Luis Casado

Escribe Lautaro Rivara (23 de diciembre de 2025): periodista y analista especializado en geopolítica de América Latina y el Caribe.

Sueñan los robots con ovejas eléctricas y sueñan los liberales con una política androide: con ciudadanos, pero sin pasiones; con individuos, pero sin muchedumbre; con democracia, pero sin política; con antagonismos, pero sin exabruptos; con rutina, pero sin rituales; con estadistas y funcionarios, pero sin plebe; con la paz de lo instituido, sin el tumulto de lo instituyente.

En su visita al país andino, el docente e investigador mexicano Carlos Pérez Ricart publicó en el diario Reforma una columna titulada “Chile: un país normal”. Atrajo nuestra atención no sólo lo provocativo del título elegido en un contexto pos electoral, sino también el hecho de que quizás sea la síntesis más antológica de todos los lugares comunes del extremo centro liberal en lo que a su peculiar concepción de la democracia refiere. Por eso nos dedicaremos en extenso al análisis de las varias –y muy instructivas– zonceras allí vertidas. Pérez Ricart tiene la extraña virtud de sistematizar y glorificar todos los límites, errores y desatinos de la democracia neoliberal que el portentoso ciclo democrático de comienzos de siglo vino a impugnar en América Latina y el Caribe: la democracia de palacio, elitista, leguleya, clasista, racista, rutinaria, anquilosada y formal.

La democracia que para millones de trabajadores, indígenas, campesinos, pobladores urbanos, mujeres y disidencias fue un corsé y una afrenta, para Pérez Ricart es motivo de inocultable regocijo. Filosóficamente panglossiano, el articulista mexicano, como el personaje de la fábula de Voltaire (y como su inspirador el filósofo Gottfried Leibniz) considera que Chile vive en la mejor de las democracias posibles. ¿Las pruebas de tan controvertida presunción? Las veremos a continuación.

El texto, a medio camino entre la crónica y el ensayo político, comienza con la visita de Pérez Ricart a Punta Arenas. Allí donde nació y emitió su voto el presidente en ejercicio Gabriel Boric Font, el arquetipo de todo lo que ponderan positivamente los liberal-progresistas: desapasionado sin llegar a lo glacial, simpático sin ser risueño, cordial y comedido: un poco insustancial y sin carisma, es decir, sin riesgos de desviación demagógica o populista. El non plus ultra, en suma, de todos los valores centristas. Allí, en los territorios australes de la Patagonia chilena –y esa fue nuestra primera gran sorpresa– el cronista asegura que “empieza el paisaje y termina la política”.

Cualquiera podría, con un poco de malicia y algún bagaje histórico, intuir aquí un viejo tropo del pensamiento liberal-colonial común a las élites chilenas y argentinas de los siglos XIX y XX: el desierto imaginario, el territorio aparentemente vacío, los últimos confines de la barbarie, allí donde como no hay “gente” en sentido estricto –es decir ciudadanos blancos y letrados, sino apenas indios– tampoco puede haber civilización, y mucho menos política, se sobreentiende.

De un lado la polis, la ciudad moderna, la inmigración europea, la blanquitud, la ciencia y el progreso. Del otro lado el fiordo y la estepa, el sur salvaje, los gauchos y los indios, el fetichismo, el atraso y la violencia. Puede parecer una pregunta insidiosa en torno a una frase aparentemente banal, pero insistimos en su importancia: ¿por qué considera Pérez Ricart que la política acaba en aquellas latitudes australes, como acaba el verdor de los bosques lluviosos del Aysén?

Todo en la crónica de Pérez Ricart es gris y pusilánime: hasta la llovizna persistente que evoca su narrativa. “Votar en Chile –nos cuenta desde el extremo sur, lo único extremo en su ecuánime relato– es un trámite cívico ejecutado con obstinada sobriedad […] A diferencia de lo que sugiere parte de la prensa extranjera, más interesada en subrayar lo extraordinario, aquí nadie parece presenciar el fin de una era ni el inicio de otra. No hay parteaguas ni amanecer del fascismo. Estamos ante algo más prosaico –y por eso más importante–: el cumplimiento puntual de un rito conocido y largamente anhelado”.

Para el autor no constituye motivo de alarma alguno ni síntoma de un auténtico vuelco histórico el que el pinochetismo y el extremismo hayan retornado a gobernar La Moneda después de tres décadas y media, esta vez no aupados ya por un golpe militar, el terrorismo de Estado y la coordinación activa de la CIA, sino por vía electoral. Contra lo que su opinión sugiere, la novedad no pasó desapercibida para la opinión pública local, como se pudo ver en el animado debate en redes sociales que generó el hecho.

