Imagen: El grito de los excluídos, Pavel Egüez.

Por Juan Montaño Escobar | 15/04/2021

Los desafíos del progresismo en el siglo XXI

Relax said the night man
We are programmed to receive
You can check out
Any time you like
But you can never leave[1].

Hotel California, The Eagles.

            La derrota es el difícil capítulo en el caminar de las luchas. A veces es demasiado pesada porque se considera como una carga injusta en el ánimo y otras veces su impacto devasta hasta que una cuota de razón devuelve al raciocinio las acciones cumplidas con la honestidad simple del colectivo. Domingo 11 de abril, a las ocho de la noche, se supo que la pérdida era cierta. Las derrotas inesperadas tienen esa carga insoportable de la insatisfacción teórica, porque las explicaciones no encuentran comodidad en la audiencia y se carga con un peso de culpa en silencio. No hay derrota que resbale, todas, sin importar el tamaño del fracaso tienen ese sentir molesto, acumula esa dolorosa insuficiencia del camino incompleto aunque se cree el recorrido terminado y por fin se busca aplacar el desasosiego a sabiendas que en las siguientes horas hay una memoria íntima y personal de reproche, porque se recarga con más culpas de las que no se sabe dónde colocar.

            La noche del domingo 11 salí a las calles acarreando la amargura personal de la pérdida no solo electoral, las frases para atenuar los pesares a solas con uno mismo de poco sirven. Esmeraldas, mi ciudad. Está despierta, la gente en los umbrales, más conversación que discusión. Uno que otro vehículo apuraba el pito del festejo, pero la ciudad, Esmeraldas, al norte del Ecuador, se quedó en el umbral de la conversación del qué vendrá con el próximo Gobierno que no da para ninguna sorpresa. No sentí ningún alborozo y sí una prudente desconfianza popular. La provincia y su ciudad capital están muy maltratadas social y políticamente, la crisis es en caída libre. Es como si mejor es guardar frustraciones y alborozos, para las próximas semanas. Acá ganó el progresismo.

            Este país, Ecuador, es 24 provincias, con la diversidad cultural y social y con severos y angustiosos golpes en la economía familiar, está ahí el detalle de disputa del bien o de la imposición de cierto dominio delincuencial. Algo ya se esparce por las calles de algunas ciudades: la violencia en episodios de despojos a caminantes pistola en mano o las amenazas de saquear el domicilio, si no se está prevenido. Es deslizamiento lento a esos episodios de violencia repartida como lotería de mala suerte. Dos realidades que no tienen transición entre ellas. Acaban las elecciones del domingo 11 de abril y pocas esperanzas de mejoramiento inmediato. Las cosas se cuentan solas así no quieras verlas o escucharlas, recordando a Piero. Fiestas en los set de la televisión corporativa y esa como indiferencia calculada en estas calles. ¿No hay nada que celebrar?

            Unas elecciones con crisis sanitaria y exhibición absoluta de exclusividad social, lo hemos visto. Clasismo como espectáculo del menosprecio social y racial, ahí en nuestras narices, sin guardar las formas. Muchas palabras no llenan un canasto ni los análisis explicarán a satisfacción por qué ganó el candidato de la derecha más reaccionaria, justamente cuando se debería iniciar el acto político de devolvernos a una gestión económica menos deprimente. ¿Qué golpe sutil y preciso no se vio venir? No se vio venir unas prácticas políticas de diferentes organizaciones partidistas indígenas y de izquierda. ¿Por desquite insensato con el correísmo? O, porque hay días que el acto político es una venganza servida y dispuesta al gusto temperado de quienes contabilizan ofensas ciertas o no ocurridas en el Gobierno de la Revolución Ciudadana.

            La carpintería analítica para conocer las causas de la derrota electoral del progresismo ecuatoriano podría ser arte y ciencia de explicaciones, pero nada retrata o intenta resolver con la pregunta: ¿y qué hicimos, sin querer o equivocadamente, para franquear la vía a la candidatura de la derecha? Están los de allá, aquellos que se ocupan de la alta política y estamos los del barrio, que las buscamos más sencillas y creíbles. Hay algo de fútbol con malos resultados, mezcla de rabia, desazón y esas impotencias que se quedan en las secas mentadas de madre. Claro, hay respuestas: la propaganda sucia contra el colectivo correista y destinada a dañar la candidatura; la buena fe del candidato Andrés Arauz que se encontró en una carrera presidencial peleando con aquello que mejor sabía y sabiendo que aun así no era suficiente, porque la buena fe no tenía cabida en esta campaña electoral; la argolla de adversarios envenenados sobrepasó la capacidad de atenuar mentiras descaradas o enfrentar las arremetidas sin medidas ni horario. El tiempo fue a favor de la derecha, porque aquello que dijeron por esos meses son recalentados de años pasados solo que ahora para los oídos tendrían el recorrido veloz de impacto directo, pero a la vez sería reemplazada por otra acción destructora al mismo tiempo se potenciaban alianzas ocultas contra el enemigo de lustros. No desgastaron el nominativo correísmo, pero estaba cargado de baja historicidad que al final dejó sus huellas, en ciertas provincias de la Sierra.

