Alí Ramón Rojas Olaya

Glásnost y Perestroika

Entre los años 1986 y 1991, el presidente de la Unión Soviética Mijaíl Gorbachov, instituye una reforma política denominada Glásnost cuya finalidad era generar discusiones internas, libres y abiertas entre los ciudadanos sobre asuntos políticos y sociales. La Glásnost junto con la Perestroika (conjunto de políticas económicas), formó parte del proceso de reformas y de reorganización que experimentó la Unión Soviética.

Consenso de Washington

En el año 1989, el economista inglés John Williamson da a conocer un conjunto de diez recomendaciones de política económica, conocido como el Consenso de Washington, cuyo objetivo era describir un paquete de reformas «estándar» para países en desarrollo azotados por la crisis financiera, según las instituciones bajo la órbita de Washington, es decir, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Las fórmulas abarcaban políticas que propugnaban la estabilización macroeconómica, la liberalización económica con respecto al comercio, la reducción del Estado y la expansión de las corporaciones dentro de la economía interna.

Guarenazo

Es la noche del 26 de febrero de 1989. Joaquina se debate entre la desesperanza y el infortunio. El llanto de los hijos y el de ella misma, la intranquilizan. No han comido en todo el día. El patrón de la fábrica donde trabaja en La Yaguara la explota diariamente de tal forma que al llegar a su rancho de ella sólo queda un cuerpo exprimido. El hambre carcome sus entrañas cual alimaña posándose en la pobreza crítica. Esta mujer es la síntesis implacable y auténtica de la gente bella que puebla la Venezuela que comenzó a desdibujarse con la Cosiata y que parece haber alcanzado su punto máximo convertida en el pez que fuma. Una Venezuela acostumbrada a padecer, a soportar la tortura eternizada en la demora de un plato de sobras, preñada de niños que atesoran basura aderezada entre perros.

Ya es de madrugada. Joaquina arranca la hojita vieja al almanaque pegado en el clavito de la pared de la cocina. Es 27 de febrero. Se acuesta acurrucada porque piensa en una arepa, un pancito, alguito que comer. Entre una y una y media, los niños duermen junto a su madre. El más pequeño está soñando. Sonríe y coloca los labios como si estuviese succionando. Quizás recuerde la época en que ella lo amamantaba. Los otros dos se levantan abruptamente: el hambre interrumpe el sueño que, convertido en furia, roe sin piedad el sosiego nocturnal. Joaquina, en su rancho de Guarenas se levanta a las 2 en punto a orinar, luego contempla por unos instantes a sus hijos e intenta sumergirse en el sopor en el que inquietos nadan sus niños.

Trata de recordar si en algún lugar queda una latica de sardinas, algún tomate, un pedacito de pan viejo, algo, y nada, recuerda por enésima vez que ya ha supervisado cuanto recoveco existe. Son las 4 de la madrugada. Los niños duermen tranquilos porque vencieron el hambre. Ella va al baño, se ve en el espejo, se echa agua en la cara. Exprime el dentífrico hasta que logra sacarle un chorrito escuálido. La coloca en el cepillo. Lo barre por sus dientes. Escupe el agua blanquecina. Se pone el pantalón, la blusa, revisa su cartera, besa a sus hijos. En lo que sale, le pide a la vecina que los despierte a las seis para que vayan a la escuela. Lo que no sabe Joaquina es que una noticia terrible la espera en la parada de busetas: subieron los precios del pasaje.

Los números de la miseria

Nos dice Simón Rodríguez que “se escribe para calcular y para recordar; para instruirse y para instruir, y, sobre todo, para salvar del olvido los hechos interesantes”. Esta lección nos conmina a recordar el programa económico de Miguel Rodríguez, quien fue jefe de Cordiplan y presidente del BCV durante el gobierno de CAP II. Ese economista, después de hacer una maestría en la Universidad de Yale y doctorarse en la Universidad de Harvard, regresó en 1985 para trabajar en el Instituto de Estudios Superiores de Administración (Iesa). Publicó el artículo “Mitos y realidades del endeudamiento externo de Venezuela”, que lo catapultó como hombre clave.

Ese “genio de la economía” escribió el programa “El gran viraje”, en el que, siguiendo las pautas del Fondo Monetario Internacional, hilvanó una serie de ajustes económicos neoliberales para refinanciar la deuda externa. Los resultados los vaticinó Simón Rodríguez: “El hambre convierte los crímenes en actos de virtud”. El 27 de febrero de 1989 se inició en Guarenas lo que conocemos como el Caracazo, que arrojó más de tres mil muertos. Tras esa traba popular, Pérez lo conmina a reajustarlo. Las secuelas nos las facilita Hernán Méndez Castellano, de Fundacredesa. Para 1993, 1,07% de la población vivía en la opulencia (cuatro mil familias) y 7,09% vivía en relativo confort (15 mil familias). La clase media venezolana se redujo a 13,6%. 37,6% conformaban la clase obrera (cerca de siete millones). 40,64% (ocho millones) era marginal. Para 1995, de 21.332.515 habitantes, 81,58% se hallaba en situación de pobreza, de la cual 41,75%, es decir, más de nueve millones padecían miseria, entre ellos unos cuatro millones de niños sin hogar o escuela o con severos cuadros de desnutrición.

