Washington, 25 mar (Prensa Latina) Las comparecencias del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el famoso epidemiólogo Anthony Fauci en las ruedas de prensa del grupo de trabajo formado para enfrentar la crisis de la Covid-19 exhiben dos personajes antagónicos, plantean hoy expertos.

Trump dijo el 2 de marzo que la vacuna contra el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 estará disponible muy pronto, de tres a cuatro meses, quizá un año.

Acto seguido, Fauci aclaró que habrá que esperar, en el mejor de los casos, de año a año y medio.

El mandatario pidió calma a la prensa y a los ciudadanos el día 15: ‘Relax, está yéndonos bien’, y el investigador apuntó con toda esa misma calma: ‘Lo peor está por llegar’.

La analista Amanda Mars ilustra con esos ejemplos lo que ella llama muestras de las cacofonías entre el presidente y el científico, considerado el mayor experto de enfermedades infecciosas del país, una eminencia mundial en la lucha contra el sida y, sobre todo, un maestro de corregir a su jefe con la mano izquierda.

No obstante, Mars apunta que a Trump parece gustarle todo el lleva y trae.

‘Se ha convertido en una estrella de televisión’, dijo exultante hace unas semanas.

Pero ahora ese hombre menudo de voz ronca lleva un par de días sin aparecer.

Es el extraño caso del Doctor Fauci, como todo el mundo le llama, y Míster Trump, puntualizó la periodista especializada en temas estadounidenses.

Anthony Stephen Fauci (Nueva York, 1940) sabe bien lo que es tratar con presidentes. Director del Instituto de Alergia y Enfermedades Infecciosas desde 1984, trabajó con seis gobiernos distintos.

Lideró la estrategia de la Administración ante una epidemia del sida que acababa de estallar y se convirtió en una autoridad mundial.

Es hijo de inmigrantes italianos de Brooklyn. Su padre, farmacéutico, regentaba una botica; sabe moverse en los laboratorios y en la intrincada selva política de Washington.

Un episodio que suele recordarse de sus primeros pasos en el servicio público data de 1988, cuando un grupo de activistas se manifestaba frente a su instituto para reclamar ensayos con medicamentos experimentales, y Fauci les sorprendió invitándolos a su oficina y abriendo una vía de diálogo con ellos.

Lidió después con los brotes del zika y el ébola, pero a sus 79 años un nuevo virus atroz, que puso el mundo patas arriba, volvió a colocarle en la brecha.

Lo primero que choca en las comparecencias del grupo de trabajo es cómo incumplen sistemáticamente las recomendaciones oficiales de la Administración, de evitar reuniones de más de 10 personas y guardar las distancias, recordó Mars.

En el estrado han llegado a aparecer pegadas ese número de personas y en las butacas suele haber ese número o más periodistas.

Fauci no tiene problemas en matizar o corregir a Trump cuando lo ve necesario, pero también suele escuchar imperturbable todo lo que dice el presidente sobre el escenario.

La semana pasada, sin embargo, le traicionó el subconsciente, y cuando el republicano se refirió al Departamento de Estado como ‘el profundo Departamento de Estado’, se tapó la cara -o la risa-, aparentemente avergonzado, y la imagen recorrió las redes sociales como la pólvora.

Las ruedas de prensa se prolongan tanto -la de este lunes casi llegó a las dos horas- que Trump tiene que opinar sobre casi todo los aspectos de este asunto científico, ajeno a su formación, y con un amplio margen de error, de acuerdo con especialistas.

En una entrevista reciente, el periodista Jon Cohen cuestionó mucho al famoso epidemiólogo sobre los deslices de Trump.

‘Tiene su estilo’, admitió, ‘pero me escucha en lo importante’. Al final, acabó espetando: ‘No puedo ponerme delante del micrófono y derribarlo’.

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