El clamor por el acto atroz del ELN no puede y no debe ser usado para crear una nueva cosecha de guerra para la Colombia rural

Por: Piedad Córdoba Ruíz | Enero 30, 2019

Mientras escribo esta columna, la guerra con el ELN parece inminente. El gobierno ha optado por darle fin a los ya de por sí estancados diálogos con la última guerrilla del país. No es una sorpresa, desde su posesión el presidente Duque optó por debilitar la negociación al promover ataques de la fuera publica contra esta guerrilla en un esfuerzo por obligarla a renunciar a la mesa de diálogo que había iniciado con la administración anterior.

Resulta claro que los trágicos hechos de la semana pasada le resultan más provechosos al gobierno que al país, la brutalidad del ataque contra la más prestigiosa academia de policía colombiana, que devastó la vida de 20 jóvenes cadetes y sus familias y que va a afectar la de millones de colombianos en las zonas controladas por el ELN, parece un regalo para el presidente Duque y más aún para el senador Uribe.

El ELN ha aceptado su responsabilidad en el ataque, a pesar de que sus líderes aseguran que no conocían de los planes para llevarlo a cabo. En una grabación publicada el martes 22 de enero por el diario El Tiempo, el comandante Uriel del ELN indica que lo ocurrido en Bogotá los sorprendió y establece que las acciones no son previamente discutidas. Básicamente, cualquiera decide ejecutar un ataque de semejantes dimensiones, sin consultar con nadie. Si esa es la lógica, entonces cómo la guerrilla del ELN esperaba avanzar con el diálogo, cuando el COCE no sabe lo que los comandantes en el campo planean hacer.

Como mencioné antes, el ataque contra la Escuela de Cadetes General Santander es el tipo de eventos que sirven para potenciar gobiernos fallidos, uno como este, cercado por un escándalo de corrupción que involucra, no solamente al fiscal general de la Nación, el señor Martínez, sino al hombre de negocios más poderoso de Colombia. Además, hace que los colombianos se olviden de las muertes de activistas de derechos humanos y sociales, que suman tres nuevas víctimas desde la semana pasada. De igual forma, hace que no se mencione el grado de estancamiento en varias áreas de la implementación del acuerdo de paz con las Farc –EP, mientras sube la popularidad del presidente Duque y del fiscal general Martínez, y oculta la falta de liderazgo de est. presidencia y la corrupción que rodea al fiscal general, entre otros temas.

El miedo triunfa cuando las personas ven el sacrificio de sus libertades
como una inconveniencia menor a cambio
de una falsa sensación de seguridad, 

Más allá de eso, el ataque tiene profundas implicaciones para la narrativa de derecha conservadora que gobierna a Colombia. Esto es, más allá de los titulares y los hashtags, las marchas y las ridículas exigencias a Cuba, que la solución militar es la única solución, la respuesta superficial a las inequidades, injusticias y problemas sociales que están en el corazón de nuestra historia de violencia. El miedo triunfa cuando las personas ven el sacrificio de sus libertades como una inconveniencia menor a cambio de una falsa sensación de seguridad, peor aún, por la promesa de seguridad a partir de la acción militar. Y es eso precisamente lo que define a este gobierno: miedo.

El ataque de la semana pasada cambió la dinámica, gracias en parte a los medios que rápidamente enfocaron sus titulares y hashtags hacia: “Colombia Unida contra el Terror” o “Les llegó la mano dura” como Semana decidió titular su portada de la semana pasada. Guerra, violencia, terrorismo palabras que llenan de miedo la mente de las personas solo sirven para un propósito, justificar la injusticia, violación de derechos humanos, falsos positivos.  El clamor por este acto atroz no puede y no debe ser usado para crear una nueva cosecha de guerra para la Colombia rural. La guerra no es la solución, como sociedad no podemos continuar ese camino porque es el equivocado. Como ya se ha probado.

Piedad Córdoba Ruíz

Las 2 Orillas