Por: Donaldo Mendoza Meneses

“Ningún cantante vallenato se ha pronunciado a favor del paro…” Las palabras encomilladas corresponden al mensaje del diputado por el Atlántico, Nicolás Petro Burgos. Y la respuesta de un artista vallenato no se hizo esperar: “…el objetivo de nosotros los artistas es llevar alegría al pueblo colombiano con nuestra música”, le ripostó el reconocido cantante vallenato Péter Manjarrés.

Si se leen entrelíneas los mensajes, ambos faltan a la objetividad. Ambos faltan a lo que una buena conciencia en este caso podría sugerir. En efecto, para pronunciarse, necesariamente no tiene que ser “a favor de”, pero sí para dejar conocer alguna opinión, que aporta más que la indiferencia. Lo vivido el 21 de noviembre del año anterior (2019) y los días siguientes fijó para la historia de Colombia un antecedente. Fueron movilizaciones en las calles de ciudades y pueblos en dimensión nunca vista. Con banderas vindicatorias, sin las cuales la “alegría del pueblo” no es completa: salud, educación, empleo, pensiones…

“Nosotros no somos políticos”, difícil decir algo más alejado de la realidad. Basta recordar la febril militancia de Poncho Zuleta en las pasadas elecciones; basta escuchar los saludos a políticos en los cantos; basta ver los abrazos con políticos en los conciertos… O puede ser que Péter Manjarrés no tiene aún claro qué es ser político en Colombia.

Más bien creo que no tiene claro lo de político. Si lo supiera, entendería que la “guerra y la polarización” en Colombia no es por cuenta de quien él llama “el pueblo”. Ese pueblo, efectivamente está cansado; porque es el que sufre la guerra, es el pueblo quien pone los soldados para la guerra. Los hilos de la polarización y la guerra se mueven desde los escenarios del poder.

A ellos –a los poderosos– se les ha estado hablando desde esa nueva y vigorosa expresión de democracia en que se han convertido las calles y las redes sociales. A los que ayer no tenían voz, hoy les sobran tribunas para expresarse. Eso lo han entendido grandes figuras de la cultura y de la música, que han pintado y alegrado al pueblo en anchos y extendidos murales y conciertos. Han demostrado que se puede hacer buena política sin necesidad de las banderas partidistas.

Si Péter Manjarrés cree que el objetivo de “nuestra música” solo es “llevar alegría al pueblo colombiano”, con “entusiasmo y agüita para mi gente”, le está asignando un propósito con sesgo enajenante a la música, con el agravante de que un pueblo alienado puede ser alegre, pero no feliz. Y si algo hemos visto en las marchas, los conciertos y las cacerolas es a un pueblo alegre y feliz, abriéndole camino a la esperanza.

Ese es el tren de la historia al que hay que subirse, Péter. Y no a esa rara especie de “políticos” que te inspira tanta desconfianza. Entre tanto, Péter, ve devolviéndole las alas a la música, déjala que sea lo que verdaderamente debe ser: un lenguaje universal, y no un apéndice del folclor.