Jerónimo Alayón* / en 16 de octubre de 2026
La conciencia ha dejado de ser, poco a poco, el territorio soberano del ser y se ha convertido en otro producto más de la prisa. Vivimos una economía de la atención que afecta sensiblemente las condiciones antropológicas que hacen posible la experiencia interior. La tecnología —que pudo potenciar nuestras facultades intelectuales— ha contribuido al deterioro de nuestro flujo cognitivo. Ciertamente, la colonización algorítmica de la mirada ha disuelto tanto nuestra capacidad de lectura profunda como la estructura íntima del pensamiento filosófico y la contemplación, pero, en el fondo, ha sido nuestra la decisión, la de un ser humano incapaz de cuidar su propio potencial intelectivo.
Nuestra contemporaneidad ha declarado una absurda guerra contra el aburrimiento. Aquel espacio liminar donde la conciencia solía encontrarse consigo misma —y robustecerse— fue erradicado desde la segunda mitad del siglo XX por sucesivas maneras de distracción. Hoy, todas ellas pasan por el implacable diseño de las interfaces digitales. Poco pensamos en ello, pero la mayoría de las cosas que vemos en las redes sociales son datos prescindibles, unas veces por vacuos y otras por falsos… La prisa con la que pasamos la vista sobre textos e imágenes incluso ha alterado la textura de nuestro tiempo vital.
La prisa es el solvente de la profundidad, y no lo queremos admitir. Al fragmentarse nuestra percepción del tiempo a causa de la prisa, perdemos la noción de horizonte temporal amplio. La consecuencia inmediata es esa suerte de atrofia intelectual en la que nos percatamos de que un sujeto es incapaz de mantener la atención intelectual sobre un objeto de abstracción más allá de unos pocos minutos, no pudiendo desplegar una idea compleja. Es triste, pero estamos presenciando cómo las ideas germinan y mueren casi inmediatamente, huérfanas de los nutrientes intelectuales que les hubieran dado cuerpo y desarrollo.
La tecnología nunca es inocente. Detrás de cada pantalla yace oculta una maquinaria que moldea nuestros deseos, incluso antes de que estos se expresen. El algoritmo funciona como un demiurgo que recrea a cada instante la geografía de nuestra atención. Al darle prioridad a los contenidos gratificantes y de alto impacto emocional, nuestro cerebro se entrena para buscar la recompensa inmediata y rechazar cualquier forma de exigencia cognitiva. Tengámoslo claro de una vez por todas: el algoritmo no busca la verdad, sino la permanencia ante el dispositivo.
Toda esta reingeniería de la conducta humana tiene por norte, en el fondo, desmantelar la maquinaria de la deliberación, del pensamiento crítico. No podía ser de otro modo cuando las redes sociales entregan contenidos alineados con el sesgo algorítmico creando burbujas informativas e infértiles parcelas cognitivas. Si a ello sumamos el sesgo de confirmación —cuya finalidad es no contravenir nuestras creencias—, la mesa está servida para la entronización de un pensamiento minusválido que, además, rehúye la otredad. Al reducirse la fricción entre el sujeto y el objeto cognitivo, se acaba la indagación filosófica. Hemos regresado al presocrático imperio de la doxa.
Leer un libro extenso —estoy pensando en el Quijote, Los Miserables, En busca del tiempo perdido o El hombre sin atributos— supone un pacto de hospitalidad, un ritmo de marcha sostenida en compañía, cruzar el bosque de las ideas para salir, al otro lado, transformado. Este ejercicio, cada vez menos frecuente, es cada vez más una arqueología antropológica.
La metodología epistémica actual vive a la caza de palabras claves y ha desarrollado un método de lectura fragmentario y esquemático, todo en aras de un máximo rendimiento de la información. Sin la ahora extemporánea demora que exigía la lectura profunda, necesaria para la lúdica y creativa interacción entre memoria, imaginación y análisis crítico, el intelecto se empobrece en un picoteo interminable de hilos informativos… sin perspectiva del tejido.
