ESTEWIL QUESADA FERNÁNDEZ (*)  26 NOVIEMBRE 2020 

(Extractos) A 30 centímetros de distancia, cara a cara, la mirada del auténtico Jesús Santrich fue intimidante. Pero más sus secas y fuertes palabras:–¿Qué carajo haces aquí, pelao?

Quedé desconcertado. En fracción de segundos, solo pensé: ¿qué quiere este ‘man’, que no acepta que un defensor rival como yo llegara en ataque hasta la zona de defensa de su equipo, que él ocupaba?

Lo tenía identificado, no por su nombre, sino por su apodo: ‘El Babillo’, y me llamó la atención que, a diferencia de los demás, jugaba con botas de cuero. Tenía pantaloneta muy corta y ‘amansa locos’ (camiseta fresca manga larga color crema, usadas por los cumbiamberos en Carnaval y campesinos del Caribe para protegerse del sol).

–¿Te asustaste? –me preguntó más serio, de inmediato… Y, de repente, cambió el semblante y explotó en burlona y larga carcajada.

–¡Sigue jugando, pelao! –me dijo, sin dejar de reírse, al tiempo que puso su mano en mi pecho para que iniciara el regreso a mi campo–. Te estoy mamando gallo…

Ocurrió una mañana de las vacaciones colegiales entre diciembre de 1972 y enero de 1973, en partido de bola de trapo (fútbol callejero), disputado en la entonces destapada calle 64 (bulevar que divide a los populares barrios de Los Andes y San Felipe), entre las carreras 23 y 23 C, en Barranquilla (…)

Ellos eran jóvenes mayores en unos cuatro o cinco años, como Santrich, ‘Pico’ y Nelson Viloria (representante a la Cámara por la UP entre 1994 y 1998), y otros más cercanos a nuestras edades, como ‘Guilligan’ y ‘Escuriño’.

Este recuerdo, el primero de persona a persona, se me viene a la mente ahora, cuando el pasado 17 de noviembre se cumplieron 30 años del asesinato de Jesús Santrich, nombre que después un amigo suyo, el sucreño Seuxis Pausias Hernández Solarte, tomó al ingresar y llegar a la cúpula de la guerrilla de la Farc y hoy ser prófugo de la justicia y miembro de la disidencia de ese grupo disuelto (…)

La tarde del 8 de octubre de 1974. Íbamos a salir al primer recreo en el Colegio Barranquilla, donde cursaba primero bachillerato, cuando nos invitaron a la calle, frente a la institución, alumnos de la mañana.

Eran miembros de la Juventud Comunista (JUCO). Entre ellos, él (tenía botas como las que jugó fútbol, pantalón caqui y, como todos nosotros, tula de cuero) para hablarnos de que ese día y el siguiente se conmemoraba algo que yo desconocía: ‘La semana del Che Guevara’.

–¿En qué curso estás? –me preguntó al verme–. Ya no vas a jugar fútbol por la casa…

–En Primero F –le respondí–. Me mudé a la 27, allí mismo en San Felipe, el viernes de Carnaval del año pasado.

–¿Tú estudias aquí? Pensé que era en el Carlos Meisel –le dije, porque unos conocidos estudiaban con él y sabía que pertenecía a la Banda Musical (tocaba el redoblante).

–Sí, estudié en el Meisel hasta el año pasado –contestó–. Pero este año me pasé para acá. Estoy en quinto (se graduó al año siguiente, en 1975, en el Barranquilla, con un fiestón en que tocó el picó El Gran Che, y que con sus compañeros festejaron por tres días).

–¿Y eres de la JUCO? –pregunté.

–Sí, pero de un ala diferente: soy de la ‘Juche’… –respondió, y, al ver mi expresión de no entender, remató en medio de una sonora carcajada –: ‘Juventud Chévere’.

Recuerdo que la reunión se acabó cuando sonó el timbre de final de recreo y nadie regresaba a clases, hasta que salió el Prefecto de Disciplina, Adalberto Ripoll, que resultó ser tío-abuelo de una tal Shakira, y dio la orden: “¡Todos adentro!” (…)

Desde 1970 lo veía todo el tiempo (de noche, en días de semana; en tardes, los sábados; y por la mañana, los domingos) en casa de Isidora, una señora que vendía cervezas, chicha, cigarrillos y ron y que aún, con casi un siglo de vida, reside en el mismo lugar: calle 64 entre 23 y 23B, diagonal a la casa de los Viloria, sede de la verbena del Carnaval ‘Los Sicodélicos’ (…)

“A todo le sacaba chispa y se reía. Era un burlón como nadie… Él participaba de las travesuras que le hacíamos a Isidora, como acostarle a un borracho en su cama en su ausencia (en un Carnaval), o emborrachar a su esposo y pagarle la cuenta con su propia plata del ‘plante’ (también en Carnaval) o llevarnos unos bocachicos que tenía preparados. Y eso que Isidora nos daba crédito para tomar”, recuerda ‘Calanchín’.

