Por: Felipe Pineda Ruiz*

24 días después de abandonar el poder, el Pacto Histórico empieza a sufrir el desgaste de estar por fuera del Gobierno.
El eje central de la discusión reciente, del partido con más representatividad del país, responde tanto a episodios coyunturales de disciplina legislativa como a un debate estratégico de fondo sobre cómo reorganizarse y ejercer la oposición política.

Tras la entrega del ejecutivo, el movimiento debate el modelo de oposición frente al nuevo gobierno. Muestra de esta reestructuración es la propuesta de conformar un «Gabinete por la Vida» para ejercer control político riguroso, lo que reaviva las pugnas internas entre quienes buscan un bloque único cohesionado, al estilo estalinista, y aquellos sectores que defienden la autonomía de sus personería jurídicas particulares.

Las pugnas comienzan por el enfoque: las contradicciones entre la «realpolítik» parlamentaria (votos institucionales) y los dogmas orgánicos de la coalición están generando un fragmentación expuesta en el CNE y las votaciones del Congreso.

Sin embargo, el paso por el ejecutivo estos cuatro años ha terminado por agudizar el divorcio entre la dirigencia y las bases sociales en el Pacto Histórico, algo que se traduce en un evidente irrespeto a la inteligencia de la militancia que raya en lo ridículo: se invita a la gente a derrotar el fascismo de Abelardo uniéndose con Uribe, mediante un «Pacto de silencio e impunidad» entre Petro y Uribe.

Dicha alianza ya ha tenido dos sucesos iniciales, protagonizados por una alianza que se podría denominar Pacto Democrático o Centro Histórico: 1) la votación que terminó con Honorio Henríquez electo como presidente del Senado; 2) el voto positivo en la comisión de acusaciones, por parte de 5 congresistas del Pacto Histórico, en la que que se buscaba que sea la comisión la que juzgue a Uribe ¿Y a Petro?

Estos acuerdos tienen como protagonistas a quienes podríamos denominar como el «statu quo de izquierdas» , compuesto por personas que viven de la burocracia y de la contratación estatal, y de fondos generosos de la cooperación internacional hace décadas, quienes dominan los partidos y movimientos del Pacto Histórico como si se tratara de microempresas y famiempresas electorales.

Igualmente , es preciso señalar que el modus vivendi, de esta «izquierda caviar», no corresponde al de la clase trabajadora a la que dice representar y en la praxis este selecto grupo no ha podido posicionarse como un sano contrapeso al caudillismo reinante por parte del presidente Petro.

Lo anterior ha repercutido en el quéhacer político del Pacto Histórico, al reproducir su dirigencia los comportamientos de los sectores de poder tradicional en el país: este poliburó de izquierdas, con su silencio cómplice, ha terminado por aplaudirle todo al ex presidente; ha permitido que sus favoritas y esquiroles escalen política y económicamente a expensas de luchas históricas en las que nunca han participado; y ha dado el visto bueno para que la tribuna, el poder y el espacio a advenedizos aduladores, expertos en salamería, arribismo y simulación digital esté asegurado.

¿Cuál ha sido el resultado de tanta podredumbre? otorgar curules de acuerdo a gaseosas lealtades que terminan con daños irreparables al tejido revolucionario ¿Hasta cuándo este contingente de negociantes seguirá ralentizando la transformación y burlandose de las multitudes que realmente han puesto su vida por un verdadero cambio? ¿en serio tenemos que seguir al vaivén de una dirigencia de papel que se adocenó y se enriqueció con las prebendas que otorga fingir demencia y mirar para otro lado?

Es perentorio superar la distopia del presente y sentar las bases de la Colombia futura, por fuera de quiméricas utopías. Es necesario aprender del pasado y construir los cimientos para avanzar hacia una izquierda pospetrista en el corto plazo, una izquierda desarrollista y propositiva que ponga en el centro el cuidado del otro y deje atrás el sectarismo, el oposicionismo y la victimización, una izquierda que se conecte con las nuevas necesidades y realidades de la Colombia del siglo XXI. Si lo soñamos, lo logramos.

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*Felipe Pineda Ruiz es investigador social, analista político y columnista colombiano. Magíster en Gobierno y Relaciones Internacionales, dirige el laboratorio de innovación política Somos Ciudadanos. Su trabajo se concentra en el análisis de la política colombiana, los movimientos sociales, la democracia, el sindicalismo y las transformaciones de la izquierda. Ha colaborado con medios nacionales e internacionales como Nueva Sociedad y Las2Orillas, donde ha desarrollado una amplia producción de análisis y opinión sobre la realidad política del país.

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