Félix Carrillo Hinojosa

Las diversas versiones orales que se dieron y aún persisten, han ayudado a acotejar tantas historias propiciadas por las mujeres de diversas condiciones sociales que bajo el apelativo de» Las Juanas» decidieron acompañar a los ejércitos patriotas en la guerra de la Independencia y posteriores conflictos de la Patria Boba.

Muchas de ellas dedicadas a minimizar las fatigas, hambrunas y dolores de todo tipo, cuyos cuerpos quedaron depositados en grandes fosas comunes, a la intemperie de los inmensos campos de batalla o en el caso de Barbarita Aldana, una de las tantas Juanas olvidada, cuyo cadáver fue sepultado detrás de la iglesia de la Ermita de Popayán, al final de la calle de Santa Catalina, donde hoy queda el Barrio Loma de Cartagena, lugar que hasta 1848 fue el cementerio de los pobres, porque no podían pagar tumba en camposanto católico.

Esas Juanas no solo fueron enfermeras, hacedoras de comida, agua de panela para los emparamados, pelar platano, desplumar gallinas, mensajeras, enfermeras, cocineras, coser uniformes, organizar misas, persuadir a los jóvenes para que no desertaran, hacer de meretrices samaritanas, dar a luz muchos hijos que le sirvieron a la guerra y desarrollar tareas militares.

Sus denominaciones variaban de acuerdo al lugar donde se encontraban. En Antioquia se les llamaba «Juanas o Catiras», Santander, «Cholas», México, «Adelitas, Ecuador y Perú,» Guaneñas», Cuba, «Falluelas» y Venezuela, «Guarichas».
Fueron tan diversas las maneras como se vincularon a los procesos de independencia, que resulta extenso su manera de participar en esos actos libertarios, a sabiendas que el fusilamiento, la horca y el deguello eran las prácticas más usuales de los españoles.

No era raro verlas vestidas de hombre, con el solo fin de ser aceptadas en el combate, en su condición de mujeres guerreras con rango militar muchas veces, cuyas estrategias resultaban más triunfadoras que los hombres.
Muchas de ellas, entre las que se cuentan, Simona Amaya, hábil para disfrazarse como hombre, muerta en la Batalla del Pantano de Vargas, el 25 de julio de 1819. Concepción Loperena de Fernández, quien en 1813 le prendió fuego a un retrato de Fernando VII y a los escudos reales durante un evento público. Juana Escobar luchadora en la primera línea de batalla y quien al ser descubierta como espía fue sentenciada a muerte por el coronel José María Barreiro. Matilde Anaray, quien con solo 13 años logró recoger 36 bultos de ropa para el ejército libertador. Evangelista Tamayo, quien fue capitana y luchó junto a Simón Bolívar en Boyacá, 1819. Juana Béjar, fue Sargento Mayor de la Caballería del Ejército Libertador. Casilda Zafra quien le regaló el caballo palomo al Libertador Simón Bolívar. María Estefanía Parra Chinchilla, una niña de 9 años quien sirvió de guía a los patriotas, para que sorprendieran a los españoles en el puente de Boyacá. Nicolasa Juradó, Gertrudis Espalza e Inés Jiménez quienes acompañaron vestidas de hombre al general Antonio José de Sucre en la batalla de Pichincha.

De todas ellas, quienes fueron vitales en el proceso y lucha libertaria, aparece la historia de María Josefa Canelones natural de Tame, Arauca, quien pese a estar embarazada se camufló entre las tropas libertadoras y dio a luz en el páramo de Pisba, al trasmontar el paso de los Andes el 2 de julio de 1819.
Ese hecho lo exaltó el general Daniel Florencio O’Leary, quien exaltó su valentía y valoró que siendo tan agreste el lugar pudo avanzar en las heladas cumbres.
Todos optaron por llamarlo «Patricio del Páramo», un hombre que luego ofrendó al igual que su madre, la vida por la libertad.
Como mujer de un soldado del batallón Rifles, salió embarazada y decidió acompañarlo en esa dura travesía, donde la atacó un intenso dolor de parto. Los valientes soldados en círculo la rodearon mientras daba a luz. Después de hacerlo, al día siguiente todos la vieron con su hijo colgado en su espalda, subiendo con coraje las muchas leguas que tenía ese escarpado camino.
Ese ejemplo, lleno de esperanza y como símbolo de vida, fue una estrella iluminadora que exaltó a la familia en el proceso cruento de la guerra. Ante todo, pone de manifiesto a esa madre heroína, que junto a tantas mujeres y hombres campesinos lo dieron todo, en un momento crucial en la vida de lo que hoy tenemos como País.

Esos 77 días de lucha por la libertad en el Páramo de Pisba y tantos lugares, escenario de lucha a muerte, cuyas prohibiciones a través de la orden perentoria 126, emitida por el subjefe del Estado Mayor Coronel Antonio Morales, en donde prohibió la presencia de mujer alguna en los ejércitos, muchas vestidas de hombre, lograron luchar con denodada valentía con los hombres.

De ahí surgen las miles de Juanas que fueron el alma femenina de la guerra, muchas de ellas, anónimas, con nombres ficticios, en donde el tiempo pasa por encima de sus gestas, al tiempo que como una obligación histórica, los investigadores recogen datos fragmentados y empiezan a darle rostro femenino a la guerra que hemos vivido y que aún persiste»-Fercahino.
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Félix Carrillo Hinojosa