Por: Elsa Claro

Marrullero y taimado hasta el desatino absoluto, Donald Trump decidió que los cheques enviados a sectores sociales de bajos ingresos, tuvieran su firma. Si él hubiera sacado ese dinero de su inmensa fortuna, nadie podría cuestionar que se adjudicara el mérito, pero esa asistencia, como tantos laureles que se atribuye, no le pertenece. No donó un centavoLas asignaciones proceden de los fondos estatales nutridos con los impuestos de la ciudadanía, luego es natural en una situación de crisis el retorno en parte hacia quienes los crearon.

Esa partida procede de lo aprobado por el Congreso como paliativo a la comprometida situación actual. Varios legisladores demócratas denuncian la estratagema destinada  a conseguir réditos electorales, haciendo creer que es mérito suyo la ayuda marcada con su rúbrica. En los hechos, se trata de una porción de los dos billones de dólares aprobados por las dos cámaras para hacer frente a los daños provocados por la COVID-19.

De ese total, cerca de 300 millones de dólares se destinan a personas  necesitadas. Es muchísimo menos de lo previsto para “contrarrestar a Rusia en 2021”, proyección rayana en el desatino, y para lo cual el gobierno pide un presupuesto superior a los 700 millones. Ese, como tantos planes subversivos destinados a dañar a distintas naciones, acumula partidas extraordinarias, y llevan, esas sí merecidamente, el rótulo de “iniciativa económica de la administración Trump”.

El magnate posee caudales por encima de los dos mil millones de dólares en bienes inmobiliarios, clubes y campos de golf entre varios renglones. De haber querido, estaba en condiciones de dar a sus conciudadanos, una asistencia mínima con su peculio, pero echa mano de los recursos federales y los mancilla con su autógrafo. Habrá miles que se crean asistidos en específico por él, o le hagan propaganda involuntaria a los “cheques salvadores de Trump”.

Insiste en lo que llama reabrir la economía, sin sopesar las consecuencias de una decisión tan arriesgada. El paso, obvio, no está movido por consideraciones filantrópicas. Tiene claras motivaciones electoreras. Llegar a noviembre con un nivel de recuperación significativo le serviría para ser reelegido y dejar escondida su indolencia al no encarar desde el inicio la temible pandemia.

No es una situación cómoda tener en solo unas semanas 22 millones de trabajadores solicitado auxilios por desempleo. El paro laboral (13%) es superior a todos los anteriores registros del país, y le hace difícil erigirse como un conductor hábil o capaz de remontar situaciones complejas.

Le acompañan en sus osadas resoluciones, como es usual, supremacistas y categóricos reaccionarios de toda laya. En Ohio, Oklahoma, Texas y Virginia, se han manifestado, hasta con armas de fuego, buscando intimidar a los gobernadores de esos estados, para conminarlos a cesar el aislamiento social. Las demostraciones realizadas, no por pequeñas, logran esconder que  las financian notorios donantes republicanos.

En interesada reciprocidad, para alebrestar malsanos ánimos, Trump twuiteó: “¡LIBEREN MICHIGAN!” “¡LIBEREN MINNESOTA!” y “¡LIBEREN VIRGINIA!”. Él suele emplear el todo mayúsculas que, en lenguaje gráfico equivale a gritar estentóreamente. Acudir al concepto libertad, como si esta se hubiera eliminado, es indigno y manipulador.

Para su cuestionable empeño cuenta con fieles socios de vertiente conservadora agrupados en organizaciones de título tan seductor como Salva nuestro País” (“Save Our Country“) desde donde vienen actuando para la reapertura de actividades y en contra de las medidas en busca de  impedir la propagación del virus.

Las últimas encuestas sobre el tema indican que la gran mayoría de los estadounidenses (un 81%, según la demoscópica Quinnipac) quisieran dilatar el momento de retirar las cautelas. Creen en los argumentos de médicos y otros expertos en sus advertencias sobre el peligro de levantar  prematuramente  las restricciones, pues pudiera provocar el resurgimiento de los peores niveles de la Covid-19 y cosechar un daño económico superior al que se desea dejar atrás.

