Por: Carlos Meneses Reyes.

PRESENTACIÓN.

La zona rural del municipio de Cúcuta con la frontera de Venezuela es escenario de permanentes enfrentamientos entre grupos armados que se dan en el territorio de ambos países.

Los medios noticiosos del oriente colombiano y en especial de Cúcuta, no aluden a ello y atosigan a la opinión con la presentación dantesca de decenas de cadáveres, desparramados en las trochas, vías carreteables y vecindarios de caseríos y corregimientos aledaños.

El 08 de marzo próximo pasado sorprendió el hallazgo de ocho cadáveres en el corregimiento de Palmarito (municipio de Cúcuta). Cinco cadáveres más, fueron registrados en territorio fronterizo venezolano.

Por más que cavilo no se sabe de dónde carajo o fuente saca el diario La Opinión que los enfrentamientos fueron entre 40 hombres del ELN y 40 de los Rastrojos… Todo habría ocurrido en la zona rural del municipio Mata de Coco, Estado Zulia (Venezuela), que tiene a la ciudad de Maracaibo como su capital y que limita con la vereda Vigilancia de Puerto Santander. Sabido es que desde la época de “estado de sitio” en Colombia toda la información de “orden público” la manejaba la inteligencia militar y al parecer así ha continuado, aún vigente la Constitución Política de 1991(CP91).

Los medios de intoxicación masiva reproducen las versiones solo oficiales y/o de las fuerzas armadas estatales. La labor periodística investigadora es nula. El tal periodismo independiente no existe en Colombia. La labor de los cientístas sociales y analistas, como el suscrito, es en extremo difícil, acudiendo solo a métodos inductivos no exentos de subjetivismos en lo expresado o narrado. La llamo aplicación de una metodología de confrontación: inventariando, casi que virtual, una presentación del hecho o suceso analizado- con lo ocurrido referente- para captar lo dado real; descartando el silogismo y concluyendo en búsqueda de lo más ajustado a la verdad. Incursionar en el fondo causal de los sucesos armados en el conflicto armado colombiano, bajo el imperio de la dictadura mediática, que es la “presentación” oficial; la escasa o no existencia de fuentes de información provenientes de las insurgencias, con una conducta de proceder así expresada por ellas, bien sea por conveniencia en el manejo de las contra-inteligencias o la falta de voluntad política de informar sobre objetivos y alcances de las acciones de la “vanguardia” armada; o con el despropósito fuera de sentido de facciones que buscan un reconocimiento de beligerancia- como en el caso del Ejército Popular de Liberación. EPL- del que no se conoce, ni así sea rudimentario medio de comunicación, de su razón de ser.

En ese orden de ideas resulta diferente la siguiente presentación: “Una fuente judicial consultada por La Opinión aseguró que dicho enfrentamiento duró 3 horas y dejó como saldo más de 20 hombres muertos, todos presuntamente pertenecientes a los Rastrojos, de los cuales ocho fueron recogidos y traídos a suelo colombiano”.

Lo de la permanencia del conflicto armado interno supera los parámetros de guerra de baja intensidad y la creciente violencia en espiral ya es distintivo del paisaje colombiano. Es como si Colombia no perteneciere a América Latina; por ser el conflicto armado interno un fenómeno que devora los cimentos de la nacionalidad, tal cual un encierro en círculo vicioso.

No existe soporte de análisis académico que asome la existencia de una violencia fundacional como lo pretenden “verdades” oficiales. El conflicto armado interno colombiano yergue sobre causas históricas propias, que perduran en palpable vigencia y realidad. Existe un origen histórico-político. Esos orígenes históricos y políticos de las injusticias sociales que explican por qué Colombia es uno de los países más desiguales de América Latina. Predomina una reflexión social y no punitiva (penal) sobre el origen de la guerrilla, el narcotráfico y el paramilitarismo.

De allí que corresponde descartar la estrategia funcional del imperio, de mano con lo cipayos gobernantes colombianos de turno, de colocar en un mismo recipiente la acción armada insurreccional con la llamada guerra contra las drogas.

