Tuvo la fortuna de musicalizar el miedo y la rebeldía en una extensa sinfonía de letras sociales, cuyas melodías se abrieron como lo hacen las danzadoras de su tierra, libres, francas, risueñas, amorosas y siempre portadoras de esperanzas.  En los años setenta se creció el verso protesta de la canción necesaria, que a manera de corriente y como río rebelde, se volvió indetenible.

La gente no se callaba, el embellecedor de calzado en cada zigzagueo con su bayoneta blanca, mostraba su inconformidad. Los campesinos sin tierra con sus mujeres y llenos de hijos, han visto durante muchos años, en una cuenta que se pierde en el maltrato hacia ellos, llegar la madrugada con sus voces que reclaman un mejor mañana, en donde a la mayoría no les llegó.

En ese último y extenso listado estaba él.  Junto a sus padres y hermanos donde vio como la tragedia humana caminaba de un lado a otro, sin que hubiera poder natural o sobrenatural que lo resolviera. Ese sufrimiento que su aldea vivía y que aun persiste, lo hizo cambiar de mentalidad y entendió que su arte de tocar el acordeón y vociferar a los cuatro vientos los problemas de su comunidad, podían ser, sino resueltos, al menos conocidos por quienes tenían el poder de disminuirlos.

Se volvió un trashumante que a todo lo que veía le hacía un canto. Se olvidó del amor, del dinero, de las vanidades que arrinconan al ser y en vez de caer rendido por las ofertas que no faltaron, cambió todo eso, por una narrativa social. No podía ser de otra manera, lo que él encontraba en su camino, era hambre, desnudez, mujeres maltratadas, jóvenes sin presente ni futuro, una violencia creciente que todos los días era contar muertos, llorar a mares, una libertad que era todo, menos eso. Así el amor y la buena vida, pasó a un plano ínfimo.

Como él lo decía muchos años después, “todo lo que viví me enseñó a comprender, el por qué algunos malos amigos se fueron, para que llegaran algunos buenos enemigos”. Nada para él fue fácil. Su vida en el corregimiento Santa Isabel en el departamento de Córdoba, donde nació el 1 de abril de 1949, al lado de sus padres María Hernández y José Jiménez, no fue tan cruel como aconteció después, porque la inocencia de sus pocos años lo cubría en medio de las dificultades.

Con los años de su adolescencia a cuesta, vivió en carne propia los rigores del desarraigo social. Eso le puso una coraza inmensa, mientras aprovechaba cualquier descuido para llorar, en donde solo el pasar del tiempo lo convirtió en un serio y creíble relator social, esos de verdad, que no necesita de luces ni otros aditamentos para cambiar por motivos de ambiente.

A donde llegaba cantaba lo vivido o estaba por suceder. Era un joven rebelde lleno de premociones que no mucho tiempo después, las veía calcadas en la realidad. En medio de la gente que lo escuchaba esperanzada, no faltaba el que le dijera, “yo tengo un canto en ese estilo”, “cántalo pa´ve”, le decía sobre la marcha del ruido musical emitido por la lira y los armónicos de su acordeón. Así fue recolectando una música natural y con ese vestido las grababa. Eso hizo de sus producciones, un laboratorio sencillo, lleno de verdades, en donde cada frase que expresaba, la ciudadanía sin importar donde se encontrara, la asentía con naturalidad.

Todo su relato social caminaba entre las diversas comunidades. Los que no tenían nada, estaban a gusto con saber, que alguien no cayó en los brazos de Morfeo para volverse un narrador del amor y más amor. A él le llegaban los rumores que sus denuncias estaban caminando más de la cuenta y eso les mortificaba a los dueños de la tierra, de la vida y el aire.

En ese transitar se dio las manos con el escritor David Sánchez Juliao, quien le habló de un relato que tenía. Él escuchó la lectura de su texto. Al terminar, el músico le dijo, “Eso no tiene música ni ritmo, yo se le puedo poner” y así se dio el nacimiento al paseaito “El Indio Sinuano”, que con su letra hace un llamado serio: “Yo soy indio de los puros del Sinú/Yo soy indio chato, cholo y chiquitín/esta tierra que es mi tierra/este cielo que es mi cielo/A mi casa llegó un día el español/y del oro de mi padre se apropió/y la tumba de mi abuelo/como guaca la exploró/Y mi tierra me quitaron de las manos/despojados quedé yo con mis hermanos/al abrigo de los vientos/relegado a los pantanos”. Con ese canto comenzó la revolución de un campesino que jamás dejo de narrar lo social.

