Por Oscar Meléndez. Revista Pueblo en Armas

Las fuerzas militares colombianas se configuran de manera “profesional” a partir de 1907 con la creación de la Escuela militar del ejército nacional y en 1909 la Escuela Superior de Guerra. Vendrían luego en la década del 20 un conjunto de misiones alemanas y chilenas que le imprimirían una estructura y doctrina definida desde el paradigma militar prusiano.

El contenido de esta doctrina está dado por su esencia ideológica del absolutismo y su desprecio a los Estados Democráticos. Su lema es “La guerra es el orden universal de Dios”, las fuerzas militares son construidas como estamento de élite por encima de la sociedad, al respecto el mayor Gonzálo Bermudes  Rosi (1997) afirma, “Es de anotar que en el esquema prusiano se estimuló el ingreso a la academia militar de la más rancia aristocracia criolla y las capas de la pequeña burguesía”(Rosi,1997). Si bien la concepción prusiana impulsa la retórica de unas fuerzas militares profesionales, no politizadas ni deliberantes, en la práctica esto es un formalismo que esconde su peso en la coalición de poder hegemónica en cada ciclo.

En estas primeras décadas del siglo XX en Colombia, de la academia militar, surgen unas fuerzas militares como élite de poder, no subordinadas al poder civil sino como factor estructurante y decisivo en la configuración del régimen político.

Es importante destacar como la conformación de estas fuerzas militares se dio durante el ciclo de gobierno conservador, el cual respondía a una variante católico-clerical radical, esto sin lugar a dudas marcó la mentalidad de la oficialidad, la cual junto a su formación prusiana, fue incorporando altas simpatías y cercanía ideológica con la dictadura de  Primo de Rivera en España, el movimiento falangista español de Franco, el fascismo  italiano y el nacismo Alemán. Los Pichones militares de academia, haciendo a un lado la retórica de la “profesionalización”, en las dos primeras décadas del siglo construirán como  enemigo absoluto al liberalismo y su agenda modernizante, para la década del 20 y en adelante, su enemigo absoluto serán  los movimientos sociales enciernes, los cuáles ven como la encarnación del Bolchevismo, el más grande peligro para la patria.,

Como evidencia de esto encontramos las siguientes afirmaciones publicadas en los textos oficiales de las fuerzas armadas, las cuales han sido citadas por el mayor retirado Gonzálo Bermudez Rosi en su libro Pronunciamientos, conspiraciones y golpes de Estado en Colombia. (1997)

“El fantasma de la anarquía ronda nuestras puertas por las diversas huelgas y las cuadrillas de malhechores aparecidas en Puerto Tejada(memorias de guerra de 1910 Número 8,19 y 20).  “La clase trabajadora no debe de escuchar la propaganda subversiva de estos agitadores”. (Memorial Estado Mayor Número 170 y 174 agosto-diciembre de 1926)

“Luchar contra el terror rojo y constituir un rey, similar al del general Primo de Rivera o Mussolini (Coronel Enrique Santamaría, revista militar Número 202-203 1929)

Esta mentalidad es afianzada por el general Luis Bermúdez de Castro el cual dice, “Hitler ha elevado la moral y el prestigio del Ejército él sabe cómo Mussolini que no hay un político que resista la antipatía del Ejército. (Revista militar número 935 de 1939). 

En el contexto territorial regional, las fuerzas militares traban vínculo irrestricto con las transnacionales bananeras y petroleras, creando espacios y regímenes tiránicos por fuera de la retórica garantista en lo civil y político de la constitución de la época. Esta síntesis de anticomunismo, fascismo,más compadrazgo intencionado con las transnacionales, serán la lente desde donde se leerán los movimientos civiles, tanto políticos como reivindicativos de trabajadores y en consecuencia, las estrategias de contención estarán por fuera del umbral de toda legalidad o moralidad.