Detrás de cada número se esconde un dolor. Miguel Rodríguez había logrado el objetivo de su paquete: enriquecer más a la oligarquía. Hoy, Estados Unidos lo aplica con medidas coercitivas que allá llaman «sanciones». El pueblo sabe qué guarismos desean otros “genios” como Moisés Naim y Ricardo Haussmann. Es importante que “abramos la historia” ya que, insiste Róbinson, “en las letras y en los números, se consignan muchos intereses, para lo futuro, como para lo presente”.

Gorbachov

El 9 de noviembre de 1989, la caída del Muro de Berlín marcó para occidente un hito de la historia mundial: simbolizó el fin de la Guerra Fría y provocó la reunificación de Alemania. En 1990, Mijail Gorbachov recibe el Premio Nobel de la Paz. El 25 de diciembre de 1991, el pueblo soviético recibe la peor navidad de su vida: el fin de la Unión Soviética. Tiempo después, en una universidad norteamericana de Turquía, Mijail Gorbachov dio una conferencia donde dijo: “El objetivo de mi vida fue la aniquilación del comunismo… mi esposa me apoyó plenamente y lo entendió incluso antes que yo […]. Para lograrlo aproveché mi posición en el Partido y en el país, tuve que sustituir a toda la dirección del Partido Comunista y de la URSS, así como a la dirección de todos los países socialista de Europa”.

Comenzando el año 2018, la CIA desclasificó algunos documentos donde se afirma que “el magnate financiero George Soros y la CIA, ayudaron a Gorbachov a sepultar a la URSS”.

Rocky y Drago

El 27 de noviembre de 1985, se estrena en Estados Unidos, el film Rocky IV. Iván Drago, un boxeador soviético muscular de 1.96 m y 118 kg, llega a los Estados Unidos con su esposa Ludmilla, y un equipo de entrenadores de la Unión Soviética y Cuba. Su entrenador, Nicolai Koloff toma cada oportunidad para promover la destreza atlética de Drago como una muestra de la superioridad soviética.

Después de que Drago asesina al excampeón mundial Apollo Creed, Rocky decide pelear con Drago el día de Navidad. La pelea comienza con un Drago demoledor. Sin embargo, la resistencia de Rocky hace que el público soviético previamente hostil lo empiece a apoyar, lo que molesta a Drago al punto de que empuja a Koloff fuera del cuadrilátero por reprimirlo por su actuación en la pelea. Rocky finalmente acaba con Drago en el último asalto, ganando por nocaut para sorpresa de los miembros del politburó soviético. Un sangriento y cansado Rocky da un discurso que estremece al público: «ustedes pueden cambiar, ¡todos pueden cambiar!». El secretario general soviético se para y aplaude a Rocky, y los demás hacen lo mismo. Rocky finaliza su discurso al desearle a su hijo una Feliz Navidad, y tira sus brazos en el aire en victoria mientras el público aplaude.

El muro de Berlín

Tear down this wall (Derribe este muro). Con estas palabras, Ronald Reagan desafió al secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética Mijaíl Gorbachov para que derribase el muro de Berlín. Miles de personas se reunieron en torno al símbolo de la unidad alemana, la Puerta de Brandeburgo y escucharon la 9na sinfonía de Beethoven.

¿El fin de la historia?

Francis Fukuyama, en un artículo publicado en verano de 1989 por la revista estadounidense The National Interest dice: «No se trata únicamente del fin de la guerra fría o la desaparición de un período determinado de la historia de la posguerra, sino que es el fin de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano».

El neoliberalismo triunfaba en el “reino de las ideas”. El año de 1989 es “el triunfo de occidente” en el que se impusieron “las ideas de occidente”. Aparentemente se habían agotado “todas las alternativas posibles al liberalismo occidental” y se produciría entonces “la propagación inevitable de la cultura de consumo occidental” en todo el mundo. Parecía que el alegato de Fukuyama gozaba de una gran relevancia. La organización de las clases trabajadoras se había diluido en países como Reino Unido tras la huelga de los mineros, el socialismo era rechazado por la mitad de Europa y los partidos socialistas democráticos experimentaron grandes cambios al abrazar el libre mercado. Pero en Venezuela, la gente pobre cantó el 27 de febrero «Gloria al bravo pueblo» y lanzó el yugo. Y en cada barrio de Guarenas y Caracas el pueblo empinado entonaba: ¡Gritemos con brío: Muera la opresión! y los «compatriotas fieles» entendieron que «la fuerza es la unión».

Por ahora

En 1992 se publica el libro El fin de la historia y el último hombre (The End of History and the Last Man) en el que el politólogo Fukuyama reafirma su tesis. Pero, una vez más Venezuela le agua la fiesta a occidente. El 4 de febrero de 1992, un comandante, un hombre de pueblo, intentó dar un golpe militar. Antes de ser apresado dijo un: “Por ahora” que se transformó en un para siempre porque la historia no había llegado a su fin: “Un tropel de caballos la historia dormía y se despertó”.