Cuando el barro se le puso duro, no tuvo otra escapatoria que escabullirse y entregarse al señor exilio, que lo llevó cerca del polo norte, a la ciudad de Austria en Suiza, cuya cultura musical impera y el invento está vivo, pese a muchas invasiones vividas. Allí siguió con su ideario, con el que estaba seguro, ni el frío, sus dificultades cotidianas, el idioma y tantas barreras que le planteó el día a día, lo iban a detener. Solo una isquemia cerebral lo hizo regresarse al lugar de origen, después de vivir más de veinte años. Allí, en esa lejanía, nunca se cayó su acordeón, su voz, sus letras y melodías. Solo su salud, le puso un tatequieto a su vocación de hacer del problema social un instrumento de denuncia.

En el amanecer del 27 de noviembre del 2021 su vida se fue, en la capital de Córdoba, el mismo territorio que lo vio fugársele a la muerte en más de una ocasión, talvez a un dialogo más placentero con los duros del progresismo, marxismo, leninismo y socialismo, para ponerle música al capital y muchos discursos llenos de cambios, y otros obsoletos, que, con el aporte de su picardía musical, pueden revivir. Ya no tiene que huirle a la persecución inhumana que vivió por parte de la ultraderecha, que de manera selectiva sabía que su verbo caminaba y concientizaba, pero que aun en vida y con sus achaques, ya no significaba nada.

Fue un hombre bueno, con una humildad franciscana, abandonado por muchos que lo llenaron de promesas y ninguna le cumplió. Muchos de ellos, quienes crecieron con la fuerza de sus versos, se escabulleron como cometa sin rabo. Esto pone en evidencia, que la mayoría de la obra creada poco se parece a quien la construye. Por un lado, van “las canciones protestas” y por otro sendero, el autor/compositor que no tiene coherencia ideológica con ellas. Como caso excepcional, Máximo José siempre guardó una hoja de ruta concordante entre lo que pensaba, componía y su conducta social.

Su obra “La vuelta a Colombia” un canto reconciliador, que se convirtió en un himno dentro de la UP, cuyos versos se esparcieron por todo el territorio, “La vuelta a Colombia/ por la paz y la democracia/buscamos la forma/de tener una nueva esperanza/por el derecho a la vida/luchemos todos/por el bien de nuestra patria/luchemos todos/porque no mueran más niños/luchemos todos/por una reforma urbana/luchemos todos”.

Recibió de la Universidad de Córdoba, un Honoris Causa como licenciado en educación con énfasis artística, que indica un reconocimiento en medio de tantas dificultades vividas, que le indican al “indio Sinuano”, que algo valió la pena de toda esa titánica manera de encarar la vida, cuya música con el pasar del tiempo se convirtió en una veraz denuncia.

Esa subversión contenida en su mensaje musical fue el detonante para que todos sus contrarios apuntaran contra él. Siempre pensó, que era una tierra libre en donde él vivía y que podía exponer sus razones, sin pensar en que lo malo era la respuesta a su narrativa.

Pero que equivocado estaba, no había terminado de cruzar la esquina, cuando ya había sido rotulado con las palabras “guerrillero”, “subversivo”, con la orden “de seguirlo” y “saber con quién o quienes se reúne”.  Así vivió siempre en su país. Saltando matones, escondiéndose hasta de su propia sombra. No había terminado de tocar una canción, cuando quienes lo seguían a sol y sereno, lo hacían correr con sus compañeros músicos.

Así vio morir a mucha gente, a su padre, hermano y primo, a aquellos que, sin conocerlos, les gustaba su música. Con poca ropa, pero con su acordeón apretujado en el pecho, puso sus abarcas con que protegía a sus dolidos pies, para llegar a un majestuoso archipiélago en el lejano Estocolmo, en donde el llanto cubría el frio de ese enigmático lugar. Allí pudo comprender, que el exilio también es una de las muchas maneras que se tiene para morir.

