Por: Cicerón Flórez Moya

La democracia en Colombia padece una congénita debilidad. No es tan radiante como pretenden hacerla ver los propagandistas oficiosos del establecimiento. Y por las condiciones de desigualdad acumuladas en el país se hace cada vez más vulnerable, con la ayuda de la corrupción y la politiquería, que lucen como trofeos de los grupos políticos alimentados por las adversidades de la nación.

Los sectores más retrógrados persisten en sus confabulaciones contra todas las posibilidades de cambio. Se aferran al empeño de hacer trizas lo que queda de democracia, como han pretendido hacerlo con el acuerdo de paz, para lo cual acuden a todas las formas de hostigamiento. Estigmatizan a quienes se atreven a no someterse a la sumisión. Propagan mentiras e infunden miedos con versiones de calculada perversión. Y a toda esa borrascosa estrategia le agregan el abuso de poder, el autoritarismo, la violencia verbal y como si fuera poco, también la de las armas, con resultados siniestros, materializados en el asesinato consecutivo de líderes sociales y desmovilizados de las Farc, masacres atroces y otras prácticas que aumentan el número de víctimas.

No hay duda de que la resistencia al cambio proviene del cerrado círculo de quienes detentan el poder. Aprovechan el gobierno para consolidar sus intereses y eso explica que sus políticas sean inocuas, mientras Colombia reclama cambiar el rumbo con nuevas dinámicas que hagan posible solucionar problemas pendientes y consolidar la erradicación de todos los atrasos acumulados.

Hay que emprender la construcción de una nueva nación, liberada de odios, de violencias, de pobreza, de despojos, de corrupción, de fraudes. Una patria para todos. Sin hambre, sin violación a los derechos humanos, sin represión a la protesta. Para eso se requiere un relevo con amplio respaldo popular.

Como en 1930, hay que poner a Colombia en ese derrotero. Corresponde a los dirigentes alineados en la orilla del cambio obrar con grandeza. No se trata de individualidades caudillistas sino de un movimiento que sea capaz de salvar a Colombia de su caída en un oscurantismo de disolución. Se debe ser consciente de la importancia de sumar sectores que se comprometan con la causa común de la democracia. No se puede aceptar con pasividad el desquiciamiento del Estado social de derecho.

Caer en las turbiedades del fascismo es extremar la ruina de Colombia.

Es tiempo de trazar un plan orientado a impedir que Colombia quede atrapada por las políticas que la apartan de las corrientes de pensamiento renovador. La unidad alrededor de unos objetivos que hagan posible una nación en paz, con las garantías de que el Estado social de derecho no será mera ficción, tiene que ser una apuesta política de alcance histórico. La unidad por encima de egoísmos, con la contundencia de unas convicciones que privilegian la verdad sobre las fragilidades del engaño.

Puntada

Decir la verdad sobre el conflicto armado es un enorme aporte a la paz. Una cura que alivia a las víctimas y deja certezas. Es una obligación para todos los actores de la guerra.

Cúcuta, 25 Octubre 2020

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