Hace 33 años (sic), Etiopía perdió su salida al mar Rojo, como consecuencia de la guerra de 30 años (sic) de independencia de Eritrea (anexada por el emperador etíope Haile Selassie en 1962). El efecto fue demoledor debido a que Etiopía perdió su salida al mar y sus dos puertos estratégicos de Assab y Massawa.
En fechas recientes detonó una nueva guerra entre Etiopía y Eritrea que ha pasado de una conflagración larvada a una escalada que puede desembocar en una guerra regional alrededor del superestratégico estrecho de Bab al‑Mandab (que en árabe significa la Puerta de las Lágrimas) y que conecta el océano Índico, el golfo de Adén, el mar Rojo, el canal de Suez y el mar Mediterráneo.
El pasado 1 de octubre Etiopía expulsó a los diplomáticos de Eritrea, a la que acusa de una «invasión total» y de haber penetrado 60 km adentro de la provincia de Tigray (norte de Etiopía) en apoyo a los rebeldes secesionistas del TPLF.
En forma notable, Eritrea impugna que Etiopía busca una justificación para obtener una salida al mar Rojo, específicamente a su anterior puerto de Assab.
Los 2.234 kilómetros de costa marítima de Eritrea en el mar Rojo han incrementado su valor estratégico cuando, exactamente enfrente, en su ribera oriental, las fuerzas yemenitas de Ansaralá (mal llamados ‘hutíes’ por la despectiva propaganda occidental) controlan gran parte de la costa de Yemen, especialmente el célebre puerto de Moca, que le ha conferido, además de otras islas recientemente capturadas, el control del superestratégico estrecho de Bab al‑Mandab.
Por el estrecho de Bab al‑Mandab —cuya importancia geopolítica radica en el control y vigilancia de la ruta golfo de Adén-canal de Suez, que conecta el océano Índico al mar Mediterráneo—atraviesan 4,2 millones de barriles al día del tan preciado petróleo.

Pareciera que se repite el axioma del ‘Lebensraum’ (espacio vital) que catalizó la Segunda Guerra Mundial, ya que hoy Etiopía, miembro de los BRICS desde 2024, constituye el país más poblado del mundo sin costa marítima y es obligado a usar a Yibuti, su país vecino, que le sirve de oxigenación marítima.
A propósito, Abiy Ahmed, el primer etíope que recibió el Premio Nobel de la Paz (en 2019), ha proclamado que la salida al mar de su país, con 136 millones de habitantes, es un asunto «existencial», ya que Etiopía no desea permanecer como «prisionera de la geografía».
El Banco Mundial estima que el 95 % de las importaciones y exportaciones de Etiopía pasan por Yibuti.
El diminuto Yibuti es un país miembro de la Liga Árabe: superficie 23.200 km², población 1,07 millones; PIB (Poder Adquisitivo) 30.930 millones de dólares, y una exigua costa marítima de 314 km que representa su verdadera valía, donde resaltan cinco bases navales, en orden de presencia militar: 1 – EE.UU.: ¡la única en toda África!, con 4.000 militares, 2 – Francia: 1.500 efectivos, 3 – Italia: la expotencia colonial, 4 – Japón, y 5 – China: su segunda base militar en el extranjero, al unísono de la más reciente base naval de Ream (Camboya).
Llaman poderosamente la atención el singular contingente de EE.UU. y la presencia de China, cuya única base militar en el mundo era hasta hace poco la de Yibuti, lo cual evidencia la gran relevancia del estrecho de Bab al‑Mandab: ¡dos de las tres principales superpotencias geoestratégicas del planeta!
Justamente hace una año realicé una visita de turismo geopolítico tanto a Etiopía como a Yibuti.
Otro tópico de fricción entre Etiopía y Eritrea radica en la composición religiosa de ambos.
Etiopia ostenta 44 % de cristianos ortodoxos y alrededor de 23 % de protestantes, lo que arroja un total de 67 % de cristianos; mientras que Eritrea se encuentra prácticamente dividida entre cristianos (47 %) y musulmanes (52 %), según World Religion Database/US State Department.
Debido a la descomunal desproporción entre ambos, teóricamente en el papel, sonaría suicida una guerra entre Etiopía —superficie 1,1 millón km², población 136 millones, PIB (Poder Adquisitivo) 561.350 millones de dólares— y Eritrea—superficie 117.600 km², población 3,61 millones, PIB (Poder Adquisitivo, datos FMI del 2019): 6.400 millones de dólares.
Más allá de las bases navales de cinco países en Yibuti, cabe mencionar la presencia de otras tres bases de apoyo militar en el golfo de Adén, continuidad marítima con el mar Rojo: en Somalia, la secesionista provincia de Somalilandia (únicamente reconocida por Israel) y Yemen.
Vale la pena recalcar las maniobras balcanizadoras del primer israelí Netanyahu y del presidente estadunidense Trump, quienes buscan balcanizar a Somalia en dos pedazos (Somalilandia y Puntlandia) con el fin de repartirse sus minerales y oro a cambio de una base naval que controlaría la conectividad del golfo de Adén con el estrecho de Ormuz.