Su voz recitadora pudo grabar con su acordeón rebelde, alrededor de nueve producciones musicales. Todas recogieron un problema, una posición solucionadora, que lo llevó a comprender que la frontera es mental y que el arte soluciona lo que los malos gobernantes se niegan a poner en un sano disenso.

Muchos años después nos vimos. Era una reunión de creadores. Su salud no era la mejor, pero su memoria me hizo recordar lo que vivimos. Muchos se extrañaron del porqué de nuestro apego. Eso tiene su razón de ser. Hace más de cuarenta años, a él se le dio por entrar como concursante en el Festival Vallenato. Era una época de efervescencia y calor. Todo se hacía con pasión. En una esquina de la plaza nos encontramos en compañía de unos estudiantes que, como yo, le gustaba lo que él hacía con sus canciones. Nos presentamos y desde ese momento nos hicimos buenos amigos.

En un momento nos sentimos rodeados por un público que era de él, quienes le pidieron, si podían cargarlo y pasearlo por la plaza. Él les dijo, “si se atreven a sostener a este gordito, háganle”, así pude ver lo que nunca he visto, un pueblo herido cargando a un narrador de unas desgracias que se parecían a ellos, aun así, eran unos portadores de alegría, que tenían a su héroe de carne y hueso, a quienes no les importaba si había acordeoneros que tocaran más que él o si pertenecían a la casa disquera del momento.

En cada una de las presentaciones, el pueblo en la plaza le pedía, “El burro leñero”, “Al ver un burro cansado/en una calle perdida/quise saber su pasado/y lo interrogué enseguida”, “Usted señor Presidente”, “Usted señor presidente si está de acuerdo/que acaben los campesinos de su nación/sabe que es un esfuerzo el que están haciendo/para no morir de hambre con su opresión/y manda su gente armada sin corazón/pa’ que vean correr la sangre de un hombre bueno”, “El Estado Colombiano”, “!Ay¡ la fuerza represiva/ del Estado colombiano/está siempre al servicio/de oprimir al explotado/”, “O la campana descompuesta”, “En la edición de la tarde/ el diario ratificó/secuestrador el alcalde/y traficante el contralor/los maleantes andan sueltos/se dejó el juez sobornar/esto está todo revuelto/y hay gran déficit fiscal/hay locos por todas partes/y borrachos por montón/la policía se reparte la plata con el ladrón”.

Cada canción que interpretaba era una emoción incontrolable por parte de quienes nos gustaba su música, la cual, a más de cuatro décadas de haber ocurrido ese hecho, cobra cada día más vigencia.

Todo volvió a su lugar natural. Estábamos los dos de frente. Recordamos y nos dijimos situaciones que queríamos escuchar de nuevo. Sentí que sufría por no poder usar sus manos para tocar su entrañable instrumento. “Camino muerto”, me dijo. Me cubrió un profundo y doloroso silencio que aprovechó para seguir con su palabra sabia, “sin él, ya no es vida la que vivo”, “A veces me levanto en la madrugada, trato de volver a mis andanzas de músico, lo toco, lo reviso y trato de sacarle nuevos sonidos, pero que va, ya no es lo mismo, siento que nos separamos, él va por un lado y yo por otro. Siento que me olvidó”.

Al venirme, llegué con unos compromisos que no se pudieron cumplir. La gente, no importa el bando en que esté, hay que aprovecharla es en caliente. Después, se esconden, olvidan, no hay gratitud en el corazón de la gente que maneja a nuestro País, solo viven el momento y es ahí donde el artista es usado. Los cultores tienen el privilegio de producir una obra que defiende al territorio, pero sus derechos dentro y fuera de la Patria no son bien tratados, por ende, esos protagonistas no terminan sus días como merecen.

Máximo José Jiménez Hernández no fue la excepción. Padeció lo mismo que lo han hecho otras glorias como autores, compositores e intérpretes, que terminan sometidos por el editor y productor que les hace firmar unos contratos perversos e inhumanos y terminan pagándoles unos porcentajes irrisorios y adueñándose de una obra que no han creado. Él, al igual que todos los que han sufrido ese maltrato, los salva su obra, que cada vez que llega el carro del olvido, resurge una obra de su creación, para decir, aquí hay un autor o interprete vivo, por la fuerza natural de lo que dejó en la tierra.

FERCAHINO