Por: Cicerón Flórez Moya

Algunos sectores nacionales, sobre todo con intereses electorales, convirtieron la violencia en un insumo indispensable de la causa que promueven. Con la violencia infunden miedo y confusión y este río revuelto les sirve para su pesca turbia.

Envenenados por el odio los actores de la violencia buscan tomar distancia de quienes no hacen parte de su secta, los que piensan distinto y prefieren la democracia al autoritarismo y la libertad al dogmatismo irracional. Tienen por enemigo a quien se aparta de la obediencia y el servilismo.

Esos energúmenos tienen que aceptar que no es el pueblo inconforme el que hace la violencia. Tampoco los pobres que se consumen en el hastío de las necesidades insatisfechas, ni los jóvenes que reclaman oportunidades para dar pruebas de sus conocimientos y su talento, ni las mujeres alineadas en demanda de sus derechos, ni los campesinos que reclaman las tierras de las que fueron sacados por el paramilitarismo criminal, ni los desempleados con tantas carencias acumuladas, ni los trabajadores sin garantías de seguridad social. Todos son puestos en la mira de la estigmatización para presentarlos como protagonistas de desórdenes.

Los hechos demuestran que la violencia está acuñada bajo el amparo oficial. O, por lo menos, con la venia de la omisión de servidores públicos con funciones de autoridad. El asesinato consecutivo de los líderes sociales, de los defensores de los derechos humanos y de los excombatientes de las Farc es una muestra de la inercia gubernamental frente a un problema tan grave como es ese exterminio de colombianos marginados de la protección que el Estado les debe garantizar. Y las víctimas son más, porque están también las de las masacres recurrentes, las de los indígenas, las de las mujeres abusadas por militares y policías con diferentes rangos, según denuncias presentadas ante las instancias encargadas de investigar. Más los desaparecidos por acción misma de miembros de la Fuerza Pública o con su complicidad.

Para deslegitimar el paro que aún está activo se han propagado todas las tergiversaciones. El Gobierno se sustrae de responsabilidades como si no fuera el responsable del manejo de la nación. Con esa estrategia de distorsión se busca que caiga sobre la protesta social la culpa de lo que ha dejado de hacer el gobierno. Porque en vez de soluciones que superen los problemas acude a la represión.

Debe quedar claro que la nación está a la deriva, pues el Gobierno en vez de ofrecer salidas cierra las posibilidades de acuerdo que supere la crisis.

Frente a todo ese desgreño hay que insistir en que la solución es cerrarles espacios a todas las violencias.

Puntada

El voto en blanco en la Universidad Francisco de Paula Santander no puede ser subestimado si se respetan los principios democráticos.

Cicerón Flórez Moya

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