Por: Cicerón Flórez Moya

Con el cálculo de ocultar la falta de resultados positivos en la gestión de gobierno para el manejo de la nación los más encumbrados funcionarios del mismo, encabezados por el presidente Iván Duque y sus ministros, han decidido utilizar una especie de maquillaje de engaño a los colombianos y a la comunidad internacional. Todo lo ponen en versión de excelencia, sin importarles la inocultable realidad de la pobreza, la violencia, el atraso, la corrupción y el tejido de males acumulados sin tratamiento alguno. Un maquillaje que no resiste la prueba de verificación.

Se afirma que el país registra crecimiento económico y que buena parte de la población recibe ayudas para satisfacer necesidades básicas. Sin embargo, los indicadores muestran una situación diferente: la pobreza tiene mayor cobertura, el desempleo todavía es alto, la informalidad laboral no cede, son muchas las empresas que quebraron o desaparecieron, la producción en el sector agropecuario tiene brechas de verdadera crisis y los campesinos siguen padeciendo la desigualdad y la hostilidad del feudalismo que les cierra posibilidades de cambio para progresar. Entonces, los rendimientos puestos en el balance oficial se reducen a las utilidades de los grupos protegidos con políticas de privilegios excluyentes.

También se hace alarde con respecto a la educación. Pero falta mucho para que su cobertura y su calidad sean verdaderamente relevantes. La matrícula cero en las universidades oficiales puede ser un avance. Y a pesar de ello, todavía son muchos los colombianos que no pueden acceder a la educación superior porque los cupos son limitados. Además, las sedes de los colegios y escuelas no siempre están en condiciones adecuadas para las funciones a que están destinadas. También faltan los recursos o ayudas que garanticen una mejor enseñanza. A lo cual hay que agregar otros obstáculos no tomados en cuenta por la ociosa burocracia.

La violencia en Colombia es un mal cotidiano, de unas proporciones desastrosas. Y no hay empacho en ofrecer un retrato de ocultamiento y al mismo tiempo subestimar el acuerdo de paz con las Farc suscrito en el mandato de Juan Manuel Santos, lo cual le abre espacios a los grupos armados de paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes, dedicados a la comisión de crímenes repudiables.

Otro mal al cual se le aplica maquillaje oficial es el de la corrupción. Quedó demostrado con la bruma a que fue llevado el caso del contrato del Ministerio de las tecnologías de la información y las comunicaciones con la firma Centros Poblados. Todo indica que no va a pasar nada y no es extraño que salgan premiados la exministra Karen Abudinen y el depredador Emilio Tapia.

Y son muchos más los casos negativos lavados con el maquillaje de la demagogia oficial.

EL MAQUILLAJE DEL ENGAÑO (II)

El manejo de las relaciones internacionales de Colombia o de su política exterior le imponen al Presidente entrar en contacto con los gobernantes de los otros países. Eso le permite atraer inversión extranjera, firmar acuerdos de cooperación, desarrollar iniciativas que le abran a la nación espacios en la cultura y en políticas que ofrezcan nuevas posibilidades en lo económico y en las soluciones ambientales que ya son prioritarias en el mundo. No puede aislarse el país en esos campos y su participación debe ser significativa. Sin embargo, tan fundamental gestión impone también responsabilidades puntuales, como la de ceñirse a la realidad y no ofrecer versiones de engaño, que si bien le suman puntajes a favor al mandatario -lo cual puede resultar efímero- no le hacen bien al país cuando se descubra la falsa narrativa.

En la gira del presidente Duque por varios países él pinta a sus colegas una Colombia espléndida, con versión cargada de hipérbole. Todo es positivo y no hay nada que lamentar. Esa misma distorsión se propaga aquí. Es el desconocimiento de la violencia cotidiana, con homicidios, masacres, extorsión, desapariciones, abusos de la Fuerza Pública y un etcétera de atrocidades. La respuesta oficial ante ese desbarajuste criminal es inocuo. Los ministros de defensa y del interior están siempre listos para minimizar los hechos, ofrecer recompensas a quienes “denuncien a los responsables” o comprometerse a investigar, para finalmente no resultar con nada.

Frente a la corrupción la laxitud es extendida. Son muchos los casos en que los responsables de operaciones ilícitas comprobadas tienen el beneficio de la impunidad o reciben sanciones benignas. El tramposo contrato entre el Ministerio de las Tecnologías de la Comunicación y la Información con Centros Poblados está en riesgo del olvido o que Emilio Tapia y la ex ministra Karem Abudinen queden libres de culpa.

En este tejido de abuso de poder, detrimento patrimonial con los recursos públicos, omisión de inhabilidades para ejercer funciones públicas, permisividad en la violación de las disposiciones legales se agregan nuevas puntadas cada día. Es irritante la desfachatez de algunos servidores públicos cuando justifican sus desatinos. La respuesta del Registrador Nacional del Estado Civil, Alexander Vega Rocha que le notifica a los críticos de presuntas irregularidades en la entidad bajo su dirección que si creen que no tienen garantías no se presenten al debate electoral, es de una insólita provocación.

Con tantos desvíos Colombia sigue atrapada en el laberinto del ocultamiento de su realidad. Porque mientras se pretenda tapar el desgreño que se padece en todos los órdenes, se cierran las soluciones a ese tormentoso remolino de adversidades. Y a eso hay que oponer la acción democrática de los ciudadanos en las elecciones.

Puntada

La valiente carta de Piedad Córdoba al expresidente César Gaviria sobre el desastre del Partido Liberal es un documento que debe animar las elecciones de 2022. Así se defiende la democracia.

Cicerón Flórez Moya

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(Publicada en La Opinión 7 de noviembre 2021)