By Álvaro Pizarro Quevedo

Todo comenzó un viernes de hace un par de semanas, cuando la generación, que vive pegada al celular, decidió evadir y saltar los torniquetes del metro, ante el alza del pasaje. Y sin querer queriendo generó una bola de nieve que aun va cuesta abajo, desarmando o por lo menos criticando el modelo ante tanto abuso, rompiendo de alguna manera el silencio borrego y sumiso de un pueblo acostumbrado a perder.

Aunque muchos dicen que fue un viernes de hace por lo menos 30 años, cuando comenzó este fenómeno del Chile post dictadura, en donde se avanzó en una franca disminución de los atropellos de los derechos humanos, pero que a contraparte, se hipotecó nuestra existencia, a un modelo de crecimiento y desarrollo neoliberal extremo, en que prima un estilo de vida basado en el individualismo y en el sálvese quien pueda o mejor dicho sálvese solo el que tiene dinero para pagar la salud, la educación , las pensiones, el transporte, la seguridad, la entretención , la vivienda y así siga usted con el juego del suma y sigue. Generando al mismo tiempo este chile tan desigual e injusto, que terminó avergonzándonos de salir a la calle y mirarnos las caras, por lo que habíamos construido o mejor dicho por lo que habíamos dejado que construyeran una manga de políticos serviles al gran capital y a las grandes empresas que dominan nuestra vida.

Hubo que esperar varias décadas, para que la imagen de los cuerpos muertos flotando en el Mapocho en el año 1973 y la sangre derramada en los 17 años infernales, dejaran de ser los monstruos del miedo que provocaban un temeroso accionar en esta democracia de la transición. Adultos y jóvenes nacidos en este nuevo período, que solo saben de oídas de los horrores pasados, decididos a no cargar con la culpa ni con el temor de sus ancestros, salieron a las calles. Tal vez, con una soltura diferente, venidos a conquistar este mundo que les tocó vivir, buscando el perfume solidario y el pulso alegre de la vida con el otro. Sabiendo que es posible equivocarse y volverse a levantar en un camino de sueños posibles e imposibles. Cantando con emoción el derecho de vivir en paz y con rabia el baile de los que sobran. En todo caso, no fue generación espontánea, en los últimos años, movimientos estudiantiles habían logrado torcer levemente el destino de una educación de mercado, movimientos feministas lograron poner en tela de juicio la sociedad patriarcal, movimientos indigenistas luchando siempre por su cultura y su territorio arrasado por las empresas forestales, movimientos ecologistas cuestionando un sistema extractivista y contaminante logrando sensibilizar y en ocasiones detener mega proyectos dañinos para el entorno. Así poco a poco, en un país intensamente dañado en su dignidad, por más camionadas de ansiolíticos y antidepresivos consumidos y como dicen en casi todos los medios, la olla simplemente explotó.

Pero se siente algo subterráneo entre medio de las marchas y concentraciones, una especie de emoción contenida que sufre con la pulsión de su liberación, un descontento y rabia permanente que no se calma con una caricia ni con un rayo de sol. Es una sensación incomoda de hastío y desesperanza. Es como ese malestar existencial-corporal-claustrofóbico, que se te pega temprano por la mañana, cuando te subes a los trenes atestados del metro y te acompaña durante todo el día. Una especie de stress post traumático generado por un estado que usa y abusa de tu fuerza de trabajo. Y te ríes porque te das cuenta, que igual eres un esclavo del consumo y marchas para reparar las veces que has sido un títere de una maquinaria opresiva y le pegas a la cacerola para acallar tu conciencia servil y gritas por las veces que viste pasar una ofensa y guardaste silencio.