La reflexión social en el análisis apunta a la explicación y origen de la guerrilla; a los efectos del instrumento contra-insurgente de creación del para-militarismo y la permeabilidad del narcotráfico en toda la estructura del Estado colombiano e infraestructura de nuestra idiosincracia colombiana.

DEL MANEJO DEL CRIMEN ENCUBIERTO.

Dan como cierto que los enfrentamientos se dan entre el grupo paramilitar de Los Rastrojos y unidades del ELN. En esta ocasión registran los medios de intoxicación masiva que los enfrentamientos no se dieron en territorio colombiano, sino en territorio venezolano, en la constante de la contra inteligencia estatal colombiana, que el ELN opera en el exterior y dar el alivio para las barbas en remojo del generalato colombiano que sus enemigos no están perturbando dentro de su jurisdicción. Los ocho cadáveres en proceso de descomposición aparecieron tirados a la entrada de una finca dedicada al cultivo de la Palma; cultivos que son fuente de levado del dinero del narcotráfico en toda esa región. Las fuentes venezolanas callan sobre estos sucesos, en el entendido que no ocurrieron operaciones armadas en su territorial.

Dos reconocidas ONG y La Opinión coinciden en que esa región es de presencia del ELN. Porque no dirán de su dominio si tienen cincuenta años de medrar allí. Pero a la sazón que tiene presencia el para militarismo es un hecho y callan de la presencia de las fuerzas armadas con cientos a miles de tropas allí replegadas.

Según esas fuentes el escenario los conforman: el EPL, presuntamente aliado con los Rastrojos. El ejército nacional o fuerzas armadas estatales, que suelen mirar los toros desde las barreras, esperando que se enfrenten a los del ELN “y entre ellos se maten”; pues “para eso hay plata”, al decir de un general o generalote, que en El Catatumbo fungen como verdaderos Pretores o Centuriones romanos, de mando en lo político, social y militar.

Desde la fracasada invasión a la Venezuela Bolivariana el 23F-2.019, los paramilitares conocidos como Los Rastrojos estuvieron en escena con la ayuda prestada a Juan Guaidó para que pasara la frontera colombo-venezolana como indocumentado. Antecedente de connotación, que contribuyó a la logística implementada con el soporte oficial de las fuerzas armadas colombianas en el desarrollo y aplicación del montaje llamado “Ayuda Humanitaria”. De relevancia la sugerencia de J. Guaidó que logró cruzar a Colombia con la ayuda de militares (Cúcuta 322. Francesco Manetto. Santiago Torrado. Caracas. Marzo 02. 2.019). Desde entonces el gobierno bolivariano inició la escalada de ataques demostrando que no toleraría ningún grupo armado paramilitar actuando en territorio fronterizo; reafirmando que toda agresión a las fuerzas bolivarianas proviene de “entrenados en campamentos paramilitares en Colombia”.

A nuestro modo de ver los combates del día 06 de marzo de 2.020 se dieron en territorio colombiano, jurisdicción de Vigilancia, confirmándose, más adelante, que se surtieron entre milicianos y/o efectivos del ELN contra el grupo paramilitar de los Rastrojos. Para la mañana del domingo 08 de marzo, aparecieron los 8 cadáveres de jóvenes asesinados, a la entrada de la finca en el corregimiento de Palmarito, sector de Vigilancia y al día siguiente registran que se hallaron cinco cuerpos más en territorio venezolano, sin confirmación alguna de fuente de ese gobierno, quedando así porque sí registrado en lo noticioso regional. Pero como pregona el dicho popular que no queda nada oculto entre el cielo y la tierra.

Los cuerpos identificados fueron los de Víctor Manuel Massón González, oriundo de El Banco (Magdalena); Pedro Nel Paternina Díaz, de Córdoba; Saúl Barbosa Molina, de Río de Oro (Cesar); Gustavo Adolfo Mosquera Moreno, de Istmina (Chocó); Víctor Manuel Batista Páez, de 16 años, y Jerry Guillén Hernández, de El Salado, Chimichagua (Cesar). Jóvenes campesinos, carne de cañón en una guerra de baja intensidad y en el que el actor armado estatal (fuerzas armadas de Colombia. Ejército, policía), se lavan las manos o como sucede con la compra de votos pare elegir al sub presidente ilegitimo Duque: Yo no sabía. Yo no lo vi.

