Homar Garcés

El nuevo momento económico exige, simultáneamente, la construcción de una amplia red productiva solidaria, capaz de desencadenar la diversificación de la actividad económica, de generar fuentes de empleos dignos y de acabar con la desigualdad, la exclusión y la explotación causadas por la lógica capitalista.

Como lo explican varios especialistas en el ámbito económico (muchos sin afinidad con el gobierno), el repunte en el presente año de la economía venezolana tiene su explicación en el hecho que se abrió el mercado interno a toda clase de importaciones sin arancel, así como a la inversión extranjera, el levantamiento y abandono de los controles de cambio y de precios, la desregulación y liberalización de la economía, la dolarización transaccional, la privatización de la gestión de empresas públicas, la promoción de exportaciones, la recuperación de la extracción petrolera y el repunte en los precios de los crudos; todos estos elementos, en conjunto, le permitirían al Presidente Maduro implementar medidas apropiadas que apuntalen su objetivo de enrumbar exitosamente la economía.

Sin embargo, para alcanzar dicho objetivo, no se debe pasar por alto que, durante las dos primeras décadas de este siglo, hubo una extensión excesiva de funciones del gobierno, abarcando una serie de ámbitos que, en su momento, tenían como objetivos primordiales la defensa de la soberanía nacional, la construcción de un nuevo modelo democrático, la inclusión social y el inicio de una economía de corte socialista que redujera la centenaria dependencia petrolera; sin embargo, la burocracia encargada de respaldar y de echar adelante dichos objetivos terminó por absorber e inutilizar el ímpetu y las iniciativas creadoras de los sectores populares que el Presidente Hugo Chávez alentó siempre en sus alocuciones. Muchos burócratas comprendieron que el libre florecimiento de las distintas organizaciones del poder popular representa un serio obstáculo a su ambición de poder político y económico por lo que, aprovechándose del cargo detentado, optaron por execrar a quienes -de una u otra manera- impulsaban y acompañaban dichas organizaciones. Ésto, como ya se comprobó en el tiempo presente, hizo que los cambios revolucionarios propuestos desde 1999 fueran, en su mayoría, simples cambios nominales, sin afectar la estructura del Estado, lo que, de concretarse, habría significado un gran avance en la transformación integral de la sociedad venezolana. Ésto debe servir para que haya un control y seguimiento de las diferentes medidas que puedan llevarse a cabo.

Desde las diversas instancias de gobierno, debe considerarse también (como elemento importante e imprescindible) la voluntad de actuar de manera activa ante la vida de parte de los sectores populares, siendo esto lo que logró que Hugo Chávez fuera reelecto como presidente, al mismo tiempo que le aseguró el triunfo electoral a quienes ocupan los cargos de gobernadores, alcaldes, diputados, legisladores y concejales. Igualmente, esta misma voluntad hizo fracasar el golpe de Estado del 11 de abril de 2002, respaldado por las cúpulas empresariales, militares, eclesiásticas y mediáticas del país bajo la orientación imperial de Estados Unidos. Ello demuestra el cambio de conciencia experimentado en estas últimas décadas por el pueblo, a pesar de todas las dificultades y las inconsistencias ideológicas que le han coartado su participación y protagonismo en el destino de esta nación. La vieja derecha y la nueva derecha neoliberal creyeron que, como ocurrió en el pasado con los gobiernos de facto en toda Sudamérica, el pueblo se resignaría y estaría en contra de cualquier tipo de colectivismo; equivocación en la que persiste sin ninguna intención de explicarse el por qué.

En todo caso, hay que recalcar la importancia de la intervención del Estado -como ente regulador de las relaciones económicas- en la orientación de la inversión y distribución de la renta petrolera y del ingreso nacional, lo que permitirá, en términos reales, la plena satisfacción de las necesidades materiales de la población. No obstante, esto exige, simultáneamente, la construcción de una amplia red productiva solidaria, capaz de desencadenar la diversificación de la actividad económica, de generar fuentes de empleos dignos y de acabar con la desigualdad, la exclusión y la explotación causadas por la lógica capitalista. Por ello es preciso que se fomente una diversidad de mecanismos o formas organizativas, como la autogestión, la congestión, las cooperativas, medianas empresas y microempresas, cuidando de no repetir los errores del pasado, sustentada en los valores de la mutua cooperación, la equidad y la solidaridad. Cuestión que deberá complementarse con el intercambio de saberes, bienes y servicios, expresado en nuevas formas de organización social de la producción y un empoderamiento popular, inclusivo e incluyente.