Por: Maritza Aristizábal Quintero

“Los ojos angustiados hablan de los miedos de los refugiados afganos”, ese fue el pie de foto de la famosa portada de National Geographic en 1985 con la imagen de Sharbat Gula, en ese entonces una niña afgana de 12 años refugiada en Paquistán. No eran sus ojos verdes lo que se leía en esa fotografía, era el tormentoso mundo que ocultaba su mirada: atribulada por su pasado y la incertidumbre del futuro; pero quién lo diría, aún en ese momento con el derecho de hablar, al menos con su mirada. Hoy hasta eso les está prohibido a las mujeres en Afganistán.

Duele aún más porque desde 2001 con la intervención de Estados Unidos, con todas las polémicas que pueda haber tras bambalinas, las mujeres afganas empezaron a conocer una nueva realidad, a tener noción de sus derechos, a entender conceptos como igualdad y equidad, a saber, que eran tanto para el mundo como lo eran los hombres. Desde entonces más de 9 millones de niñas entraron a la escuela. Casi un 50 % de mujeres estaban yendo a la universidad. Se había implementado una reforma de cuotas que obligaba a que 27% de los escaños en la cámara fueran para ellas. Estaban empezando a saborear la independencia económica y centenares se decidieron a abrir sus propios negocios. Pero otra vez la historia le muestra su rostro más asqueroso.
El mundo no solo les dio la espalda, sino que les pego una cachetada que les deja grabado el mensaje de que nacieron para “ser no mujer”. Porque, ¿qué mujer puede “ser” con esas restricciones? Bajo el régimen talibán una mujer es menos que un objeto. Las mujeres no pueden hablar o reírse en público; no pueden usar tacones, maquillarse, pintarse las uñas, usar pantalones o ropa de colores llamativos; es que ni siquiera se les permite mostrar los tobillos. Estamos hablando de un país en el que todavía les exigen pruebas de virginidad y en el que es prohibido que su nombre se conozca por fuera de círculos familiares. Las “no mujeres” en Afganistán no pueden estudiar, hacer deporte o tener algún tipo de presencia en radio o televisión, para ellas existe hasta el delito de asomarse por la ventana.
Lo escribió la cineasta Sahara Karimi “seremos empujadas a las sombras de nuestros hogares y nuestras voces, nuestra expresión será sofocada en silencio”.
Triste y aún más cuando el mundo ingenuo, aún cree que esta vez el régimen talibán será moderado y “más condescendiente” ¡Por Dios! Ya llegaron las noticias de mujeres asesinadas por no usar la burka; a otra intentaron sacarle los ojos. Las niñas han sido vendidas por los comandantes talibanes para que sean abusadas y esclavizadas sexualmente y ya casi 3 millones de ellas han salido de sus escuelas.
No alcanzarían estas líneas para describir los horrores, no serán suficientes las movilizaciones para protestar por sus derechos, no hay voces que griten tan fuerte para reclamar por los abusos a los que son sometidas. Lo único que podría reencauzarlas para que vuelvan a “ser mujeres” sería una nueva intervención. No abramos la puerta de la legitimidad para el régimen talibán porque por muchas cuentas que se hagan de los billones de dólares perdidos durante los últimos 20 años, nada vale más que la libertad de aquellas a las que hoy estamos condenando a la aniquilación del “ser mujeres”.

Maritza Aristizábal Quintero


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Alejandro Gutiérrez De Piñeres y Grimaldi