Antes del ciclo conocido como la violencia en Colombia (1948-1953), la oficialidad de las fuerzas militares encabezó o lideró secretamente diversas conspiraciones e intentos de golpes de Estado, masacre de huelguistas, hasta asesinatos políticos como el de Jorge Eliecer Gaitán. En esto operó en coalición con la iglesia, el partido conservador y un ala del liberalismo, buscando cerrarle el paso al movimiento progresista liderado por Alfonso López Pumarejo o a la democracia plebeya y liberal radical de Jorge Eliecer Gaitán. Las fuerzas militares se configuraron como los portadores de la violencia tiránica institucionalizada durante los gobiernos de su simpatía, y en los conspiradores y desestabilizadores en los momentos de gobiernos progresistas liberales.

La segunda guerra mundial (1939-1945), trae un alineamiento total de Colombia con EEUU, el cual hace una presencia activa en las escuelas de formación de la oficialidad de las fuerzas militares colombianas, en el marco de la guerra de Corea (1950-1953), en la cual Colombia envía contingentes de combate, se desplaza la hegemonía de la oficialidad corporativista-falangista-fascista y se hace hegemónica la doctrina del enemigo interno y la seguridad nacional.

La concurrencia de la doctrina del enemigo interno y la seguridad nacional es la lente desde donde se leen las prácticas civiles autogestionarias del campesinado en el período posterior a la violencia (1953), son rotuladas como repúblicas independientes y comunistas, en consecuencia, deben ser aniquiladas.

En 1961, el líder conservador-falangista, Álvaro Gómez Hurtado afirmó:

«…Hay en este país una serie de repúblicas independientes que no reconocen la soberanía del Estado Colombiano, donde el Ejército Colombiano no puede entrar, donde se le dice que su presencia es nefanda, que ahuyenta al pueblo, o a los habitantes… Hay la República Independiente de Sumapaz. Hay la República Independiente de Planadas, la de Riochiquito, la de este bandolero que se llama Richard y ahora, tenemos el nacimiento de… la República Independiente de Vichada”.(Gómez,1961)

La instigación de los sectores ultramontanos, pero, ante todo, el cuerpo de doctrina de las fuerzas armadas, desarrollan una política ofensiva militar hacia estas comunidades y territorios, a la par que se configura un orden de poder contrainsurgente (Franco,2008), el cual cierra cualquier espacio de expresión civil democrática y desborda el terror hacia el inerme campesinado y proletariado urbano.

Previo a 1970, podríamos creer que el eje de configuración de las fuerzas militares colombianas era centralmente ideológico-reaccionario,falangista-fascista en su primer ciclo antes de la segunda guerra mundial y anticomunista posteriormente, pero mediados del 70 traería un cambio definitivo en la mentalidad y composición de las FFMM, este se da a partir de su degeneración moral alrededor del narcotráfico. Inicialmente en torno a la llamada bonanza marimbera en Colombia, acaecida entre 1975 y 1980, para posteriormente ser un actor central en la configuración del narco-Estado colombiano alrededor de la cocaína. Pero seamos justos, no fue un viraje de lumpenización solo de las fuerzas militares, fue el conjunto de la élite económica y política colombiana quien funcionaliza la droga como nuevo factor central de la reproducción política y económica del poder.

Los gobiernos de Alfonso López (1974-1978) y Turbay Ayala (1978-1982) serán emblemáticos en la coalición del narcotráfico y el poder, no únicos. Esta tentación de las élites, incluyendo a las Fuerzas militares, hará del narcotráfico una valiosa cadena de producción de excedentes financieros que ha sido garantía de la estabilidad nacional en contextos de crisis global y nacional de la economía. No de otra forma se explica el crecimiento sostenido de los cultivos de coca a pesar de estar concentrados en tres microrregiones del país y el 70% de la producción en apenas 4 municipios.