De la Falange al fascismo: un paso…

Hay otro dato que ni siquiera merece la consideración de Pérez Ricart, siendo quizás el más llamativo de todos: el que José Antonio Kast, el nuevo cruzado de la civilización occidental y cristiana y presidente electo del país, sea un admirador confeso de Augusto Pinochet, proponga deportar a 330 mil migrantes, reniegue de los más elementales derechos sexuales y reproductivos (hasta de la píldora del día después), haya sentenciado que “el Congreso no es tan relevante”, sea un racista contumaz que pretende derogar la (escasa) legislación favorable a los pueblos indígenas, defienda a capa y espada el genocidio israelí en Gaza o que haya amenazado con secundar una intervención militar estadounidense en el Gran Caribe.

Lo importante para el autor no es tanto lo elegible (o en este caso lo elegido) como el “valor de elegir” en sí mismo. La democracia se ve reducida a la libertad del consumidor (la forma sustitutiva del ciudadano para el dogma neoliberal), capaz de escoger en la gran góndola del capitalismo subdesarrollado la marca electoral de su preferencia, como quien elige su marca preferida de yogurt en los tantos “malls” que superpueblan Chile.

O de la “importancia de participar”, como el anciano de 70 años que trabaja como reponedor de esa misma góndola, que apuesta cada semana en la “polla de beneficencia” a la espera de que un golpe de azar cambie su destino. Si no lo hace no importa; lo intentará la próxima semana, como el elector volverá a probar fortuna dentro de cuatro años, aún a riesgo de volverse a equivocar. Como la luz de un faro, la democracia es algo que titila de forma intermitente cada cuatro años, dejando en medio un interregno de sombras.

De forma análoga, para Pérez Ricart lo primordial es “cuidar las instituciones”, sin que importe demasiado quiénes y para qué las instituyeron. Curiosa consideración en un país en donde la institución rectora de la convivencia colectiva es nada menos que la Constitución Política de 1980, elaborada por una comisión de “notables” designada unilateralmente por el régimen militar, y aprobada en un plebiscito en donde no hubo registros electorales, garantías legales ni derechos civiles.

Las instituciones funcionan…

Una carta magna que entre otras cosas institucionalizó las senadurías vitalicias, la total autonomía de la corporación militar, la extrema subsidiariedad del Estado y la criminalización de la disidencia, y que además definió a los recursos y derechos fundamentales como bienes absolutamente mercadeables, llegando al extremo de privatizar los recursos hídricos.

La pregunta que se impone es una pregunta de escolares, pero así y todo el autor de texto no se la plantea: nuevamente, ¿tiene un valor per se “cuidar” las instituciones, o esto depende del fin con el que fueron instituidas? Ni los cientos de miles de personas movilizadas durante el estallido, ni el 78 por ciento de la población que en 2020 “aprobó” el inicio de un camino constituyente parecían tener dudas al respecto.

Donde muchos vemos vacíos (aquí si, un auténtico “desierto”), Pérez Ricart ve algo colmado, pleno. “Esa ausencia [de desborde] decía algo. Algo que tiene que ver más con la confianza que con la indiferencia. La elección estaba ahí, pero no lo ocupaba todo. Se votaba sin suspender la vida. La sensación es que la política no había colonizado el espacio público hasta volverlo inhabitable”. La distinción es curiosa, dado que por definición el espacio público es el lugar preferente de la política, al menos en su acepción griega clásica: el conocido ágora, pero también las stoas (pórticos), los buleuterios (consejos), o los santuarios en donde dirimían los grandes asuntos confederales los miembros de las ligas anfictiónicas.

Más allá de esa salvedad histórica y conceptual, el problema de Chile no es, no podría ser, el que la política haya colonizado el espacio público. El problema es exactamente opuesto: que el mercado neoliberal, la corporación militar y luego la partidocracia auxiliar lo hicieron a partir del 11 de septiembre de 1973, produciendo un proceso masivo de retiro y privatización de la ciudadanía. La palabra clave, aquí, es “confianza”. La mirada superficial del autor pasa por alto una realidad fácilmente mensurable: que lo que caracteriza la relación de la sociedad chilena con la política, el Estado y la democracia es precisamente la desconfianza, pero no una desconfianza de cualquier tipo, genética o espontánea, sino una desconfianza impuesta a sangre y fuego en la dictadura y prolongada en transición, descontando el breve interregno abierto por el estallido y la Convención Constitucional.

