Por CUBADEBATE

Quien haya tenido la oportunidad de ver de cerca el sistema de salud cubano, no podría extrañarse de la forma exitosa y, más aún solidaria, con que una sociedad enfrenta una crisis sanitaria de la naturaleza que hemos visto con el COVID19.

Podría tildarse de un milagro, que un país pequeño, bloqueado económica y comunicacionalmente por largas décadas, tenga logros en el control de la pandemia. Pero categóricamente hay que decir que no se trata de un milagro; es simplemente el espíritu humano del socialismo cubano que se cuela en todas las esferas donde su construye la vida de su gente, que pese a sus recursos escasos ha logrado dar dignidad a su población, otorgando acceso universal y gratuito a la salud, entre tantas otras necesidades básicas.

Acá nada sabríamos de Cuba, si no hubiera en la red sitios como el GranmaCubadebateInfomed y otros. La prensa chilena, hasta las que se dicen más progresistas, elude traer a estas tierras una experiencia de ciencia y disciplina consciente del pueblo cubano, para buscar tratamientos y tomar medidas que ayuden al control de la enfermedad. Claro, sería contrario al discurso que suelen propagar a diario sobre la Isla, donde no hay democracia, donde se atenta contra los derechos humanos, donde no hay libertad; eso nos dicen, así le mienten al pueblo chileno. Claro, podría ser contraproducente que algún oído receptivo aquí en Chile, sienta que es posible vivir de otra manera, que la dignidad es posible, que la justicia no es una utopía, que la desigualdad no es un hecho natural, como se nos ha impuesto por siglos.

Si la estructura de la salud en Chile estuviera montada sobre el sentido de un derecho social de calidad para todos y sin excepción, acompañada del desarrollo de la ciencia y la investigación en pos del bienestar de sus habitantes, no estaríamos viviendo esta pandemia con el terror que se cierne sobre el pueblo entero.

Y es que esta sensación de temor a las enfermedades no es sólo hoy. Cualquier diagnóstico clínico de una enfermedad, transforma la vida de las familias, empobrece sus condiciones y el colapso de los centros de salud son una fotografía permanente que a cada invierno los chilenos asistimos con pavor.

Que duda cabe que esta nueva especie de coronavirus, altamente contagiosa, ha puesto a prueba (o mejor dicho ha vuelto a develar) a escala global un mundo que hegemónicamente se rige por un sistema capitalista, donde la “economía interesada” determina el orden de prioridades, donde el genero humano no aparece encabezando la lista.

Este nuevo virus, como es habitual, seguirá reproduciéndose infectando seres humanos, lamentablemente producirá más muertes, pero no es el causante de las consecuencias que derivan de las precarias condiciones de atención sanitaria; ni tampoco de los efectos, digamos directos, sobre el empobrecimiento del pueblo chileno y latinoamericano. Así como hace más de 500 años, virus cruzaban el Atlántico en carabelas, ahora cruzaron en avión; y ha comenzado a mostrar el desastre social y económico sobre un continente donde las masas de empobrecidos campean desde siempre.

En Chile, este último mes la situación se ha agravado, justamente porque los contagios salieron de los sectores acomodados y se ha diseminado velozmente sobre las poblaciones pobres de Santiago y otras regiones de esta loca geografía que es nuestro país.

Y no es que este panorama sea una sorpresa. Cualquiera con cierta racionalidad, tenía claro que era un hecho imparable. Que el virus se encontrara con la realidad socio económica de la mayoría, haría estallar esa dramática consigna de “si el virus no me mata, me mata el hambre”. Esto porque cualquiera que se mueva por las calles de las grandes ciudades de nuestro país, verá las esquinas atochadas de vendedores callejeros, que no son una postal turística de artesanías, sino de una opción obligada por la cesantía permanente, que hace que gran parte de la población sobreviva a partir de lo que vende en el día, comidas, artículos tecnológicos, ropa, chocolates, etc., cualquier cosa imaginable.

Por lo mismo es que medidas de confinamiento son un fracaso, cuando la gente no puede quedarse en casa. Los que tenían un trabajo más estable, han sido despedidos y también tienen que recurrir al comercio de algún producto de forma “ilegal”.

Así los acusados de indisciplinados o inconcientes, es un discurso vacío de las autoridades, que muestra el “verdadero distanciamiento social” que tiene la clase política chilena versus el pueblo, utilizando estrategias aterrorizadoras sobredimensionando el peligro al contagio, acompañado del miedo a las multas que pueden llegar hasta más de 60 mil dólares, por incumplir las faltas a la cuarentena. Que incongruencia con un pueblo que promedia un ingreso mensual de 500 dólares; habiendo muchos, sobre todo adultos mayores, que bordean los 200.

La pobreza de la política y sus personeros – y penosamente hay que decir a la que no escapa ninguno de esta multipartidista institucionalidad chilena-, se ha visto aún mejor reflejada con la pandemia. Ya antes, desde el estallido social que se desató en Octubre, el jugueteo falso entre los bandos partidistas, como debate ridículo por ganar pantalla en la ultra farandulizada televisión, buscando réditos para enfrentar las futuras contiendas electorales (sobretodo tras la farsa de acuerdos para levantar una Nueva Constitución a su medida), se ha mantenido hasta la ahora.