Desde entonces, para las Fuerzas Armadas Colombianas, el anticomunismo pasa a ser retórica para estimular la continuidad y justificación de la guerra, sin embargo, su fondo estratégico y de interés desde entonces, ha sido su articulación como eslabón en la cadena agro industrial de la cocaína y su creciente participación en el negociado del presupuesto de defensa, el cual no es auditable.

El período de gobierno de Turbay Ayala coloca al ejército en el centro como herramienta de represión contra el movimiento social y político de izquierda, sin embargo el alto desprestigio alcanzado, lleva al poder a reordenar su estrategia hacia la “guerra de baja intensidad”, en la cual el número de asesinatos políticos se incrementa, así como las desapariciones, sin embargo son los escuadrones “paramilitares”, o mejor, los militares travestidos de civiles anticomunistas, los ejecutores directos. La danza de sangre contra los movimientos civiles y políticos de oposición, se da en conexión activa de los militares con los factores centrales del narcotráfico, las transnacionales y el conjunto del empresariado. Surge el narco-paramilitarismo de la década del 80, el cual no puede ser explicado por fuera de la estructura de doctrina y operacionalidad de las fuerzas militares.

Esta nueva trama de una oficialidad y fuerzas militares alineadas en el exterminio físico de la oposición política no es más que la constante desde su creación, una pulsión permanente por obrar en la ilegalidad, ya desde la conspiración y el golpe, ya desde el asesinato o la desaparición. Pero su debut magistral en la ilegalidad lo logran en su intenso esfuerzo por garantizar la existencia de los cultivos de coca y su posterior exportación, así la teatralidad de la erradicación o la incautación sean un componente coreográfico central. El ropaje colorido y sus condecoraciones no logra borrar su esencia de aparato criminal al servicio de la reproducción del orden del capital.

Es importante destacar como el régimen político u orden de poder en Colombia responde a una práctica escénica, en la cual existe una legalidad democrática formal, sin embargo las fuerzas militares crean espacio-tiempos territoriales donde se cierran las garantías y se configura una regulación tiránica en la cual la violación del derecho a la vida es el centro, podríamos definirlo como un orden de poder bifronte, de dos caras, desde una construye legitimidad  y hegemonía, mientras que con la otra disciplina y “ordena” las anomalías sistémicas, es decir el disfrute real de los derechos civiles y políticos.

La existencia de estas paralelidades tiránicas en las regiones ha sido una constante en todo el siglo XX y el transcurso del XXI. Pero hay dos eventos importantes por reseñar  por haber ocurrido en las ciudades, son la retoma del palacio de justicia a partir de la toma de la guerrilla del M-19 en el año 1985 y el reciente paro cívico nacional desarrollado en las ciudades de Colombia entre Marzo y Junio de este 2021.

En la retoma del palacio de justicia, las fuerzas militares crean y despliegan su escenografía tiránica, asumen el gobierno nacional desde el desacato a la orden presidencial de negociar y deciden tomar a sangre y fuego y con un alto grado de vulneración en los  derechos de los rehenes, los cuales fueron asesinados al ser “liberados” después de terribles torturas en la zona cercana, o magistrados sacados vivos por el ejército luego fueron encontrados muertos dentro del palacio, todo fue tierra arrasada, cierre de garantías, pero a la semana siguiente, cae el telón y de nuevo la “legalidad democrática”.

Ha ocurrido igual en el reciente paro nacional, la respuesta de la policía como está registrado en las decenas de videos en redes sociales fue disparar indiscriminadamente contra manifestantes en todas las ciudades, los protocolos de contención civil son obviados y reaccionan desde la “doctrina”, hecha mentalidad asesina. Pero olvidaron algo, tanto en 1985 como ahora, estaban en la ciudad, espacio que el poder ha intentado mantener desde la ficción de la legalidad democrática.