Si hablamos de un indicador simple –quizás hasta simplista–, podemos ver con facilidad que desde 1988 la participación electoral se ha venido derrumbando en Chile de forma sostenida, desde el 90 por ciento que votó el plebiscito que inició el fin de la dictadura, hasta su punto más bajo en las elecciones de 2009 –las últimas con voto obligatorio– con un 66 por ciento de participación en ese entonces. Con el cambio de las reglas de juego y la imposición en 2012 del voto voluntario la participación se desplomó hasta su punto más bajo en las presidenciales de 2017 (las últimas previas al estallido) con un 46.7. Y se mantuvo baja incluso en la primera elección presidencial tras octubre (47.3), para repuntar ligeramente ante el atractivo ofrecido por el balotaje que enfrentó a Boric y Kast en ese mismo 2021 (55.6).

También podríamos considerar este indicador en perspectiva comparada: si tomamos los últimos ejercicios electorales de carácter no obligatorio en América Latina, Chile tiene uno de los desempeños más pobres de la región. El 47.3 de la primera vuelta presidencial del 2021 palidece frente a países que de seguro Pérez Ricart no considerará tan ejemplares ni a sus democracias tan “normales” y robustas: 61 por ciento en las presidenciales de México (2024), 57.9 en las presidenciales de Venezuela (2024) [o 60 según los datos de la oposición], 54.9 en las presidenciales de Colombia (2022), etcétera.

Pero consideremos otro indicador: Chile es uno de los países en donde la ciudadanía manifiesta mayor rechazo y desconfianza hacia las instituciones del Estado, los partidos políticos y el Congreso, los pilares de cualquier democracia liberal que se precie. No importa si consideramos datos de la OCDE, Latinobarómetro, el Centro de Estudios Políticos o CADEM, la conclusión es la misma. Chile está muy por debajo del promedio regional, en una franja crítica, mucho más cerca del descrédito unánime que reina en países crónicamente inestables como Perú (otro avanzadísimo experimento de subjetivación neoliberal) que de escenarios mucho más institucionalmente sólidos como los de México, Brasil, Uruguay o Costa Rica. Si eso no es desconexión, desconfianza y desafección, ¿cómo se llama?

Como vemos, aún tomando indicadores formales y procedimentales como esos que tanto entusiasman a los liberales (pero que para nosotros no son indicadores suficientes ni conclusivos), podemos ver que el “país normal” de Pérez Ricart es en realidad una nación en donde la apatía, el desapego y la antipolítica se generalizaron. Esto, tras ser inoculadas en el último medio siglo de vigencia de las políticas neoliberales, tanto en la dictadura como en la democracia extremadamente condicionada que vino después (cuyo mayor símbolo fue la senaduría vitalicia pero “legal” que ejerció el tirano), en esa suerte de Moncloa tercermundista, con generales pero sin Borbones, que condujeron los partidos centristas de la Concertación.

Pero retornemos al texto. Prosigue el autor: “Alguna vez leí a Javier Cercas escribir que un país civilizado es aquel en el que sus ciudadanos no deben ocuparse demasiado de política. La clave –decía Cercas– está en esa palabra: demasiado. Es un tema de proporción. Cuando la política lo invade todo, suele ser porque algo no funciona: porque cada elección se vive como un plebiscito ético, como una amenaza existencial a algunos de los dos bandos. En Chile, en cambio, la política importa sin devorar. Se debate, se compite, se gana y de pierde, pero la vida no queda suspendida. La gente vota y vuelve a su rutina. Algunos piensan que es apatía. Yo, al ver los centros de votación, pienso que es una forma de madurez”.

No ahondaremos ahora en los afanes civilizatorios del pensamiento liberal-colonial; para eso pueden remitirse al “Manual de zonceras” original, el del ensayista argentino Arturo Jauretche, que no casualmente supo afirmar que la “zoncera madre” era precisamente aquella de “civilización o barbarie”, y que todas las demás zonceras se desprenden como vástagos menores de la primera y fundacional.

Volviendo a la cita: si hubo dos momentos en el Chile contemporáneo en “donde la política lo invadió y devoró todo”, donde la vida sí quedó en suspenso, donde todas las proporciones saltaron por los aires, estos fueron el bombardeo a La Moneda y el asesinato de Salvador Allende en 1973 y el estallido social de octubre de 2019.

