Por: Reinaldo Spitaletta

Cuando escribimos el libro “Vida puta puta vida”, en compañía de Mario Escobar Velásquez, publicado en 1996, casi todas las prostitutas entrevistadas nos dijeron que no practicaban el sexo lento, sino rápido; mientras más rápido, mejor, para que pronto pasara “el siguiente”. La rapidez tenía que ver, según ellas, con la ganancia, con la eficiencia, no había lugar a las prolongaciones en la cama, y menos por la misma tarifa.

Desde los días del maquinismo y la revolución industrial la velocidad es un factor de productividad, de plusvalías para los dueños de las fábricas y amos del capital. La mano de obra debe trabajar rápido. El fordismo, a principios del siglo XX, disparó las velocidades con la producción en serie. Los Mártires de Chicago, como otros millones de trabajadores, en el siglo XIX, desplegaron sus banderas en enconadas luchas por la conquista de los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de educación). Chaplin, en su filme “Tiempos modernos”, mostró las consecuencias de la velocidad de trabajo en el capitalismo y la producción en cadena.

Hay que producir a velocidad de vértigo y consumir todavía más rápido. La lentitud, en este sistema en que el “tiempo es oro”, es sinónimo de pereza e ineptitud, de desatino e ineficiencia. El lento estorba e impide. No es un “buen trabajador”. Es un palo en la rueda. No es ni siquiera un catalizador, sino una mierda, un estorboso. Así, la velocidad, la productora de adrenalina y de emociones vacías, nos envolvió. Y ya no hay lugar al pensamiento, que es un largo cocido, ni a la degustación de una comida despaciosa, porque hay que estar a tono con la hamburguesa y lo que se puede tragar rápido, sin conversación ni otras familiaridades.

El capitalismo moderno reivindica la rapidez, como lo señala, por ejemplo, Carl Honoré en su Elogio de la lentitud. La riqueza de unos cuantos “elegidos” (transnacionales, banqueros, monopolios, oligopolios, en fin) se produce a altas velocidades, las mismas con que se destruyen los recursos naturales, se maltratan los campos, se diseñan las ciudades para que circulen automóviles y se enajena con el espejismo de lo veloz a los “esclavos modernos”. No hay lugar para la contemplación, ni para las reflexiones. Cuantos menos se piense, más eficiente se es en el trabajo, y, eso sí, rapidito, mi señor, como la putica con el fogoso cliente encima.

Hay que ir por el carril rápido, no sea que lleguemos tarde. Hay que ser “esclavos de los horarios, del ruido, del consumo, de la hipoteca y de lo que se espera de nosotros”, dice Honoré, al afirmar que “somos sobrevivientes” y no seres que vivimos para la búsqueda del placer, de la serenidad, de la sabiduría y el ejercicio de la razón y el pensamiento. Las tecnologías, en vez de liberarnos, nos amarran y enajenan.

Las tías, muchas de ellas señoras sabias, decían que de las carreras no queda sino el cansancio. Estamos arrobados (o alienados) por la velocidad. El Eclesiastés, que tiene cosas bonitas, advierte que hay tiempo para todo: “tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de cosechar; tiempo de destruir y tiempo de edificar; tiempo de buscar y tiempo de perder…”. Pero, ni riesgos, cómo vas a perder el tiempo en ocios y lecturas, en comidas lentas y en extensas disquisiciones. Se proclaman otras consignas: sé veloz y que nada te detenga (de ahí las rabias por aglomeraciones, congestiones vehiculares y esperas).

En diciembre aumenta la velocidad de consumo. Hay que comprar y hay que vender. Hay que correr y llegar al centro comercial. Si compro, existo. Si vendo, también. Y si todas las transacciones las realizo a frenéticas velocidades, estaré en la actualidad, que es la que me ordena no perder el tiempo en meditaciones ni en cuestionamientos. Y menos aún, en lecturas de libros gordos. Qué cuentos de Quijotes ni de montañas mágicas. ¡Ah!, y ni se te ocurra meterte en los embrollos de don Marcel Proust.

¿Cuánto cuesta la velocidad? ¿Y cuánto la lentitud? Recordemos que todo vale, todo tiene precio. En 1909, un manifiesto de los futuristas, adoradores de las máquinas, decía: “Afirmamos que la magnificencia del mundo ha sido enriquecida por una nueva belleza: la belleza de la velocidad”. Más de un siglo después, la velocidad es la reina y la madre de muchas alienaciones. Qué cuento de lentitudes, de volver a comer con la familia, de revivir desaparecidos rituales, como los de conversar en un café o dormir un poco más. O hacer una siesta. Ni lo piense.

En medio del maremágnum consumista, Kafka continúa siendo un faro: “No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.”