Esta maquinaria de terror perfumada y uniformada llegó al límite de su degradación moral con los “falsos positivos”,  la Jurisdicción Especial para la Paz determinó que entre 2002 y 2008 hubo más de 6.400 civiles a los que las fuerzas militares mataron y presentaron ilegítimamente como muertos en combate. (Jep,2021)

Junto a su degradación moral, una constante en las fuerzas militares colombianas ha sido su incompetencia táctico operativa para el combate directo a las insurgencias, teóricamente su enemigo absoluto. En este aspecto, su mayor crisis la vivió en la década de los 90.

Para el año 1988, la evaluación del propio Estado, centros de pensamiento, la opinión pública y las agencias de inteligencia norteamericanas coincidían en que el Estado y sus fuerzas militares estaban al borde de un colapso militar, haciendo probable un salto estratégico de la insurgencia y la probable toma del poder.

En el texto “Fuerzas Militares para la Guerra”, publicado en el 2003 por la Fundación Seguridad y Democracia, instituto que produce inteligencia y pensamiento estratégico para las Fuerzas armadas colombianas,  se afirmaba que

 “El Estado   colombiano vivió una crisis militar entre los años 1996 y 1998, como resultado de la crisis política del momento y de una serie de derrotas que las FARC les propinaron a las Fuerzas Militares”;  “Este primer capítulo hace un recuento de la que ha sido quizás la peor crisis militar de la historia reciente en Colombia, pues se alcanzó a contemplar la posibilidad de que la insurgencia, que para ese momento había enfrentado al Estado por cerca de cuatro décadas, estuviera cerca de derrotar a las Fuerzas Militares”

“En esos dos años las FARC pusieron al país a dudar si este grupo insurgente estaba a punto de derrotar militarmente a las Fuerzas Armadas y de avanzar de manera definitiva en su objetivo estratégico de toma del poder por las armas”.(F.Seguridad y Democracia,2003)

La convicción de la derrota inminente de las Fuerzas Armadas por parte de las FARC era percibida para el 2008 por la opinión pública colombiana, según la encuestadora GALLUP, tan solo el 34% de la población creía que las Fuerzas Militares estaban en capacidad de derrotar a la guerrilla, mientras que un 59% pensaba que no.

En un artículo titulado “los militares están perdiendo la guerra”, publicado el 23 de abril de 1988 en el periódico el tiempo se afirmaba que el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres (IISS), afirmaba, a comienzos de 1998 que el Ejército colombiano estaba perdiendo la guerra, en el artículo del periódico el tiempo se señala también la versión de la agencia de inteligencia del Pentágono, la DIA(Defense Intelligence Agency), la cual creía que “el ejército colombiano es inepto, mal preparado, pobremente equipado y en cinco años podría ser derrotado por la guerrilla.” (El tiempo,1998)

Los diálogos del Caguán trajeron un espacio de respiro y de reorganización de las fuerzas militares, el Plan Colombia significó un involucramiento en directo de los Estados Unidos en el contexto del conflicto colombiano, tanto con financiamiento como con asesores directos en los escenarios de entrenamiento y combate.

Según  la agencia Washington Office on Latin America (WOLA), en julio de 2000, el Congreso de los Estados Unidos aprobó, a pedido de la administración de Clinton, un paquete de $1.3 mil millones de dólares en ayuda “de emergencia” para Colombia y sus países vecinos. De los primeros $860 millones de dólares destinados a Colombia, tres cuartas partes fueron a parar a las fuerzas de seguridad del país.  A lo largo de los siguientes diez años, las sucesivas administraciones enviarían a Colombia otros $6.5 mil millones de dólares anuales, con la misma proporción—tres cuartas partes—destinada al Ejército, Armada, Fuerza Aérea y policía colombiana. Estos recursos se incrementaron mucho más con el aporte del presupuesto nacional al sector defensa, el cual según datos del ministerio de defensa era el 3.9 % del PIB  en el 2000 y ascendió  hasta 4.6% en el 2009.(Ministerio de la defensa,2010).