Enrique Silva, amigo en común de ‘La 10’, que agrega a la lista de música de salsa preferida el tema ‘Paula C’, de Rubén Blades, manifiesta que con todas las maldades que le hacía Jesús a Isidora, la señora lo quería como a nadie. Por eso, lo llamaban ‘El ahijado de Isidora’.

“Una tarde estábamos tristes por la muerte de una vecina, Alejandrina Guzmán, llegando el sepelio al cementerio Calancala, cuando aparecieron las tradicionales ‘lloronas’, que derraman lágrimas por los muertos desconocidos a cambio de unos pesos. Como siempre, preguntaron por el nombre del muerto. Jesús contestó: ‘Isidora Fuentes…’. Todos soltamos la risa por la ocurrencia”, dice Silva (…)

La mañana del sábado 12 de abril de 1980, cuando ya tenía tres meses en el periodismo, asistí a un examen como aspirante a la Facultad de Derecho de la Universidad del Atlántico.

Estaba en el salón, antes del inicio, cuando apareció él y Ernesto Ramírez (licenciado en Ciencias Sociales y miembro de la JUCO, uno de sus grandes amigos que vivía en ‘La 10’) (…)

La Uniatlántico era parte de su vida. De allí se graduó en Biología y Química y luego comenzó a estudiar Derecho. Por el sector, siempre lo veía caminar erguido, en jean, suéter de cuello alto y mangas cortas y zapatos deportivos o botas. Cargaba mochila arahuaca marrón, de picas negras, que sus amigos decían tenía llena de pinceles, pintura, lápices, borradores de nata, papel periódico y una regla T plástica.

No ejercía su carrera, sino que como era creativo, elaboraba afiches, pancartas, pasacalles. Su lugar de trabajo era la sede de Adea o las de los sindicatos, o la de la misma JUCO.

Su talento lo exhibió pintando en lo alto a la entrada de la universidad, en 1983, a Simón Bolívar, con una frase relacionada a su lucha contra la opresión. También pintó, en el mismo lugar, al Che Guevara. Firmaba Jesan (…)

La última vez que lo vi fue entre finales de octubre y principio de noviembre de 1990 (…) Él, de 1,68 metros de estatura y 64 kilos, aproximadamente, pasó y nos saludamos, como siempre, levantando los brazos. Justo, a escasos 50 metros del lugar, en El Decanito, donde los universitarios armaban parrandas los fines de semana, la madrugada del sábado 17 de noviembre fue asesinado a bala por José Mauricio Solarte Duarte, agente del DAS, tras hechos confusos (…)

La muerte de Jesús Francisco Santrich Núñez, nacido el 23 de enero de 1956, es decir cuando tenía 34 años, fue muy sentida. Velado en casa, fue sepultado la tarde del lunes 19 de noviembre, para darle chance a su madre que llegara de Venezuela.

Lo llevaron en hombros hasta el cementerio Universal, con temas musicales, ‘La cinta verde’ y ‘Juan González’, escuchándose en altoparlantes, en quizás el más concurrido sepelio en San Felipe en todos los tiempos, con unas 2.000 personas.

Los movimientos de izquierda consideraron el caso como un crimen político. Y así lo expresaron en el recorrido, que quiso llegar a la sede del DAS, ubicada en la calle 54 entre carreras 41 y 42. Pero tocó cruzar por la 54 con 38, porque la vía estaba cercada para evitar el paso hasta esas dependencias.

Su amigo Ernesto Ramírez iba al frente del recorrido repitiendo, una y otra vez, megáfono en mano, “¡Sí, señor, cómo no, el Gobierno lo mató!”.

Al año siguiente, en 1991, Seuxis Pausias Hernández Solarte ingresó a la guerrilla de la Farc y se hizo llamar ‘Jesús Santrich’, como homenaje a su amigo universitario, con quien había tomados cerveza, donde Isidora, para ‘calentar motores’ en una noche de sábado entre 1987 y 1988.

“… Fue hasta 2012 que su nombre empezó a aparecer en titulares de prensa. Ocurrió en Noruega, la primera sede de los acuerdos (de Paz)”, escribe en su excelente libro ‘Las batallas perdidas de Santrich’, la periodista Diana María Pachón.

Hoy, tres décadas después de su partida, sus amigos lo recuerdan con cariño, expresando, eso sí, que no merecía esa muerte (…)

Temprano el sábado, el barrio amaneció sin agua. ‘Pico’ regresaba con un balde lleno del líquido del patio al baño, para bañarse, cuando se encontró de frente con un hermano suyo, que sabía que él salía a tomar con Santrich a ‘El Decanito’ (había ido dos veces).

–¿Anoche con quién estabas tú tomando? –le preguntó el hermano.
–Con nadie –respondió ‘Pico’–. Me acosté temprano. ¿Por qué?
–Esta madrugada mataron a Jesús Santrich.

El balde de agua rodó por el suelo y ‘Pico’ estalló en llanto, como ahora, cuando recuerda aquello..

(*) Editor regional Caribe de EL TIEMPO

21 de noviembre de 2020
Tomado de eltiempo.com