Pero no hubo equivalencia en estos dos bandos antagónicos y aparentemente simétricos: sólo uno fue “existencialmente amenazado”, en el sentido de ser reprimido, torturado, asesinado o desaparecido, y fue invariablemente el campo de las clases trabajadores y las izquierdas.

Las élites pueden haber visto parte de sus privilegios amenazados en esas coyunturas (el gobierno de la Unidad Popular, el estallido y en menor grado también en el comienzo de la transición), pero su existencia física, su vida, su seguridad y su integridad (e incluso tampoco su propiedad ni su libertad), estuvieron nunca en entredicho. Volviendo a esas tres coyunturas: la primera fue un proceso masivo y violento de despolitización inducido por el shock represivo y el terror económico. El segundo fue un proceso de apertura y repolitización parcial desde arriba, ordenado y tutelado, sin muchedumbres, desbordes, ni ningún atisbo de democratización sustantiva (probablemente el ideal de Pérez Ricart, el inequívoco síntoma de “madurez democrática”). El tercero fue un intento contradictorio, espontáneo y extendido de repolitización social, que pese a las limitaciones y reveses conocidos (el naufragio de la nueva Constitución propuesta en 2022 es su expresión más evidente) aún no ha dicho su última palabra.

En efecto, si hubo en Chile un síntoma y a la vez una esperanza de democratización –tanto sustantiva como meramente formal– fue precisamente la polarización resultante del estallido, la desmesura de la protesta callejera de masas, la percepción social extendida de un antagonismo de tintes existenciales, la movilización desbordada de todas las pasiones contenidas (las altas y las bajas), el hondo revisionismo histórico que implicó la adopción de la bandera mapuche como símbolo; e incluso la violencia, entendida no ya como mero irracionalismo sino como un acontecimiento estrictamente político. No es casual que –como pudimos ver sobre el terreno en aquellas jornadas pos octubre– algunos de los blancos prioritarios con los que se ensañaron los manifestantes hayan sido universidades privadas y farmacias, fieles representantes de la exclusión educativa y sanitaria. La esperanza de democratización, bien o mal encauzada, se dio en fin a través de todos los fenómenos que en general repelen a los liberales extremo-centristas como Pérez Ricart.

El estallido, además de una gran revulsión, de una colosal catarsis colectiva contra los efectos más lesivos de la política económica, sanitaria, educativa, securitaria y previsional del neoliberalismo (“no son 30 pesos [el aumento al costo del metro que motivó las primeras protestas estudiantiles], son 30 años”, cantaban los estudiantes en esas jornadas), fue un masivo acto de reconversión que devolvió la fe a los apóstatas de la democracia y que permitió imaginar un horizonte de sutura entre una clase política (incluyendo a su ala izquierda) sumamente institucionalista y elistista, y una población (incluyendo a sectores organizados pero desafectos, con fuertes rasgos autonomistas y anarquizantes) a la que siempre le corrieron el arco donde debía intentar embocar sus intereses y sus pasiones.

Es sintomático, en relación a lo meramente formal, que el estallido haya llevado la participación electoral a las mismas cumbres que supo alcanzar al inicio de la transición (aunque un poco más bajas que en el triunfo del “No”, cuando el gran aliciente electoral era castigar a Pinochet). Pueden parecer meros números, pero no lo son: son la manifestación más clara de una esperanza que retornó brevemente y que, al ser otra vez traicionada por la clase gobernante y sus reflejos de élite (empezando por el salvavidas de Boric a Piñera cuando aquel caminaba al filo de la cornisa), volverá a hacer rodar a la población chilena por el plano inclinado de la desconfianza política y la apatía democrática.

No es nada casual que “El baile de los que sobran” de Los Prisioneros se haya convertido en el indiscutido himno oficial del estallido, con multitudes que gritaban a coro su conocido estribillo; canción que puede ser leída fácilmente como una punzante requisitoria contra el carácter extremadamente excluyente de la sociedad forjada por el there is not alternativeen su versión pinochetista: “Nadie nos va a echar de más, nadie nos quiso ayudar de verdad”. E incluso también releída a posteriori como una manifestación contra todas las promesas incumplidas de la pos dictadura: “Ellos pedían esfuerzo, ellos pedían dedicación. ¿Y para qué? Para terminar bailando y pateando piedras”.