PRESUPUESTO SECTOR DEFENSA COMO % DEL PIB
AñoTotal SectorTotal Fuerza Pública
20003,902,50
20014,202,80
20024,502,90
20034,502,90
20044,402,90
20054,302,70
20064,302,70
20074,402,70
20084,703,20
20094,603,10

Fuente: Ministerio de Defensa

El peso en el PIB del gasto en defensa, ha significado que durante diez años se gastaron aproximadamente la astronómica suma de 74.461 millones de dólares en la guerra contrainsurgente.

PRESUPUESTO SECTOR DEFENSA EN US
Año% PIBMillones US
20003,96.630
20014,27.140
20024,57.650
20034,57.650
20044,47.480
20054,37.310
20064,37.310
20074,47.480
20084,77.990
20094,67.820
TOTAL 74.461

Fuente: Cálculos Propios con Datos del Ministerio de la defensa Colombia.

Este volumen de recursos significó un crecimiento permanente en el número de efectivos de las fuerzas militares y de policía, llegando en el 2009 a 439.557 efectivos, número que actualmente se mantiene a pesar del retórico proceso de paz.

PIE DE FUERZA PÚBLICA TOTAL
 20022003200420052006200720082009
Fuerzas Militares203.283228.415243.700253.135267.354270.634285.700285.189
Policía Nacional110.123117.020122.788128.390139.386135.644145.871152.359
TOTAL315.408347.438368.492383.530408.746408.285433.579439.557

Fuente: Ministerio de Defensa

Era de esperarse que este volumen en el gasto militar y en el incremento del pie de fuerza, trajera resultados significativos para las Fuerzas Gubernamentales. Los resultados según los informes de la fuerza pública durante los años del Plan Colombia fueron asombrosos, los indicadores de insurgentes abatidos, desmovilizados y capturados sorprendían.

Pero los resultados sorprendían por la incoherencia, según datos del propio ministerio de defensa del 2002 al 2009, fueron capturados 35.584 insurgentes, desmovilizado 17.555 y abatidos 13.492, lo cual representa una cifra de 66.631 insurgentes fuera de combate.

La incoherencia es evidente porque al inicio del Plan Colombia en el año 2.000 los datos de las Fuerzas Armadas hablaban de 16.900 insurgentes de las FARC y 3.000 del ELN, si esto era cierto, significa que durante este período la insurgencia fue exterminada tres veces, hecho increíble, pues era aniquilada y de nuevo se levantaba a combatir.

MIEMBROS NEUTRALIZADOS DE GRUPOS SUBVERSIVOS
 20022003200420052006200720082009
Capturas3.7637.3856.2715.1374.9273.3662.4832.252
Desmovilizados1.4121.8461.7031.4681.9903.0373.4612.638
Abatidos1.6901.9661.9661.8702.1652.0671.184584
TOTAL6.86511.1979.9408.4759.0828.4707.1285.474

Fuente: Mindefensa

A pesar de esta incoherencia, la imagen de la insurgencia aniquilada y en el fin del fin, se posicionó en los medios de comunicación y la opinión pública, la articulación de los medios de comunicación a la ofensiva contrainsurgente bloquearon la aparición de cualquier noticia de radio, televisión o prensa sobre el desarrollo de los combates, el conflicto desapareció del día a día de las grandes ciudades.

Pero muy por el contrario la insurgencia no fue aniquilada, ni el conflicto desapareció, en su incoherencia comunicacional, el ministerio de defensa hizo públicas las cifras de bajas sufridas por las Fuerzas Militares Gubernamentales durante estos años, cifras que son dramáticas para un ejército que hipotéticamente había desestructurado y aniquilado a su contendiente.

