LUIS ALFONSO MENA S.  05 NOVIEMBRE 2020

En las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de este 3 de noviembre volvió a caer la máscara de lo que nos han vendido como “la mayor democracia del mundo”. Nada más falaz.

A estas alturas de la post jornada no se sabe con precisión quién será el nuevo capataz del imperio, a pesar de que hay un ganador con amplia diferencia en el resultado general, Joe Biden, con más de dos millones de votos de ventaja.

Todo depende de unos cuantos estados en los que esperan el conteo de las papeletas enviadas por correo y del voto anticipado: Pensilvania y Nevada.

El sistema electoral estadounidense es antidemocrático, así casi nadie lo diga, porque la mayoría sucumbe deslumbrada ante los mapas llenos de cuadritos azules y/o rojos, y les parece “apasionante”, “interesante”, “complejo” y otros lugares comunes.

Se trata de un sistema en el que no hay proporcionalidad ni equidad y en el que, como ocurrió hace cuatro años, el candidato perdedor puede ser finalmente el elegido. Lo importante es que alcance 270 “votos electorales”.

En 2016, Hilary Clinton ganó en la elección general por más de tres millones de papeletas, pero el elegido fue Donald Trump.

Lo que impera es el juego de la pirinola: quien gana en cada uno de los 50 estados de la Unión se lleva todos los delegados ante el Colegio Electoral, organismo estatuido para designar, con base en los “votos electorales”, el presidente del país. Así el segundo haya logrado muchas papeletas, lo pierde todo.

Es un sistema pétreo que, como ocurre con otras instituciones (venta abierta de armas largas a tutiplén, por ejemplo) resulta inmodificable, a pesar de su demostrado desequilibrio.

Así que habrá que esperar que el enmarañado andamiaje electoral gringo se desenrede en las próximas horas o días y que, además, se resuelvan los artilugios y maromas jurídicas emprendidas por Trump en varios estados de reñida votación con el fin de torcer los resultados que no le son favorables.

La desventaja él ya la preveía, y por eso había amenazado con desconocer las cifras si no le eran convenientes, y ha puesto a funcionar su maquinaria de abogados.

En todo caso, nada tienen los pueblos del mundo qué esperar del nuevo administrador de la Casa Blanca (seguramente Biden), salvo más cercos militares, bloqueos económicos, políticos, diplomáticos o invasiones, como ha sido la constante histórica de EE.UU.

En eso “demócratas” y “republicanos” se dan la mano. Porque, como ocurre con todos los imperios, lo importante para ellos es la supervivencia de su hegemonía, y no dudarán en continuar el sojuzgamiento de las tierras y las poblaciones que osen ser independientes y soberanas.

Luego de este 3 de noviembre la pirinola seguirá incólume en el sistema electoral gringo, contribuyendo en la definición de poderes con supremacía blanca, racista y clasista.

En últimas, esa es la esencia de ese mecanismo, y para ello fue establecido.

Y en Colombia, el régimen uribista en el poder se acomodará a Biden, aunque hizo sectaria campaña por Tump, para rendir pleitesía al nuevo emperador y seguir entregando el país con el servilismo que ha caracterizado a Iván Duque a lo largo de todo su gobierno.

Cali, miércoles 4 de noviembre de 2020.