Por: Cicerón Flórez Moya*

La movilización de colombianos en defensa de la vida debe mantenerse como una respuesta militante contra el crimen organizado que se ha desbordado en el país. Y tiene que repetirse cuantas veces sea necesario hasta cerrarles el paso y los espacios a los agentes o los grupos dedicados a esa barbarie.

Las marchas del viernes demostraron que la inconformidad por el exterminio de los líderes sociales es una corriente activa. No es tampoco una protesta vacía. Evidencia el rechazo colectivo a la fuerza con que se busca el predominio de unos privilegios de clase o de círculos mafiosos atornillados en el pernicioso latifundismo con ínfulas de poder.

Ante ese monstruo de la violencia recurrente no puede haber pasividad y hay que salirle al paso, sobreponiéndose a todas las barreras. De lo contrario, la nación será devorada por la acción de quienes usan las armas para apoderarse ilegalmente de bienes que no son suyos. Algunos antecedentes lo confirman.

En los tiempos nefastos del sectarismo partidista, que le dio paso a una violencia de sistemático exterminio, no solamente se mataban a los contrarios, sino que también se arrebataban tierras. Fueron entonces muchos los desplazados a los cuales se les despojó de cuanto tenían.

Ahora se repite esa aberración siniestra. Caen los líderes sociales por lo que piensan o lo que dicen, por lo tienen o defienden. Los que logran escapar al suplicio de la muerte, se suman a la fila de los desplazados. Entran en el tumulto de víctimas con destino incierto.

La muerte recurrente de dirigentes lleva varios ciclos en la historia de Colombia. El capítulo de la Unión Patriótica es escalofriante. Sus líderes fueron exterminados con sevicia y a los criminales los arropó la impunidad.

Lo que ha vuelto a ocurrir pone al descubierto la permisividad oficial frente a esa racha de sangre y fuego. A pesar de que el Presidente se lamenta y anuncia protección se repite el asesinato de líderes y hay quienes mitigan a los culpables acudiendo a consolaciones simplistas. Es la manera ligera de desconocer la gravedad de una situación que afecta la seguridad de todos y debilita la democracia, porque deja expuesta la vida al tropel de los beligerantes que se saltan las garantías ciudadanas y hacen trizas los derechos.

La defensa de la vida de los líderes sociales es parte fundamental de la paz, frente a la cual es ostensible el desgano oficial. La paz es el camino que Colombia debe consolidar para superar tantos desajustes que no la dejan salir del círculo de la violencia que la atrapa.

Esta causa que promueve la protección a la vida debe tener continuidad cotidiana. Es como un activo fundamental para fortalecer la democracia y el Estado Social de Derecho, como tiene que ser.

Puntada

Inscritos ya los candidatos a los cargos de elección popular, lo que sigue es conocer sus propuestas. Son muchos los que al respecto callan como un pez.

*Cicerón Flórez Moya
ciceronflorezm@gmail.com