Por Marcelo Justo

Desde Londres

En el despliegue de fuegos artificiales con que Londres celebró el año nuevo brillaron las siglas del Servicio Nacional de Salud, el NHS, saludando a los verdaderos héroes del devastador 2020. En la tierra y lejos de este despliegue que iluminó la noche de un año sombrío, el personal sanitario del Reino Unido está desgastado y exasperado con la falta de cumplimiento social de las medidas de seguridad frente a la pandemia de coronavirus. “Si la gente saliera hoy a aplaudirnos como al principio les diría probablemente, y perdonen el lenguaje, fuck off (…váyanse al carajo…)”, le comenta al “The Guardian” una médica que trabaja en una unidad de terapia intensiva. “En la calle, en el supermercado veo diariamente que mucha gente no usa barbijo ni respeta la distancia social. En un año tan duro es un cachetazo en la cara. La pandemia no afectó solo a los más mayores. No llegó al año nuevo mucha gente de 50 y de 30 años que no tenía condiciones clínicas subyacentes. Con esta situación es insultante encontrar una negligencia social absoluta”.

Con cerca del 80% de los ingleses en el nivel máximo de restricción social desde vísperas de Año Nuevo, con la nueva cepa británica rampante y una creciente amenaza de desborde del sistema hospitalario, el mensaje del personal del NHS tiene la alarmante urgencia de un grito en el desierto. Hoy el famoso aplauso de los jueves a la noche es un recuerdo nostálgico de un momento especial y perdido de unidad colectiva sustituido a partir de mayo pasado por el pobre individualismo tecno-consumista de este siglo.

En su mayoría el personal sanitario prefiere no dar su nombre al expresar estas opiniones para evitar problemas disciplinarios y una profundización de la distancia entre los que batallan diariamente en los hospitales y los que están afuera pensando en vacaciones, salidas y fiestas. “Es una locura. Mucha gente está haciendo lo que se le canta. No nos queda otra que seguir, pero si no cobran conciencia de lo que está pasando va a ser muy difícil”, le dice una enfermera a este cronista.

Entre los que decidieron salir con nombre y apellido a respaldar esta demanda a la sociedad, se encuentra Hugh Montgomery, médico de la unidad de terapia intensiva de un hospital de Whittington en Londres. En declaraciones a la BBC dijo que los que no respetan la distancia social y otras reglas, tienen “blood on their hands” (sangre en las manos). “Están contagiando y matando gente. Quizás no sepan que lo hicieron, pero la realidad es que son responsables directos de la muerte de muchas personas. Tienen las manos llenas de sangre”, señaló Montgomery.

El jueves 31 hubo un record de 55 mil contagios y 964 muertes. Es el panorama de todo diciembre: un constante aumento de decesos y contagios. La expectativa que generó la aprobación de dos vacunas (la Pfizer el 2 de diciembre y la AstraZeneca el 30) está hoy neutralizada por la irrupción de la llamada cepa británica que tiene una intensidad de contagio 70% más alta que las cepas conocidas hasta ahora.

En algunas zonas el desborde de la capacidad hospitalaria es un hecho. Esta semana Essex y Buckinghamshire se convirtieron en los primeros municipios en declarar un estado de fuerza mayor (“major incident”), categoría que se aplica ante casos de extrema gravedad social como atentados terroristas o uso de armas químicas.

Estos dos municipios son la punta del iceberg. En Manchester, que también está en el nivel 4 de confinamiento, los ingresos hospitalarios han dado un salto. “En estos días ingresamos a una mujer de 90 años que se había contagiado la covid-19 por contacto directo con su familia en la Navidad”, señala al “The Guardian” un médico de Manchester. El jueves el “The Independent” informó que miles de pacientes estaban siendo evacuados de hospitales en Londres para lidiar con una inminente falta de camas para atender pacientes con coronavirus.

Con este telón de fondo, el gobierno anunció esta semana que se postergaría hasta mediados de mes la reapertura de la escuela secundaria, que ha sido uno de los focos más importantes de contagio de las últimas semanas. La demanda de muchos epidemiólogos y personal sanitario es que se haga lo mismo con la escuela primaria hasta que la situación se normalice.

Polémica por el cambio en la aplicación de las vacunas

Una clara señal de desesperación fue el sorprendente anuncio de que la segunda dosis de las vacunas aprobadas se espaciaría más para poder vacunar a más gente y aprovechar la inmunidad que da la primera dosis.

En vez de las tres semanas de intervalo entre las dos dosis, el comité de asesores médicos del gobierno decidió que las dos dosis de las vacunas de Pfizer y Astra Zeneca se den con un intervalo de 12 semanas.

El anuncio trajo polémica. Pfizer señaló que había testeado la eficacia de la vacuna solo cuando había una separación de 21 días entre la aplicación de las dos dosis. Pero el gobierno rescató el impacto que tendría para la inmunidad colectiva extender al máximo el número de personas que recibieron una inoculación inicial.

“Estamos siguiendo principios colectivos de salud pública ante esta pandemia que está teniendo un efecto devastador. Estamos seguros que el intervalo de 12 semanas garantiza una protección adecuada. La segunda dosis es importante para prolongar la protección de la primera dosis y puede incluso aumentar la eficacia de la vacuna, aunque este incremento será con toda probabilidad, modesto. La inmunidad de la primera dosis es la más importante”, señaló el panel de médicos asesores del gobierno.

Cerca de 10 mil pacientes que tenían fecha para la segunda dosis, tendrán que ser contactados en los próximos días para arreglar una nueva fecha. En las redes sociales hubo mensajes de médicos diciendo que seguirían adelante con el programa inicial. La doctora Helen Salisbuy, del Condado de Oxford, exigió al ministro de salud Matt Hancock que les explicara a sus pacientes en persona por qué se está postergando la administración de la segunda dosis de vacuna. “Vamos a tener que cancelar la vacunación de 1160 personas a las que tendremos que asignar nuevas fechas. Si uno lo contabiliza en términos de tiempo, a cinco minutos por llamada, son casi 9 días de trabajo solamente para lidiar con este cambio. Y ni hablemos del malhumor y la preocupación que va a generar”, señaló Salisbury al diario digital “The Independent”.