Por Semanario Voz -19 agosto, 2021

Tras 20 años de ocupación, se retiró el grueso de las tropas estadounidenses de Afganistán y pocos días después el régimen títere se ha desmoronado ante el avance del movimiento Talibán. Al escribir estas líneas, el presidente Ashraf Ghani ha huido, el ejército rebelde ha tomado la capital Kabul y circulan por redes y medios las imágenes de cientos de personas que en el aeropuerto de la ciudad buscan atropelladamente salir del país. Imágenes que son inquietantes porque recuerdan lo sucedido en 1975 en Saigón, capital de Vietnam del Sur, tras la derrota del imperio.

No obstante, las similitudes que a primera vista pueden tener ambas guerras, lo cierto es que el mundo ha asistido a una guerra de nuevo tipo, diseñada y ejecutada en función de los intereses neocoloniales, como último intento de los Estados Unidos por gestionar su imparable declive como potencia hegemónica. Este nuevo tipo de guerra se legitimó más que por la legalidad internacional -de la que se hizo una retorcida interpretación-, por el impacto emocional que los atentados del 11-S tuvieron en toda la humanidad. En su momento nadie se opuso a la invasión porque se consideraba la respuesta “natural” de un país agredido. Sin embargo, 20 años después es claro que la intención no era defenderse del terrorismo.

La de Afganistán fue una guerra de nuevo tipo por dos razones: Primero, no fue una guerra librada para ser ganada sino para ser prolongada en el tiempo. El objetivo nunca fue derrotar a los Talibán, implantar la democracia ni liberar a la mujer afgana. El propósito fue mantener movilizada la enorme maquinaria económica que representa el complejo militar-industrial para garantizar la supervivencia de la economía estadounidense, cada vez más soportada por el consumo masivo, la guerra y la deuda.

Segundo, fue una guerra privatizada, donde el gobierno de Estados Unidos fue reemplazando paulatinamente sus militares por mercenarios y tropas locales entrenadas por ellos. Así, las guerras neocoloniales de la actualidad ni siquiera son libradas por las potencias, no asumen el costo político de jóvenes en ataúdes cubiertos por banderas y no responden por los daños causados en el país invadido. Todo lo delegan.

Afganistán es un país multicultural, poblado por cientos de etnias y controlado militarmente por los llamados “señores de la guerra”. Su composición diversa se debe, como sucede con muchas otras excolonias, a la repartición que hicieron las potencias europeas del territorio en función de sus intereses. Por ejemplo, la etnia pastún quedó dividida por la famosa “línea Durand” entre la entonces India y Afganistán, que establecía el límite de los dominios británicos.

No posee riquezas, si se exceptúan los enormes cultivos de opio que surten el 92% del mercado mundial. Sus niveles de atraso y pobreza son alarmantes. Ha sido históricamente apetecido por las potencias pues ocupa un lugar estratégico siendo un “Estado tapón”, primero entre el imperio británico y China, luego entre Estados Unidos y la URSS y ahora entre Estados Unidos y China.

Durante la presencia soviética entre 1980 y 1989, los Estados Unidos aprovecharon que sectores del pueblo afgano -mayoritariamente musulmán- se sentían incómodos con lo que consideraban una “invasión de los infieles”, para financiar y entrenar a los muyahidín que les enfrentaban. Tras la retirada de la URSS, muchos de estos combatientes fanatizados y radicalizados, abandonados a su suerte por Estados Unidos, se organizaron en el movimiento Talibán que tomó el poder en 1996, fundando el Emirato Islámico de Afganistán, un Estado teocrático que persiguió y asesinó comunistas, implantó un régimen represivo en lo político, lo económico, pero especialmente en lo cultural.

La historia que sigue es conocida: Los Talibán fueron acusados de acoger a Osama Bin Laden lo que justificó la invasión estadounidense y 20 años después, con la retirada de EEUU, el pueblo afgano está más o menos como al principio.

El Talibán es un movimiento ultra religioso que profesa una interpretación fanática del Islam. En sus cinco años en el poder fueron conocidos por limitar todas las libertades, en especial las de la mujer, lo cual es inaceptable en pleno siglo XXI. Prohíben desde escuchar música hasta elevar cometas. Desde Occidente son vistos como un grupo integrista y violento, pero debe decirse que cuentan con importantes apoyos dentro del pueblo afgano. Por otro lado, el invasor estadounidense está tan deslegitimado que muchos en Afganistán prefieren un gobierno del Talibán, aunque sea autoritario, a un régimen títere del invasor incapaz de garantizar la paz o el bienestar.

La lección de 20 años de guerra en Afganistán es que tras las “acciones humanitarias” de las potencias se ocultan intereses económicos y geopolíticos que terminan destruyendo la vida de los pueblos invadidos, como ha sucedido también en Libia, Somalia o Irak. Si bien el pueblo afgano está peor que hace 20 años, lo cierto es que solo él tiene el derecho de decidir su destino, sin injerencias imperiales y neocoloniales.

Como Partido Comunista deseamos que el pueblo afgano pueda vivir en paz y prosperidad, pero reconocemos que solo ese mismo pueblo tiene el derecho de decidir sobre su futuro.