Fuente: Ministerio de Defensa

El comportamiento de bajas en las Fuerzas Militares entre el 2002 y el 2009 solo puede ser expresión de un contendiente que resiste activamente e incluso reasume posiciones ofensivas, así se aprecia entre el 2008 y el 2009 cuando las bajas del ejército gubernamental aumentan 9% en heridos y 25% en muertos; todo esto representa  en todo el período de Uribe 18.512 bajas entre muertos y heridos, según datos del propio ministerio de defensa.

A pesar de este contexto, el desarrollo de la guerra no es presentada en los medios de comunicación, en los medios durante todos esos ocho años se mantuvo la matriz del aniquilamiento de insurgencia y la victoria gubernamental.

Sin embargo para el 2008, a raíz de la constante lucha de las organizaciones de derechos humanos, el doloroso caso de los falsos positivos logra hacerse público y viene a cuestionar la supuesta victoria de las fuerzas gubernamentales. En este oprobioso caso estuvieron involucradas 30 unidades militares de todo el país, lo cual permite inferir un patrón sistemático de ejecuciones; los asesinatos llegaron a tal descaro que muchos jóvenes eran fusilados para luego ser vestidos con prendas militares nuevas, o sus botas aparecían en pies contrarios.

Si bien los hechos llamados falsos positivos fueron acallados por los grandes medios y dilatada su investigación en los diversos tribunales, un amplio sector de la opinión pública comenzó a dudar del éxito de las fuerzas militares contra las FARC, ningún ejército victorioso recurre a tanta infamia; también fueron puestos en cuestión la veracidad de los datos del ministerio de defensa sobre éxitos contra la insurgencia.

Hasta aquí hemos tratado de presentar la configuración de las Fuerzas Militares colombianas en su marco doctrinario y conjunto de desempeño operativo, táctico y estratégico, salta como conclusión que estamos ante un estamento parte del poder, no un instrumento del poder. En esta condición están mediados por su articulación a los circuitos criminales de la droga, no como manzanas podridas sino como eslabones fundamentales en su existencia y reproducción.

Surge la inquietud de si estamos ante un cuerpo homogéneo, si no existen fracciones democráticas institucionalistas a su interior, la respuesta es clara, si han existido y existen, sin embargo, la maquinaria de la oficialidad criminal ha trabajado por extirparla y silenciarla. Un ejemplo de esto, de los cientos, fue el coronel Carlos Alfonso Velásquez, segundo responsable de la XVII Brigada con sede en Urabá Antioquia, ante su inquietud por la no persecución del paramilitarismo y el narcotráfico al igual que se hacía con la guerrilla, presentó el caso ante su superior el general Rito Alejo del Río, este lo evadió, ante esta situación elevó el caso ante el comandante Harold Bedoya, comandante general del ejército.

El Coronel Velázquez fue retirado de la brigada, señalado de tener problemas mentales e internado en una clínica siquiátrica, hoy los dos generales, Rito Alejo del Río y Harold Bedoya están en proceso ante la Jurisdicción de paz como confesos miembros activos del paramilitarismo en el país.

Al interior de los casinos de oficiales se escuchan voces tímidas de indignación, se afirma que la mitad de la fuerza está articulada a las empresas criminales, pero la otra permanece silenciada, impotente, sin horizonte de acción. El proceso de paz ha traído igualmente dos posturas al interior de las fuerzas armadas, hay una fracción que lo apoya y cree que es necesario salvarlo, otra que trabaja incesantemente por pulverizarlo.

En este contexto de atmósferas y mentalidades, las Fuerzas militares han diseñado su visión estratégica 2030, la cual está soportada por la doctrina Damasco, la cual busca construir una fuerza multimisiones, no centrada en la lógica del enemigo interno, pero tristemente están buscando el enemigo en un país vecino. Buscan también la proyección en misiones militares a nivel mundial en el marco OTAN, en esta dirección trabajarán por una reingeniería que construya unas fuerzas militares convencionales, no solo adaptadas al combate irregular. Esto será tema de un próximo artículo.