Muchas cosas que cambiar, unas primero y otras después. Paso a paso. Sueño a jugar y condensar los sueños de miles que llegan a reunirse en las plazas de mi pueblo. Anoto las consignas y lo que dicen los carteles de los anónimos como yo, que repletan las avenidas. Me sumo a la fiesta y al carnaval. Bailo con desconocidos y dibujo rostros bellos que estaban en la oscuridad. Veo, por primera vez de verdad, a mi vecino Juan.   Cadena a cadena habrá que ir sacándose. Ladrillo a ladrillo el muro de la indiferencia se ira cayendo. Uno a uno se irá distribuyendo los lingotes de oro entre todos los chilenos. Se transformarán las bóvedas con dinero en cloacas pestilentes. La televisión se apagará y sentiremos la ausencia de manipulación por algunos instantes. Consumiremos solo lo necesario y caminaremos buscando lo esencial. No creceremos y si somos fuertes tal vez logremos un decrecimiento. Las plazas estarán llenas de gente conversando y niños jugando.  Asumiremos derechos para todos en una nueva constitución. Nos armonizaremos con la tierra, el agua y el viento. Y le dejaremos un lugar para vivir a las futuras generaciones.   Repaso mi lista de imposibles y creo que me falta solo una, viviremos en base al amor. Me animo a escribir mi propio cartel. Anoto con un plumón “Menos es Más” “Por una civilización sostenible” y salgo a marchar.

Hay una violencia sistémica que pocos parecen verla pero que un cartel en la marcha de la salud lo manifestaba claramente, violento es morir esperando una atención, violento es tener una enfermedad grave y no existir los recursos para tratarla. Con la misma lógica podemos ampliar la mirada a otras áreas de la vida, violento son las pensiones que no alcanzan para llegar a fin de mes y violento es una educación pública sin recursos. La respuesta a mi juicio a esa violencia es con una actitud basada en los valores que surgen kantianamente del fondo de cada uno de nosotros.  Una rebeldía que no ensucie los sueños de todos. En ese sentido el “evade como Piñera” no me parece una buena consigna. Si el otro lo hace mal no es justificación para que yo haga lo mismo. Diferente es evadir como una forma de protestar o llamar la atención contra un sistema injusto. Sabemos lo trucho de nuestro presidente por evadir impuestos de sus propiedades y tantas otras yayitas, sabemos de políticos financiados por empresas privadas, sabemos del pacogate y del milicogate. Es un sistema en que, de capitán a paje, intentan aprovecharse de las circunstancias para beneficio individual, que es la base ideológica del modelo que nos rige, o no les suena eso de capitalización individual. Eso es lo que hay que cambiar.  De los patos malos, mejor ni hablar.

Carlos Peña, eminente intelectual chileno, abogado y filósofo, planteó la idea que el rol principal del estado es garantizar el orden, todo lo demás es humo. Avalando de esa manera el estado de emergencia y el toque de queda con lo que el gobierno dio respuesta inicial al estallido social. No seamos ingenuos, claro que se necesita una organización para vivir, pero lo que vimos fue una respuesta de una elite política que defiende su modelo a toda costa, bien lo sabemos los chilenos, que los poderosos se tornan violentos cuando ven amenazados sus privilegios. Ocuparon y ocuparán la fuerza para restaurar el orden que les conviene. El aspecto que se olvida es que tipo de orden es el que queremos que se restituya. Nadie quiere volver a la normalidad del abuso. Que diferente sería si volvemos a un orden, como decía otro cartel, en que la dignidad sea costumbre. ¿Tendremos la fuerza para lograr cambios estructurales? No lo sé, pero si sé que una marcha de más de un millón de personas en plaza Italia solo provocó algunas sonrisas inquietas en la clase dirigente y algunas migajas que se cayeron del plato de los grandes empresarios.

Hoy, camino para la plaza, veo un cartel pegado en la muralla de mi trabajo y es como una estrella en el firmamento. Mañana, Cabildo a las 12:00 horas, Traiga su taza, aquí compartiremos café.

Álvaro Pizarro Quevedo

Santiago, 5 de noviembre 2019