Anthony Fauci,  jefe del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, personaje con un haber destacado en la lucha anti-coronavirus, advirtió: este “no es el final del juego”, previniendo sobre un rebrote de los contagios cuando todavía no se controló la epidemia. Ello conducirá a especiales trances desfavorables para el arribo final de la normalidad.

Trump -genio y figura-  resta importancia a las consejos sobre la letalidad de un virus que cobró la vida a más de 33.000 norteamericanos y mantiene infectados a unos 667.000, cuando el pico de la enfermedad aún no ha llegado.

Los gobernadores republicanos, fans de Trump y de sus muy individuales bolsillos, se proponen el regreso a la normalidad. No así las autoridades demócratas de otros estados de la Unión, entre ellos el discrepante Andrew Cuomo, quien advirtió al presidente que no va a provocar mayores dificultades a New York con esa osada orden y continuará poniéndole bridas a la expansión de la catástrofe. No distinto es haber llegado al extremo de cerrar funerarias por falta de espacio en la cosmopolita y de usual muy animada Gran Manzana.

El candidato presidencial Joe Biden expuso de su cosecha sobre este tópico que colocar la actual situación como un enfrentamiento entre salud y economía es un método tan falso como aventurado.

“Si no solucionas la parte sanitaria, la economía nunca va a ponerse bien. Nunca vamos a estar en una posición en la que tengamos remotamente una nueva normalidad”, dijo el demócrata en una entrevista televisada. Se basa en su experiencia al secundar las previsiones de Barak Obama durante la epidemia del Ébola. El ex presidente  creó desde el 2014 una red de previsión, asistencia e investigaciones de orden sanitario destinadas a prever un evento similar al padecido ahora

Aquel entramado, los programas de preparación contra enfermedades contagiosas, fue destruido por Trump desde el inicio mismo de su llegada a la Casa Blanca, por considerarlos gastos innecesarios. Semejante imprevisión y torpeza maniató a  la comunidad científica, para contribuir a un rápido  enfrentamiento y despeje de la enfermedad e impedir tan cuantiosas bajas. Por el mismo tragante se fueron las entidades previstas para tener stocks de los mismos inventarios de protección y recursos ahora escasos en los hospitales.

Donald Trump despreció, asimismo, los alertas de la anterior administración y  de los servicios de inteligencia estadounidenses, desde donde le trasladaron varios avisos referidos a una posible epidemia, porque el país más rico del mundo no estaba apto para enfrentar inclusive una gripe de ciertas proporciones. Entonces, el coronavirus pudo no ser tan mortífero de haber tenido los instrumentos desarticulados y sin la  pertinaz demora inicial.

Restarle importancia a lo que mucha tiene, incrementó la crisis sanitaria en todos los órdenes y requerirá más tiempo para eliminarla. El susodicho, con su característica mendacidad, pese a todo, se atribuye triunfos que, caso llegado, pertenecen a los gobernadores y al esfuerzo del personal médico, verdaderos protagonistas encarando el duro trance.

Pero no satisfecho con sus vacilaciones extemporáneas y errores de bulto, Trump quiere achacárselos a los jefes de los estados de la Unión y aseguró que iba a suplantarlos, asumiendo un mando total sobre el país para imponer el retorno de las actividades económicas. Eso es ilegal y no lo ignora, pero no es capaz de abstraerse de emitir esas bravuconadas típicas de matón barriobajero que le caracterizan.

De igual forma amenazó también con inhabilitar el congreso.  Esa apetencia de caudillaje descomedido, lleva a situaciones nunca aplciadas en Estados Unidos y  no tiene nada de ingenua. El poder legislativo no le aprobó  el nombramiento de un grupo de funcionarios afines que pretende imponer, y él se propone obrar por su cuenta, anulando las facultades de los congresistas si es preciso. También hacia el parlamento bicameral dirige sus dardos emponzoñados afirmando que son los responsables de cuanta barrabasada hizo o tiene en  proyecto, Todos, dentro o fuera, deben cargar con sus culpas, excepto él, a quien, en verdad, pertenecen.

Trágicos resultados para una etapa dura e inconclusa.