¿Qué hay en el justo medio aristotélico entre estos aparentes “extremos”? Pues otro extremo: el extremo centro liberal, que no comprendió ni comprenderá jamás la fatiga democrática, el estallido ni sus demandas refundacionales. Por si su profesión de fe centrista no fuera evidente, Pérez Ricart aclara: “Eso no significa, por supuesto, que no haya quienes piensen lo contrario. Desde los márgenes –en la extrema izquierda y en la extrema derecha– hay quienes se esfuerzan por presentar cada resultado electoral como una anomalía”. El articulista no los enuncia, pero es evidente que considera al ala más progresista de la muy moderada coalición gobernante como “la extrema izquierda” (sectores del Frente Amplio y del PC que fueron los primeros en poner a Boric en la picota y en considerarlo el gran mariscal de esta derrota inmisericorde). Y que considera al ala más reaccionaria de la futura y eventual coalición de gobierno (incluyendo probablemente al Partido Nacional Libertario de Johannes Kaiser) su “extrema derecha”. Esto coloca a Boric y Kast en el mismo “centro institucional”, normalizando el fascismo de manera peligrosa; para el autor no hay anomalías democráticas y por lo tanto el show debe continuar.

“Para unos, Boric ‘entregó el país’ a la derecha [prosigue el artículo]. Para otros, el solo hecho de que gobernara fue ya una desviación intolerable. En ambos casos, la apuesta es la misma: dramatizar el relevo, tensar el sistema, volver excepcional lo que es ordinario”. Para Pérez Ricart no hay nada de dramático ni de extraordinario ni en el prontuario ni en el ideario del flamante presidente chileno, pese a “su pasado y sus posiciones oscuras”, como les llama con suma prudencia.

“Oscura” es una noche sin luna en un pueblo rural sin electricidad. El pasado de Kast no es “oscuro”: es el de una familia nazi y una militancia pinochetista, desde su activismo juvenil por el “Si” a Pinochet hasta su extensa trayectoria en el partido neo-pinochetista tradicional, la UDI, hasta la ruptura y creación de su propio espacio, el Partido Republicano, en el que por fin pudo recrear “una derecha sin complejos”, como gustan de decir los intelectuales de la Conferencia Política de Acción Conservadora con los que Kast y Kaiser se rodean.

Como se sabe, llamar nazis a los Kast no es un exabrupto retórico: su padre, Michael Kast, fue un oficial en activo del Tercer Reich, mientras que su familia se encuentra vinculada a la desaparición y asesinato de más de 70 campesinos allendistas en Paine, donde el clan construyó su feudo.

Pareciera que para Pérez Ricart si el fascista tiene buenos modales, usa un tono correcto y viste saco y corbata, no es tan fascista. El fascista sólo lo es en su variante imperial, como Trump; histriónica, como Milei; ostentosa, como Noboa; o despótica, como Bolsonaro. Volviendo a los afanes civilizatorios del pensamiento liberal-colonial, el pecado no es el fascismo, sino la falta de civilidad.

Continúa el artículo: “Los radicales no lo admitirán, pero la propia campaña dio señales de un aprendizaje forzado. La democracia obligó a ambos candidatos a redefinirse, aunque fuera de manera incómoda, hacia el centro. Jeanette Jara no hizo alarde de su militancia comunista ni convirtió su identidad partidaria en estandarte. José Antonio Kast, por su parte, moderó el tono y evitó hacer gran ajetreo de sus posturas más retrógradas. Es una forma de adaptación. Es el electorado poniendo límites. La democracia va de esos límites”.

Otra vez la falsa simetría: pareciera, para el articulista, que la militancia de Jara en un Partido Comunista sumamente moderado y sistémico como lo es el chileno sería un pasado tan “extremista” y pecaminoso como la militancia de Kast en el pinochetismo, o su cercanía con el pater familias nazi del que nunca quizo renegar, ni siquiera por pragmatismo.

Pero no fue el electorado en abstracto (un conjunto molecular de individuos libres y racionales) quien puso esos límites, sino un ecosistema mediático absolutamente concentrado y performativo, con un poder casi ilimitado para instalar agendas y narrativas (un indicador democrático sustantivo que los liberales en general se niegan a analizar).

Tanto es así que en un país en donde los índices de inseguridad son unos de los más bajos de la región, las corporaciones de prensa y las plataformas digitales lograron que los términos del debate social orbitaran de manera casi exclusiva en torno a la migración y la inseguridad, entendidos como los máximos flagelos de la sociedad chilena. Es interesante analizar al respecto el desfase entre crímenes violentos y percepción de inseguridad o el lugar del país (el tercero mejor ubicado de la región) en los últimos Índices de Paz Global.