A la morbosa discusión sobre cuantos muertos hay cada día, le suman la crítica, por deporte a esta altura, entre oposición y gobierno, por cuantos mezquinos pesos más le suben a salarios, bonos de emergencia y cajas de mercadería; mientras tanto los “honorables” congresistas demoran sus negociaciones para reducir solo un poco sus rentas a costo del presupuesto del estado, que superan los 10 mil dólares mensuales, más una cifra similar para sus gastos “extras”.

Por otro lado, el gremio empresarial para lavar su imagen en la contingencia, han sacado algo de sus abultados bolsillos, donando respiradores mecánicos, mediado por un montado espectáculo propagandístico y después de una sin igual gestión, al mejor estilo de una operación aérea de tráfico ilegal, negociando con especuladores. Pero a la vez, en áreas como la alimenticia, las grandes cadenas privadas de supermercados han elevado sus ventas, incluso con las alzas de los productos de necesidad básica, incitando a la compra compulsiva de la gente al escuchar el discurso aterrador y la incertidumbre. Empresas de informática no se han quedado atrás, rentando en ventas de programas y servicios en red para la ocasión. Otras se aprestan a recibir subsidios estatales, por las pérdidas que ha generado la paralización de actividades, además de la aprobación de acceso a créditos especiales con tasas de interés casi cero para que reinicien sus negocios, una vez superada la crisis.

Como siempre el mismo pueblo debe recurrir a su propia iniciativa para defenderse del virus y de los aprietos económicos. Si bien la alicaída organización popular (dada la fractura social que indujo la propia democracia, restringiendo la movilidad del personas a sólo el acto de votar en cada jornada electoral, dejando en la orfandad las organizaciones de base), en algunos lugares aún resiste. Si bien, han proliferado las ollas comunes autogestionadas legítimamente por los vecinos, también como un acto institucional aberrante y en el contexto del contrapunto permanente entre políticos oportunistas, algunas autoridades comunales han promovidas las propias, controladas y con claro objetivo proselitista.

La protesta social no sólo escenificó un hecho de violencia en las ciudades de Chile desde octubre del 2019, sino que principalmente puso de cabeza a gobierno y oposición en su ya tradicional convenio de mantener el sistema sin grandes reformas. Ajeno a ese mundo de políticos de escritorio; de intelectuales adictos a un mercado de opinión a tono con el modelo; y de empresarios que han terminado más ricos con esta democracia; el pueblo en la calle, mostró su poder desestabilizador de un sistema explotador, desigual e injusto para la mayoría, para los trabajadores, para nuestra gente.

Si el virus y el intencionado miedo sobre infundido a la población por sus efectos, frenó la agitación en las calles y poblaciones un tiempo, ahora las consecuencias sociales y económicas que se van agudizando, se dejan ver al correr la cortina de la realidad de un pueblo que ya antes viene sobreviviendo a costa de grandes esfuerzos, que aún así no logra gozar de un día a día con condiciones dignas.

Por lo mismo es que ni las medidas de cuarentena; el amedrentamiento por sanciones; el exiguo y focalizado apoyo económico a algunas familias; ni siquiera el miedo a contagiarse; ha impedido que se empiecen a multiplicar paulatinamente acciones de reclamo. Cacerolazos, barricadas y enfrentamientos con la policía y militares en las poblaciones, donde el miedo al COVID19 ha pasado a una posición subordinada frente a la escasez económica y a la falta de dinero para comprar alimento. Este panorama ha sido ocultado con clara evidencia por los medios de comunicación. No se quiere que desde la misma televisión se alimente el descontento, mientras se está lidiando con el colapso de las redes hospitalarias, con casos de pacientes graves que permanecen dentro de las ambulancias hasta más de 20 horas a la espera de una cama.

Esta sobrecogedora imagen, sin duda es una replica latinoamericana, con excepción de muy pocas naciones. Ya estudios oficiales han declarado el impacto económico recesivo y trágico que resultará para la región, por cierto que afectará a los pobres, que amanecerán más pobres aún.

Cuanto se añoran tiempos de esperanza, cuando líderes de carne y hueso como los recordados Fidel y Camilo, como el Comandante Raúl; y con el inolvidable Ché Guevara, que en el día de hoy rememoramos los 92 años de su nacimiento, avanzaron abrazados con insobornable corazón y compromiso, inspirando la ruta por donde todo lo que había que cambiar, debía ser cambiado.

Ernesto Guevara, en su juventud pisó nuestras tierras, vio y sintió del pueblo chileno, eso que nos oprime desde siempre, eso que explica con certeza el resultado que esta pandemia tiene sobre las masas más desposeídas; y lo volvió a ver y sentir en su largo trayecto por Latinoamérica.

De esos hombres está pintado el futuro y de los muchos que los acompañaron en la lucha, transitando por los surcos de cada buen sueño de esta Latinoamérica, junto a un pueblo que indiscutiblemente marchaba y sin duda marchará otra vez un día por un escenario político, social y -por cierto- ideológico, donde asuman la lucha liberadora y el protagonismo para encaminarse a un mundo que repare el sentido humano extraviado.