            Esa corta historicidad fue trabajar al electorado de las provincias serranas que no habían expresado entusiasmo por las candidaturas progresistas, ese electorado ajeno o proclive a rechazar desde sus intereses políticos más próximos o desde una situación probablemente afectiva a sus próximos alcances se desentendió del mensaje del Binomio de la Esperanza. Y no se veía corriente contraria o desfavorable, porque se entendió que era un aliado natural y al final el diálogo algo consustancial entre ciertas tendencias probablemente afines prevalecería en mayor porcentaje. No fue así. Izquierda y derecha ecuatorianas han dado su más importante esfuerzo para malversar el contenido movilizador del correísmo. Los contenidos no son ningún ingenio político teórico, es todo aquello que se les ocurrió en sus tertulias de los medios corporativos de comunicación, en las rabias incombustibles de los mítines, en sus conversaciones o en sus periódicos. ¿El anticorreísmo está en la piel de aquella gente constitutiva de cierto núcleo durísimo e indesgastable? Y es política con brújula fija en una sorprendente intolerancia a ese ‘indefinible’, porque las respuestas se quedan en el carácter fuerte de Rafael Correa, en su “autoritarismo” o en su ‘forma de ser’ que lo convierte en alguien intolerable a la opinión ajena. Como quiera que sea hay un factor humano.

            El factor humano volvió como viento necesario de aceptación popular o como aliento emocional para la gente menos dada a búsquedas ideológicas, pero creyente en los símbolos de la oralidad y en el simbolismo irrenunciable de la palabra. Estas elecciones dejó por algún lado cierta orfandad de atracción a las candidaturas, se intentó, sin embargo, los recorridos histórico temporales de las personalidades que dejaron ese saldo del ‘sí, pero…’ Los líderes-candidatos estuvieron finos en sus propuestas, dieron su mejor esfuerzo en las elaboraciones discursivas, presentaron con claridad el programa electoral, por ahí algún liderazgo, en ciertas provincias, que no atrae por sus malas ejecutorias administrativas y que copó tarima a pesar de aquello. Y se volvía al factor humano como arma favorita. He leído dos libros con el mismo título. Uno de Graham Green, titulado The human factor, publicado en 1978. El otro del periodista John Carlin, con título original Playing the enemy, publicado en el 2008, pero difundido como El factor humano.

            Eso es ahora el correísmo, el factor humano de una buena parte de la corriente progresista ecuatoriana. Y las coordenadas se movieron entre quienes querían más ausencia y quienes estaban seguros que era la viga maestra de la campaña. ¡Nunca se resolvió el dilema! Es una responsabilidad grande dejar en una sola persona la posibilidad grandiosa del acierto o el desconsuelo de un error fatal. Un personaje del libro de J. Carlin acierta para su realidad temporal y para la de estos días: “Esto no es política. Esto no es ideología. Es algo mucho más poderoso y primitivo, mucho más personal”[2]. Y fue muy personal (mejor dicho, humano) más allá de aquello que se admite. ¿Cuántas conversaciones comenzaron y terminaron con el significante de su apellido? Una campaña electoral sostenida en las borrascas nostálgicas de quienes lo quisieron cerca a los elementos más aprehensibles de la campaña electoral. Y los contrarios por entendimientos opuestos hasta la exageración.

            ¿El correísmo es el peronismo ecuatoriano? ¿O será el chavismo de por acá? O ninguno de los dos signos y es más bien la huella emocional de un liderazgo romantizado e impenitente. Hasta ahora el escenario elevado a política de combate visceral en esta dicotomía anticorreísmo y correísmo, pero no conduce más que a una inútil ratificación emocional, adversarios y afines. Una cerrazón que fortaleció la campaña de Andrés Aráuz y a la vez adquiría debilidad en su propio factor humano. La batalla electoral del correísmo atrajo a sectores que tradicionalmente se ubican en líneas de contestación, por ejemplo, las comunidades afroecuatorianas, el respaldo, en la primera y segunda vuelta, fue mayoritario. Sin embargo, ninguna línea discursiva fue dirigida hacia el electorado afroecuatoriano, casi se invisibilizaron sus demandas sociales y políticas. El progresismo ecuatoriano heredero de la izquierda tradicional se enreda en tema de clases sociales y de esa melcocha teórica hace discursos para determinados grupos socio-culturales, excluyendo a las comunidades negras. Y ni hablar de colectivos GLBTIQ+. ¡El progresismo no está en el siglo XXI! ¡Por ahora!

Notas:


[1] Relájese, dijo el portero,
estamos programados para recibir,
puedes hacer el check out
en el momento que quieras,
pero nunca te podrás ir. (Traducción libre).

[2] El factor humano, John Carlin, Editorial Seix Barral, S. A., 2009, Barcelona, p. 144.