Por: Cicerón Flórez Moya

Las manifestaciones de inconformidad de los colombianos se han vuelto cada vez más visibles y directas. Crece la protesta social, a pesar de la propaganda oficial, que busca diezmarla o anularla a punta de mentiras. Es la respuesta demagógica a las críticas de los sectores de oposición. Porque a los cuestionamientos a las políticas protectoras de los privilegios de clase o de las redes de corrupción acomodadas en el poder, siempre se responde con evasivas para tapar esa realidad de desigualdad o de justificación de los factores generadores de la pobreza y de la exclusión.

El paro del 21 de noviembre puso en evidencia el surgimiento de una nueva corriente de opinión contestataria que no se resigna a los manejos erráticos del país, como lo hace el Gobierno. Son los ciudadanos con una visión más allá de las estrecheces del establecimiento. Es el rechazo a la mezquindad de quienes se aprovechan del poder a la medida de sus intereses, sin importarles las brechas sociales que llevan a la frustración a los colombianos sin protección. La movilización que se hizo fue la apertura a una posición de exigencias basadas en la convicción de que no se pueden seguir aplazando soluciones posibles a problemas que se han acumulado ante la indiferencia de quienes utilizan el poder a la medida de su egoísmo y de su avaricia.

La inconformidad es también contra las intenciones de seguir ahondando el recorte de los derechos sociales de los trabajadores con salarios y pensiones de niveles irrisorios. Es el rechazo a la mediocridad política demostrada por los voceros oficiales en sus intervenciones en el Congreso, con lo cual han levantado barreras contra iniciativas que plantean salidas coherentes.

El Gobierno no ha reconocido la importancia histórica del acuerdo de paz con las Farc. Al respecto da tumbos y pone en riesgo puntos fundamentales que le dieron viabilidad a la desmovilización de diez mil combatientes armados, los cuales se encuentran hoy marginados de cualquier forma de agresión. No se repetirán en la lucha armada ni en ninguna acción que implique violencia. Y eso ya es ganancia para Colombia. Su desconocimiento es como jugarle sucio a la paz y preferir el conflicto armado.

El acuerdo con las Farc no es solamente un adiós a las armas. Está pensado con la proyección de cambios que expresen más democracia y le den a la política un aire de saneamiento, de depuración, sustrayéndola de trampas, fraudes y otras degradaciones que le restan legitimidad. Ante esta opción el Gobierno ha sido huidizo con una intención que lo pone más del lado de las armas que le paz.

Y en fin, hay suficientes motivos de inconformidad, ante los cuales la actitud oficial debiera ser positiva en los términos de unidad predicada por el presidente Duque. Unidad que le apueste a la erradicación de todo aquello que tiene a los colombianos en condiciones de adversidad o en el filo de la frustración, atrapados en la desigualdad. Es la inconformidad que busca la dignidad de la vida.

Puntada

El vandalismo o los desórdenes que siguieron al paro del 21 de noviembre no hacen parte de la protesta social. Es el sabotaje de los grupos sucios que se nutren de halagos de patrocinadores fantasmas.

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