La actitud intelectual —de la cual, me temo, nos alejamos cada vez más— demanda habitar las contradicciones del texto, demorarse en sus ambigüedades. Nuestra cultura digital, por el contrario, aborrece lo ambiguo porque entorpece el fluido consumo de la información. Aplanando el lenguaje, los microformatos digitales empobrecen también la expresión del pensamiento humano. El procesamiento textual fragmentario induce una producción textual igualmente fragmentaria, y eso lo estamos palpando de primera mano en las universidades.
En medio de semejante naufragio e intemperie, queda —una vez más— invocar el valor del pensamiento filosófico. La contemplación filosófica es, por antonomasia, un acto absolutamente desinteresado en el que nos sustraemos de todas las urgencias utilitarias para imbuirnos de lo inabarcable. Es, por tanto y de entrada, una confesión de pequeñez, en la que la conciencia se demora ante el misterio sin la pretensión inmediatista de resolverlo o monetizarlo. En esto no hay cabida para la lógica del rendimiento, propia de los ecosistemas mediáticos, en los que todo debe traducirse en una reacción medible de la audiencia porque… cuando el hombre está a solas ante la inmensidad, no hay audiencia.
Cuando el pensamiento está bajo el constante asedio de la hiperconectividad, no queda espacio para la contemplación filosófica. Si hay algo que el pensamiento filosófico necesita para hundir sus raíces en la tradición y en la experiencia propia es tiempo y un sustrato cognitivo sólido. La fragmentación hipertextual y la segmentación algorítmica no solo dinamitan ese sustrato, sino que nos dejan suspendidos en un presente poco profundo, en el que desaparecen el pasado donde vive la tradición y el futuro donde habita el horizonte global del saber. Somos una flecha que no sabe de dónde viene ni a dónde va, eternamente estacionada en el arco.
La inmediata consecuencia de ello, además de la paulatina muerte de la erudición, es la pérdida de nuestra capacidad para experimentar la trascendencia humana. Sísifo, definitivamente, debe de estar muy feliz. Con la pérdida del pensamiento filosófico sobreviene la tisis de la dignidad: la economía de la atención nos aleja apresuradamente de la posibilidad de interrogarnos sin complacencias y con autenticidad.
¡Bravo! Hemos construido para nuestros hijos y nietos un mundo prodigioso en hiperconexiones, pero los hemos condenado a vivir en un desierto sin sentido existencial. Quizás lo peor sea que los hemos transformado en adláteres de esa barbaridad. En esta carrera absurda por optimizar cada instante de nuestras vidas y los flujos de información, hemos tapiado la puerta del santuario donde habitan fecundamente la belleza, el arte, la filosofía y la hondura del alma donde cobran sentido razón y pasión. Todo este consumo desenfrenado de fragmentos informativos nos deja exhaustos e indigestados de naderías, pero hambrientos de verdadera sabiduría.
Cuestionar la superficialidad que cunde a diestra y siniestra no tiene por qué implicar un rechazo a la tecnología, sino al pésimo uso que estamos dándole. Sin duda, hemos sido llamados a algo mucho más elevado y trascendente, pero, para alcanzarlo, debemos hacer una pausa y darnos un espacio interior.
Echar de menos la lectura profunda y la contemplación quizás puedan parecer un acto de nostalgia. Quizás, pero es también un acto de rebeldía ontológica, un grito de supervivencia metafísica en medio de las tinieblas de una ya larga noche digital, una higa hecha contra la tiranía del algoritmo y el sesgo de confirmación, un puño asestado sobre la mesa del ruido social para exigir el derecho soberano al silencio porque… solo en ese territorio interior habita lo más auténtico y sagrado que tenemos, pero… ¡cuesta tanto oír su voz!
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*Jerónimo Alayón Gómez (Caracas, 1966) es un destacado lingüista, escritor, editor, consultor y profesor universitario venezolano. Es reconocido por su amplia trayectoria en el estudio del discurso, la retórica y la literatura, así como por formular la teoría del livelazgo comunicante en el año 2003.
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