Pero ahora aparece que entre los muertos se registra al joven Jerry Guillen Hernández, de 20 años de edad, de mirada jovial, rostro sonriente y de atlética figura, como lo demuestra un recuadro de su fotografía, difundida en los medios. Jerry, era oriundo y proveniente del corregimiento de El Salado, de Chimichagua, Cesar. El Salado es un caserío, un sitio de pesca que para la época escasea. Jerry Guillen Hernández, fue visto el 2 de marzo en el caserío. Había prestado el servicio militar y aspiraba a seguir de soldado profesional pues su novia está embarazada.

Resulta que se vio a una camioneta misteriosa con ocupantes que hablaban con jóvenes del lugar y los vieron abordar voluntariamente la camioneta. Entre los que la abordaron se encontraba el finado Jerry Guillén Hernández. Por versión de su padre, Henry Guillén de 42 años, se supo que a los muchachos les ofrecían $1.200.000 para trabajar en una finca en Ocaña. El señor Henry Guillen no se explica como el muchacho se le desapareció y se fue del lugar sin dar aviso. Asegura que le ofrecieron ese trabajo y que estaba ilusionado, habiéndose inscrito para aspirar a ser llamado como soldado profesional, entusiasmado por que su novia estaba embarazada. Ese lunes, 2 de marzo, Henry empezó a preguntar por su hijo y no obtuvo razón, ni entre los pescadores ni entre los habitantes de Saloa, solo supo que del pueblo vieron salir la misteriosa camioneta con Jerry y otros hombres.

El Corregimiento de el Salado, es población conocida como “la tierra del bocachico”, rodeado por tres ciénagas que conectan con el río Cesar. Tiene como medio de acceso la carretera oriental que comunica al Cesar con Norte de Santander. El Salado queda de Vigilancia, en la frontera del municipio de Cúcuta con Venezuela, a 350 kilómetros de distancia. “No se llevó nada con él. No dijo nada. Es muy raro todo. Mi hijo era muy comunicativo conmigo y la familia, pero no pudo decir nada o no tuvo la oportunidad”, contó el papá desde El Salado. De manera exclusiva, La Opinión conoció que Osnaider Arrieta Castillejo, Ronaldo Arrieta Berrueco, Gustavo Adolfo Berrueco Flórez, José David Flórez Ospino y Fabio Toloza Ospino, son los otros hombres jóvenes desaparecidos de El Salado.

SE HABLA DE OTRO FALSO POSITIVO.

La suerte de las ocho víctimas identificadas, así como la de los jóvenes oriundos de El Salado, sacados del lugar, reviste las características del entramado de lo conocido como un FALSO POSITIVO.

La ruta tomada por la misteriosa camioneta rodó por la carretera oriental. En el cruce de Aguachica tomó dirección a Ocaña. Cuarenta kilómetros de ascenso hasta llegar al Alto de Sanín Villa. Los jóvenes transportados, en calidad de civiles desarmados en el objetivo de estrategia militar, divisan el Valle de los Hacaritamas y atrás han dejado el paisaje del río Magdalena. Ellos y sobre todo Jerry, se preguntaran sobre la finca en la que va a trabajar y por el momento desconoce que va siendo llevado para hacerle frente en la línea de fuego, con la más remota posibilidad de sobrevivir.

Recreo el paso de la camioneta tomando la carretera Circunvalar hacía la salida para el municipio de Ábrego, previo paso por las instalaciones del batallón Santander- Ocaña, donde no son requeridos por las patrullas, para indagar sobre los amontonados jóvenes en el plantón de la camioneta, cual fardos de carga. Me estremezco al revivir el paso de los tres camiones repletos de paramilitares que en el año de 1999, pasaron frente a esa misma unidad militar y tenían como destino La Gabarra a iniciar el proceso de despojos de tierra a sangre y fuego en el inicio de asentamiento del paramilitarismo en El Catatumbo.

