Félix Carrillo Hinojosa

La vida del ser humano está llena de una complejidad inmensa, en donde las luces se confunden con las sombras, que en la mayoría de los casos, no se alcanzan a percibir. En donde muchas veces, lo malo parece bueno o todo lo contrario. Cuántas personas están condenadas por lo que no hicieron y otras, son el diablo y circulan con tanta libertad, que muchos saben lo que significan, pero no les pasa nada y gozan de reconocimiento social.

En medio de tantas historias regadas en la Colombia rural y urbana, está la de una joven de 23 años, quien trabajó como hilandera en la pujante industria que a comienzos del siglo XX, fue conocida como la Fábrica de Tejidos Bello, hoy fabricato, cuyo dueño Emilio Restrepo, había montado un imperio con las mejores máquinas traídas de Inglaterra. Con su joven liderazgo, su estatura y belleza natural, más su temple, tenacidad y su forma de usar la palabra, se hizo encima de un taburete, que ubicó en la portería de la empresa, desde donde empezó a lanzar arengas que puso en alerta al resto de mujeres, quienes al igual que ella, sufrían los rigores de las largas jornadas laborales, cuyas precarias condiciones las hacía trabajar descalzas, con salarios ínfimos a los hombres y un impositivo sistema de multas, terminaban siendo acosadas sexualmente por sus jefes, para realizar lo que muchos llamaron la «huelga de señoritas».

Todas escuchaban atentas y casi que en fila India, decidieron acompañarla. Ante esa dura realidad convenció a sus compañeras para liderar del 12 de febrero al 4 de marzo de 1920, la que se consideró, la realización de la primera huelga de obreras en Colombia, situación que las llevó a parar durante tres semanas sus labores, donde las reivindicaciones laborales, salariales y la petición por un recorte de las horas de trabajo que antes eran de dieciséis o más, por diez, sumado al respeto por su condición de mujer y no ser ultrajadas.

Todo se dio, cuando 400 obreras decidieron interrumpir sus labores, exigir una igualdad de salarios frente a los hombres, la desaparición de las multas, la posibilidad de trabajar con zapatos y la reducción de las horas laborales. Con ella al frente y vociferando en coro, «Esto no puede seguir muchachas. Tenemos que parar esa práctica que lástima nuestra intimidad. Se nos está llenando la taza. No más muchachas no más. Unámonos», se trasladaron a Medellín y lograron hablar en la Gobernación y los medios impresos como El Espectador, El Correo Liberal y El Luchador.

De nada valió la presencia de la policía, quienes al ver la fuerza de su verbo y el coraje con que defendió su causa, decidieron poner sus armas en el piso y aplaudirla. La huelga duró 21 días y en la capital Antioqueña se organizó un comité de socorro, situación que fue vital para que el 4 de marzo tuviera un feliz termino sus exigencias que fueron reivindicadas a través de un aumento salarial en un 40%, regulación del sistema de multas, reducción a nueve horas diarias la jornada laboral, aprobación del trabajo con calzado y el despido de varios capataces que habían abusados de ellas.

No valieron las palabras y postura arrogante de Luis Pelaez, sacerdote de Nuestra Señora del Rosario de Bello, quien la increpó y les pidió, que «eso era una locura», «que ingresaran a la planta», «que Dios acechaba». No valieron esas posturas ante la posición ferrea de todas las trabajadoras. Este logro sirvió para que nueve años después, 186 trabajadoras de la Fábrica Rosellón, cuya sede quedaba en Envigado, Antioquia, se levantaran igual que «Las Capucheras» y «Las Telefonistas» en Bogotá lo hicieran.

En el libro de Carlos Uribe Restrepo, «Betsabé Espinal, Liderazgo fugaz trascendental», cuenta que ella, al mes de haber obtenido todas esas reivindicaciones, fue despedida y poco o nada empezó a significar para ese hecho, sus compañeras de trabajo y ante todo, para una vida que fue cobijada por el olvido total. Mientras eso ocurría, su ejemplo fue seguido y en menos de un año, en Colombia se realizaron alrededor de 33 paros de trabajadores, que dieron paso a un sindicalismo que apenas iniciaba en el continente.

El cuadro de la población no era nada distinto a un pueblo con diez mil habitantes, la mayoría ejercía una servidumbre ante la aristocracia local, cuyos jornaleros de los hatos ganaderos y los cultivos de caña de azúcar, al tiempo que la suerte de las mujeres bellanistas era lúgubre, donde la mayoría de ellas, eran seres abandonados, mal vestidas, descalzas, analfabetas, en su mayoría huérfanas, desplazadas y consecuencias de la guerra de los mil días, confrontación irregular entre Liberales y Conservadores que inauguró el siglo XX con más de cien mil muertos y una nación vuelta añicos.

Su madre tuvo serios problemas de salud, producto del hambre, cuyos malos diagnósticos, la llevaron a un extremo estado de perdida total de la memoria, que siempre contó con la asistencia de una hija dedicada. Su fallecimiento se dio el 6 de noviembre de 1832. Tenía 36 años y vivía con Paulina González, en una pequeña casa en la carrera Villa calle 41 con carrera 42 del barrio San Lorenzo, donde dirigía el taller en la sección textil del Patronato de Obreras de «El día anterior, producto de una tormenta se cayeron varios cables de energía eléctrica de alto voltaje.

Ella hizo caso omiso, ante las alertas de un vecino que dijo sobre el peligro, sin embargo, ella cogió un cable y se electrocutó. Pese a quedar viva y ser llevada al hospital, falleció como consecuencia de las quemaduras internas, todo esto fue recogido por los medios impresos, El Heraldo de Antioquia y el Periódico Conservador La Defensa. Ese mismo día fue su sepelio y un mes después, sucedió el de Emilio Restrepo, la misma persona con quien conflicteó la suerte de ella y sus 399 compañeras.Su corta vida fue recogida por la escritora Ángela Becerra, quien a través de la novela «Algún día hoy», con la que obtuvo el Premio Internacional de Novela Fernando Lara, 2019, donde presentó muchos rasgos que se entretejen en la realidad y ficción.

Su nombre bíblico sobresalió para atraer a los medios y a la población, y encabezar el movimiento huelguista que tuvo éxito en una tierra impropia para ese tipo de reclamos. Muchos la consideraron la «Juana de Arco criolla», otros como «una esclava rebelde» o «mujer iluminada».Un cronista del Espectador que firmaba con el seudónimo «El Curioso», narró con buena pluma lo siguiente: «Honor a esos cientos de mujercitas que han tenido la locura galante y fértil de confrontar la resistencia y furia del capital, sin más equipaje que una buena porción de rebelión y dignidad.

Como no secundarlas si son heraldos de una provechosa transformación social, si pueden ser las primeras víctimas ineludibles de toda revolución que se inicia»-Fercahino.

María Betsabé Espinal nació en Bello, Antioquia, el 25 de septiembre de 1896 y falleció en Medellín el 6 de noviembre de 1932. Madre Celsa Julia Espinal)#vocesenoposición

Félix Carrillo Hinojosa