Un mar, tres guerras y demasiadas potencias: el peligroso nuevo frente en Oriente Medio
Por lo pronto, las tres bases navales existentes son las siguientes: 1 – Bosaso en Puntlandia (región autónoma de Somalia en la punta del Cuerno de África): con aeropuerto militarizado y presencia de fuerzas de Emiratos Árabes Unidos y EE.UU.; 2 – Berbera (Somalilandia): con participación de Emiratos Árabes Unidos en alianza con Israel y EE.UU.; y 3 – Puerto de Adén (todavía bajo el control del Gobierno yemenita prosaudita y anti‑Ansaralá): con instalaciones militares.
Llama la atención la presencia desproporcionada de Emiratos Árabes Unidos —país diminuto de 1,3 millones de habitantes (¡11 % de la población total, que en su mayoría son expatriados del subcontinente indio!) y una enorme riqueza que ostenta la segunda mayor cantidad de Fondos Soberanos de Riqueza (Wealth Sovereign Funds) en el mundo—, que no pocos analistas señalan como el caballo de Troya de Israel a los dos lados de la península arábiga: tanto en el golfo Pérsico como en el mar Rojo.
Emiratos Árabes Unidos mantiene en forma increíble una notable presencia en el Cuerno de África con una fuerte inversión en puertos y aeropuertos, instalaciones militares y apoyo a las fuerzas de seguridad de los países anfitriones, como es el caso de su presencia en Berbera y Bosaso.
Por cierto, mientras Etiopía aún no tiene salida al mar, por esas paradojas del destino geopolítico hoy detenta el control de la principal rama del río Nilo, el Nilo Azul, que aporta 85 % de su caudal, del cual es rehén hidráulico Egipto.
Como si toda la explosividad acuífera fuera poca, el conflicto entre Etiopía y Egipto se debe a la gestión del volumen de agua del Nilo Azul que proviene de la construcción de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD): la presa hidroeléctrica más grande de África, situada cerca de la frontera con Sudán.
En este sensible contexto geopolítico, impactaron notablemente las recientes declaraciones tanto del presidente Sisi de Egipto como del emir de Qatar, Al Thani, quienes, cada uno en sus respectivos foros, advirtieron a sus ciudadanos de la inminencia de los peores escenarios en la región.
En esencia, se puede aducir que las escaladas militares tanto en el golfo Pérsico como en los países fronterizos del estrecho de Bab al‑Mandab pueden amplificarse todavía más debido al desarrollo de la conflagración en curso entre Etiopía y Eritrea.
Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de PB.
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*Alfredo Jalife-Rahme, (Mérida, 1948) es médico, profesor universitario, escritor y analista geopolítico mexicano de ascendencia libanesa. Especialista en relaciones internacionales, geopolítica, economía y globalización, ha desarrollado una extensa trayectoria académica y periodística y es autor de numerosos libros sobre el orden mundial contemporáneo.♦





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