo indigno y con los privilegios, que los candidatos que quieren llegar lícitamente. Invirtamos la ecuación. Que puedan llegar los que quieren hacer de la política algo digno y castiguemos a los que la degradaron.

La mala noticia es que derrotar a los clanes en estas elecciones no va a ser suficiente. Ante la debacle de los partidos hay que crear nuevos, pero que sean reales, democráticos, que respondan a proyectos políticos con idearios propios. Sin partidos no sólo prevalecerán los clanes mafiosos sino que la democracia se convertirá en un asunto de egos, de patriarcas, de señores feudales y de dones.

El próximo 13 de marzo los colombianos deberíamos elegir un Congreso que nos devuelva la confianza en la política. Y para que eso sea posible, para que la política vuelva a ser digna y represente algo más que la oportunidad de enriquecerse a costa del erario, hay que salir a votar no solo bien informados, sino conscientes de todo lo que está en juego.

Hay que ir a votar pensando en el país que queremos y no en el que nos tocó vivir. Esa sensación de que la política siempre tiene que ser así de miserable, no nos la merecemos. Firmar la paz fue importante, pero si no logramos que el Congreso sea un espacio político libre de mafias como las que nos están estrangulando, la guerra volverá.

A votar bien para salvar la democracia. No hay de otra.

María Jimena Duzán