Un mes antes de fallecer invitó a Pablo Catatumbo a su apartamento. Retomó un diálogo que comenzó hace 35 años en La Uribe, continuó en Caguán y terminó en La Habana

Por: Pablo Catatumbo | septiembre 21, 2021.

Era enero y una brisa fría, proveniente del norte helado, soplaba sobre La Habana. Hacía apenas un par de meses yo había llegado a la capital cubana para sumarme al equipo negociador de la Farc y aquella mañana me reuní con Antonio Caballero en el Hotel Nacional, donde él se alojaba, para conversar sobre el futuro de los diálogos de paz recién iniciados.

Caballero nunca fue un hombre de radio ni de televisión, así que en las Farc le seguíamos la pista por su pluma afilada, que salía en forma de columna cada ocho días en la revista Semana. A diferencia de los suscriptores urbanos, que la leían desde el sábado, a nosotros la revista nos llegaba con varios días de retraso, a veces incluso meses más tarde. Leerlo era un rito y muchas veces la puntería de sus palabras nos acompañaba en los trajines de la batalla y nos servía de aliento pues, de alguna extraña manera, nos hacía sentir que no estábamos tan solos en nuestra aventura insurrecta. Sin usar nuestro lenguaje ortodoxo y acartonado, Caballero decía las verdades que nosotros repetíamos infructuosamente a través de un discurso que el estruendo de la guerra apagaba sin remedio.
La primera vez que él estuvo en nuestro mundo fue en La Caucha, conversando en el páramo gélido al calor de una botella de cognac con Jacobo Arenas, Manuel Marulanda y Alfonso Cano. Los ochenta habían comenzado con el triunfo electoral de Belisario Betancur y en el horizonte cercano despuntaban unos alentadores diálogos entre la guerrilla y el gobierno, así que aquel encuentro -de varios días- giró en torno a la paz que se asomaba. Siguiendo su instinto de hombre recio y desconfiado, Marulanda tenía sus dudas sobre el proceso, pero se las guardaba, tal vez contagiado por la euforia y el entusiasmo que irradiaba Jacobo, quien ya ensillaba su caballo para irse -decía- a echar discursos en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Pero Caballero no se guardó su pesimismo y no sólo se mostró escéptico sobre las nacientes conversaciones, sino que alertó a nuestra comandancia sobre la aversión que provocaba en las élites nacionales un posible pacto de paz con las Farc. Los militares, agregó, se sienten muy cómodos con una guerra sin fin y venden mientras tanto la idea imposible del aniquilamiento total del enemigo.

Unos 20 años después, Antonio volvió a aparecer por nuestro mundo, esta vez en el Caguán, tras el inicio de las conversaciones con el presidente Andrés Pastrana. Fue allí donde lo vi por primera vez, sentado frente a una mesa de palos alrededor de la cual estábamos Alfonso Cano y yo. La experiencia fallida de paz de los ochenta, con su saldo del exterminio de la Unión Patriótica, el bombardeo a Casa Verde y la paulatina degradación de la guerra tras la irrupción en escena del paramilitarismo, nos habían vuelto muy suspicaces y en nuestras filas muy pocos apostaban por el éxito de las nuevas negociaciones. Después de aquella tarde con Caballero tuve la certeza de que se avecinaba otro naufragio para la esquiva paz de Colombia. Recuerdo que Alfonso le dijo que su escepticismo crónico le hacía recordar a Ciorán y Caballero le contestó, citando a José Martí: “he vivido en el monstruo y conozco sus entrañas”.

La paz me regaló una nueva oportunidad de conversar con él aquella mañana caribeña de 2013, en la que brillaba el sol pero no hacía calor y el mar chocaba sin furia contra el bello malecón de La Habana. Como siempre, Caballero fue atento y parco a la vez. Recordé que Cano decía que, más que un conversador, él era un escuchador, así que me acomodé en la palabra y duré un buen tiempo sustentándole por qué creía que esta vez -¡por fin!- se firmaría el tan anhelado pacto de paz. Apenas terminé, salió de nuevo nuestro Ciorán criollo. Según Caballero, el Estado colombiano llevaba décadas dedicado a la guerra y nunca se preparó para la eventualidad de la paz. En su opinión, Santos sólo le estaba apuntando a quitarle las armas a las Farc, pero después de que ello sucediera todo quedaría igual. “O peor”, recuerdo que dijo, antes de darle un sorbo a la cerveza Bucanero que nos acababan de servir. Además de volver a su escepticismo natural, Caballero vio con nitidez pasmosa lo que se vendría después de la entrega de nuestras armas.

El tiempo pasó volando ese día y ya habíamos devorado decenas de temas, así como unos exquisitos camarones al ajillo, cuando de repente cayó del árbol que nos ofrecía su sombra una pepa que estalló sobre su blanca camisa dejándole una gran mancha roja a la altura del hombro.

-Tan largo y tan ancho que es el mundo y venirme a caer preciso a mi esta vaina-, dijo mientras trataba inútilmente de limpiarse con una servilleta.

Al atardecer nos despedimos, quedamos de seguir hablando y mientras yo caminaba por los jardines del hotel rumbo a la guagua que me esperaba en el parqueadero, procesé y grabé para siempre en mi memoria su última frase:

-Nunca olvide -Pablo- que el punto de quiebre de nuestra historia contemporánea fue la autorización para operar 250 pistas que firmó en su momento un director de la Aerocivil.

Volví a ver a Caballero hace apenas unas semanas, esta vez en Bogotá. Me invitó a su apartamento, en el norte de la ciudad, y noté que su salud se estaba deteriorando. Caminaba con dificultad por entre las pequeñas montañas de libros que habitaban su espacio, pero no hablamos de sus achaques sino de los del país. Tuve que reconocerle que su pronóstico sobre lo que pasaría tras nuestra dejación de armas se estaba cumpliendo al pie de la letra y escuché con respeto y atención las muchas críticas que esa tarde le hizo a las Farc. Repitió algo que ya nos había dicho, sobre nuestra supuesta responsabilidad en el poco protagonismo que habían tenido las fuerzas de izquierda en Colombia por culpa -según él- de nuestro alzamiento armado e insistió en que prologarlo durante tanto tiempo había sido una tozudez, fruto de nuestra arrogancia. Y volvió a hurgar en la herida del odio que nos ganamos a pulso con la práctica del secuestro. Discutimos, whisky en mano, hasta las nueve de la noche y quedamos en cultivar aquellas tertulias, que transcurrían por los vericuetos de nuestra historia y a veces viajaban a épocas, lugares y personajes que siempre me han atraído como imanes: la Revolución bolchevique y la segunda guerra mundial.

Unos días antes de que muriera hablé con María Jimena Duzán sobre temas relacionados con la implementación de la paz y antes de colgar le comenté que me estaba preparando pues en breve tendría un nuevo encuentro con Caballero.

-Creo que tu encuentro no va a ser posible pues en este momento Antonio está agonizando en la cama de una clínica, me contestó ella.

El pasado 10 de septiembre, cuando escuché la noticia de su muerte no sólo lamenté que Colombia se quedara sin una de las voces críticas más profundas y sonoras de su historia reciente, sino que experimenté una enorme tristeza personal pues en el nuevo encuentro que nunca sucedió le iba a demostrar que si Stalin no hubiera existido tal vez el mundo de hoy sería como el que nos dibujó Margaret Atwood en “El cuento de la Criada”, la novela que acabo de terminar.

Buen viaje, Caballero, y gracias por su legado y por su amistad.

Pablo Catatumbo