Por: Cicerón Flórez Moya

El Congreso tiene que ser uno de los soportes activos de la democracia. Su origen popular en elecciones a las que se le atribuye legitimidad le impone responsabilidades rigurosas y, por consiguiente, sus actos deben estar libres de entramados tramposos.

Legislar a la medida de intereses excluyentes o en beneficio de privilegios muy particulares, es desestimar el deber de atender con prioridad los problemas que afectan en forma generalizada a la comunidad nacional.

Las decisiones que se tomen respecto a los asuntos de interés público, deben ajustarse sin sesgos a los fines de un Estado Social de Derecho, como principio de la Constitución.

La frustración de iniciativas como las que buscan combatir la corrupción introduce una señal negativa en el Congreso. Es ceder a las pretensiones de quienes están dedicados a abusar del poder para beneficiarse por la vía de la ilegalidad. Es dejar abierta la puerta de salida de los recursos oficiales hacia el enriquecimiento ilícito, como descaradamente se ha venido consumando con la complicidad de los órganos de control y hasta la permisividad de los mismos ciudadanos que no sancionan mediante el ejercicio del voto a los comprometidos en ese juego sucio tan recurrente en el país. Una indiferencia de graves efectos para todos.

La nueva legislatura del Congreso debe dar lugar a reflexiones correctivas. Tienen que ser conscientes sus miembros de las diferentes bancadas de la importancia que tiene para la nación un trabajo realizado con transparencia y ajustado a cuanto se requiere para superar tantos escollos acumulados. Los partidos tienen que trazar directrices serias que promuevan leyes con las cuales sea posible avanzar en el mejoramiento de las condiciones de vida de los colombianos, poniendo énfasis, principalmente, en la eliminación de los factores de desigualdad, a fin de estimular el mejor aprovechamiento del talento humano y de las posibilidades disponibles.

Asuntos de tanto peso como ajustes en el sistema de salud, la decantación de la justicia para sacar su manejo de los laberintos que la desvían o la reforma a la política que haga posible su ejercicio en condiciones democráticas, tienen que tratarse sin más retardos y con la voluntad de acertar en los nuevos contenidos. Están pendientes las soluciones a otros problemas que son pan de cada día en la nación, generadores de dificultades para los sectores con déficit en su diario vivir. Sin equidad y bajo la presión de la división de clases no parece posible salir de las adversidades que enrarecen el ambiente nacional.

El Congreso debe tener capacidad legislativa para trabajar en las soluciones que reclama la nación, en lo que corresponda a su competencia. Se requiere, claro está, claridad de parte del Gobierno, a fin de que lidere políticas que le den a Colombia estabilidad en la paz, con un desarrollo que comprenda las más urgentes soluciones a los problemas pendientes o a los que siguen generándose por la indiferencia del Estado.

Puntada

La situación de las Fuerzas Armadas de Colombia es de cuidado y no puede tratarse con paños de agua tibia. La corrupción y los desvíos hacia el paramilitarismo, con la reedición de los falsos positivos, son males mayúsculos y deben asumirse en esa dimensión.

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