El mandato Presidencial de Donald Trump estuvo marcado por dosis extremas de volatilidad debido a su personalidad paranoica aunque el leitmotiv de su mandato fue implementar un Estado Presidencialista con claros tintes autocráticos, forma de Gobierno orwelliano que podría cristalizar tras las Elecciones Presidenciales del 2024.

Autocracia y paranoia en Donald Trump

La autocracia, del griego autos (por sí mismo) y kratos (poder o gobierno), sería la forma de Gobierno ejercida por una sola persona con un poder absoluto e ilimitado, especie de parásito endógeno de otros sistemas de gobierno (incluida la llamada democracia formal), que partiendo de la crisálida de una propuesta partidista elegida mediante elecciones libres, llegado al poder se metamorfosea en líder Presidencialista con claros tintes autocráticos (inflexible y autoritario), lo que corrobora la tesis de Lord Acton “El Poder tiende a corromper y el Poder absoluto, corrompe absolutamente”. La autocracia sería pues una especie de dictadura invisible sustentada en sólidas estrategias de cohesión (manipulación de masas y culto al líder), elementos que confluyeron en la Presidencia de Trump tras fagocitar al Partido Republicano.

La estrategia electoral de Trump se basó en la técnica de la manipulación de las masas expuesta por Edward L. Bernays en su libro “Cristalizando la opinión pública”, en el que desentraña los mecanismos cerebrales del grupo y la influencia de la propaganda como método para unificar su pensamiento. Así, según L. Bernays, “la mente del grupo no piensa, en el sentido estricto de la palabra. En lugar de pensamientos tiene impulsos, hábitos y emociones. A la hora de decidir su primer impulso es normalmente seguir el ejemplo de un líder en quien confía”. Así, su propaganda estuvo dirigida no al sujeto individual sino al Grupo en el que la personalidad del individuo unidimensional se diluye y queda envuelta en retazos de falsas expectativas creadas y anhelos comunes que lo sustenta. Dicha estrategia fue diseñada por su asesor Steve Bannon quien le transmitió los puntos esenciales del ideario populista: mensajes cortos y xenófobos en las redes sociales, culto al líder y utilización de las fake news para sumir a la población en la duda existencial y cuyo primer efecto nocivo fue el finiquito del paradigma vigente en las últimas décadas (Teoría de lo “políticamente correcto).

La personalidad de Donald Trump encajaría plenamente en la descripción médica del trastorno conocido como psicosis paranoica pues su pensamiento es rígido e incorregible: no tiene en cuenta las razones contrarias, sólo recoge datos o signos que le confirmen el prejuicio para convertirlo en convicción y aunque esté aquejado de dicho trastorno delirante sería bastante funcional y no tiende a mostrar un comportamiento extraño excepto como resultado directo de la idea delirante (construcción del Muro con México). En el caso concreto de Trump, estaríamos ante un caso típico de paranoia megalómana, delirio de grandeza que provoca que el individuo se crea dotado de un talento y un poder extraordinarios debido a que las deidades le han elegido para una alta misión (restaurar el White Power en una sociedad en la que la evolución demográfica provocará que la población blanca será minoritaria en el escenario del 2.043). Otro rasgo de su personalidad sería el histrionismo que le impele a “ llamar la atención pública y ser temerario en sus afirmaciones sin importarle la opinión de los demás debido a su evidente falta de moralidad”.

La paranoia de Trump se habría agravado al verse afectado por el llamado “sindrome de hydris” citado por el médico y político inglés David Owen en su obra “The Hybris Syndrome: Busch, Blair ant the Intoxication of Power”. Dicho término procede de la palabra griega “hybris” que significa desmesura y que tendría su paradigma en el intento de aplicar la Ley de Insurrección que conllevaría la utilización del Ejército que se enmarcaría en su lema electoral (“The President of Law and Order”). Sin embargo, el intento de militarizar todo el país habría provocó la inquietud en el establishment dominante y tuvo su plasmación en las declaraciones del secretario de Defensa Mark Sper, quien se mostró contrario a la aplicación de la Ley de Insurrección tras afirmar que “el racismo es real en el país y debemos hacer lo posible por reconocerlo, plantarle cara y erradicarlo”. Especial relevancia adquirió la irrupción mediática del ex-secretario de Defensa de la Administración Trump, el ex-general de la Marina,James Mattis al acusar a Trump de “intentar dividirnos y de la necesidad de unirnos sin él, aprovechando las fuerzas inherentes a nuestra sociedad civil”

¿Prepara Trump un Gobierno orwelliano?

Trump se negó en redondo a aceptar los resultados de las Elecciones Presidenciales en las que resultó elegido Joe Biden y continuó alimentando la teoría del fraude electoral en las redes sociales, pero tras el fracaso de su ofensiva judicial, habría decido dar un Golpe de mano para impedir la certificación de los resultados electorales que proclamaban vencedor a de Joe Biden en connivencia con los mandos de la seguridad del Capitolio así como de varias agencias federales. Así, en el asalto al Capitolio por parte de turbas trumpistas arengados por Trump se habría infiltrado un grupo de 21 personas uniformadas y de formación militar cuyo objetivo sería provocar un vacío de Poder tras eliminar a los líderes demócratas Nancy Pelosi y Kamala Harris así como al Vicepresidente Mike Pence, devenido en bestia negra de los trumpistas tras permitir al Congreso certificar los resultados de las Elecciones y ser acusado por Trump de “ no tener el coraje de hacer lo que debería haber hecho para proteger a nuestro país y nuestra Constitución”. Dicho vacío de Poder sería aprovechado por Trump para declarar el Estado de Alarma y un Gobierno autocrático pero tras el consabido fracaso, los demócratas abrieron un nuevo frente en su contra para lograr su total descalificación de cualquier cargo público mediante un nuevo impeachment del que nuevamente Trump salió incólume debido a la inanidad del Partido Republicano y tras ello, la democracia estadounidense quedó herida de muerte y Trump siguió conservando intacto su carisma entre sus votantes.

Dado el desgaste de Biden tras el fiasco de Afganistán y la persistencia de la pandemia sanitaria, no sería descartable el triunfo republicano en las elecciones intermedias del 2022 que anticiparían un retorno triunfal de Trump en las Presidenciales del 2024. Ello marcará un hito histórico pues representará el final de la sui generis democracia formal estadounidense y el comienzo de una forma de Gobierno orwelliano que beberá de las fuentes del paternalismo de las dictaduras blandas y se caracterizará por el culto al líder, la utilización de las fake news para sumir a la población en la duda existencial y la vigilancia y el control estricto de la disidencia política.

GERMÁN GORRAIZ LÓPEZ-Analista político