Transmito igual indignación al escenificar el paso de los cuerpos de los jóvenes de Soacha, asesinados en terrenos de ese batallón y enterrados en el cerro Las Lajas, anexo al Batallón, donde las Madres de Soacha, los desenterraron con las manos. Así, bajo el canicular y abrasador sol cucuteño llegaron a Palmarito, internados en un campamento paramilitar y tres días después aparece el cuerpo de Jerry entre los 8 cadáveres amontonados.

DEL PANORAMA LOCAL.

Lo relatado no es pura casualidad. Mucho se ha escrito sobre la situación en esa región fronteriza. De tanto material se concluye la suerte y permanencia de los actores del conflicto: las fuerzas armadas estatales, lo grupos paramilitares con los Rastrojos de cabeza, el ELN, el EPL.

Destacase los fuertes golpes que ha recibido el EPL en esa región, sin elementos para afirmar que ha sido erradicado. El ELN, por su parte anuncia que los del EPL están en alianza con los paramilitares para atacarlos y de parte de la fuerza pública estatal expresan “que ellos se maten entre sí”.

El primer factor a resaltar incluye que el ejército ab initio plantea una estrategia de compás de espera conforme al resultado de la confrontación: ELN con los Rastrojos. Pero resulta que del análisis de prensa bolivariana, ha sido eficaz respecto a la contundente ofensiva bolivariana contra las huestes de los Rastrojos. Esa ofensiva se dio en miras a recuperar el honor bolivariano por su descarada y comprobada participación e injerencia para proteger a J. Guaidó.

Este grupo paramilitar de origen colombiano, ha sido visiblemente golpeado con capturas y bajas; así como control de las fuerzas bolivarianas penetrando en sus nichos de permanencia en territorio venezolano haciéndoles imposible la permanencia en ese país y sobreviviendo gracias a la infestada y explosiva frontera.

De manera que a todas luces a las fuerzas gubernamentales colombianas les interesa la permanencia del foco paramilitar en aplicación de su doctrina militar contra insurgente, que no puede subsistir sin el elemento de “lavada de cara “de las acciones armadas encubiertas. Se reitera que en tanto el conflicto permanezca subsiste o, permanece el paramilitarismo, como complemento a suplir o remediar las carencias que el conflicto de baja intensidad y la guerra sucia impone. Los militares colombianos, en la escena de la confrontación armada no pueden privarse de ese necesario e indispensable recurso contrainsurgente que lo es el paramilitarismo.

Otro factor que destaca es la facilidad de movilidad y de presencia de los paramilitares Rastrojos en el sector rural del nororiente fronterizo del municipio de Cúcuta. El día 19 de marzo, esos paramilitares al mando de Becerro, abordaron un equipo periodístico del diario La Opinión, cuando se desplazaban para cubrir tres homicidios más que se han dado en el sector de Vigilancia. No resulta gratuita esa publicidad otorgada. Deriva en algo permisible puesto que la militarización de la región es evidente. Circulan por fincas y caminos del sector. Anuncian que no están en un “sandwich” o acorralados por el ELN. Ello implica que han sido golpeados y la finalidad de sus declaraciones apunta a reivindicarse ante la fuerza pública, cual si pesare sobre ellos el estigma de estar siendo derrotados.

Siendo que son un grupo paramilitar, dedicado al narcotráfico, expresan que su misión es acabar al ELN y en uso de lenguaje articulado orientado a justificantes anuncian: “Sepan que nos mantenemos vigentes y en pie de lucha”. Eso no va dirigido a sus contradictores, sino a sus aduladores; a quienes con su accionar sirven en el entretelar de la guerra sucia.

Como corolario a todo lo anterior tenemos: 1. el paramilitarismo que actúa en la región nororiental de la frontera rural del municipio de Cúcuta, comprende red de alistamiento, incorporando a jóvenes campesinos, con suficientes recursos logísticos y licencia de movilidad de personas a ojos vistas de las autoridades colombianas. 2. La facilidad de utilización de lenguaje articulado de facinerosos paramilitares, por los medios de comunicación locales entrevén una finalidad de intereses de conveniencia en la función contrainsurgente de la fuerzas armadas estatales colombianas. 3. El fenómeno de los Falsos Positivos continúa vivito y coleando.