Donde Pérez Ricart ve una sociedad que confluye armónicamente hacia el centro, lo que hay en realidad es una democracia que normaliza e institucionaliza el fascismo y que vuelve a desfondarse. Una sociedad que se polariza ya no entre la izquierda y la derecha sino, nuevamente, en el clivaje predilecto del pinochetismo y la transición: entre el arriba y el abajo. Entre el 15 o el 20 por ciento de integrados vía consumo que sostienen algún tipo de confianza en las instituciones, la democracia electoral y la movilidad social, y las inmensas mayorías anónimas (empobrecidas o endeudadas) que se repliegan sobre sí (“las masas repliegan hacia lo malo, pero conocido”, supo decir Rodolfo Walsh).

El “fenómeno Parisi” (quien obtuvo un impresionante 19 por ciento en primera vuelta), lejos de expresar linealmente a un electorado derechista, es una manifestación muy clara de este repliegue hacia las subjetividades neoliberales, el antiestatismo silvestre, el mito emprendedurista y la auto-explotación. El otro cauce que encuentra la insatisfacción social es la micro-política de las bajas pasiones y la búsqueda de chivos expiatorios (comunistas, migrantes, mapuches o quien sea) para explicar el incomprensible malestar: Parisi, Kast, y aún más claramente Kaiser, son expresión de esta solución punitiva.

Se trata, en suma, de las clases y fracciones de clase que acumularán las frustraciones y los rencores hasta que la olla vuelva a reventar en un próximo estallido; o peor aún, en los procesos implosivos que vemos en otras sociedades latinoamericanas y caribeñas, expresados en fenómenos como la anomia, la soledad, la xenofobia, la violencia, los consumos problemáticos, etcétera.

El domingo, continúa el texto: “Nadie hablaba de fraude. Nadie invocaba el fantasma del comunismo ni el regreso del pinochetismo. La elección era importante. Pero no trágica […] La derecha celebró sin anunciar redenciones históricas”.

En primer lugar esto es falso. Basta hacer un repaso somero de la prensa y las redes sociales en la jornada electoral y en la campaña previa para ver la resurrección de todos los fantasmas, y no sólo los del anticomunismo y el pinochetismo, sino también los de la misoginia más pertinaz, la retórica anti-migrante, el odio anti-mapuche y otras fantasías negadoras de todas las formas de alteridad.

Al cronista se le escapa otro sintomático detalle de la “normalidad” reinante: la represión del mismo domingo de la votación (esa sí, una rutina más aceitada que el propio ejercicio electoral) a cargo de Carabineros, una institución represiva no reformada –e irreformable– que aún inspira un miedo cerval a las juventudes chilenas. Esto, en un país en donde te pueden meter preso por tomar una cerveza en la vía pública, pero en donde un “paco” puede ser filmado mientras arroja a un adolescente desde un puente, resultar absuelto y ser premiado luego con su elección como diputado.

Nos referimos al caso de Sebastián Zamora, que tras resultar electo por Valparaíso tuiteó, con un inequívoco sentimiento de revancha: “perdió el octubrismo y ganó Chile”. Nadie habrá anunciado “redenciones históricas” (la grandilocuencia no es el estilo personal de Kast), pero no faltan los que ya anticipan una vendetta. Pero lo importante para el autor del texto no son estas nimiedades, meras excrecencias de una democracia liberal, alternada y saludable: “El poder cambia de manos; el ritual permanece. Así funciona desde hace tiempo”.

A continuación, Pérez Ricart rinde culto a una épica de lo intrascendente: “En un país donde alguna vez se prometieron ‘grandes alamedas’ para que pase el hombre libre, la democracia en Chile hoy avanza por vías mas estrecha y menos épicas: llamadas telefónicas, derrotas admitidas y transiciones sin dramatismo”.

El articulista vuelve a una rutina que fue celebrada hasta el hartazgo por la medianía liberal-progresista de la región: la consabida llamada del presidente en ejercicio al presidente electo para felicitarle. Como escribimos en otro artículo, los cultores de las meras formas son incapaces de comprender lo trágico de ciertos contenidos, como el hecho de que quien llegó a La Moneda homenajeando al promotor de “la revolución del vino y la empanada” le entregue hoy el poder a sus verdugos históricos.

¿Pero para qué “dramatizar”? Incluso no faltaron los liberales ofendidos que en redes amonestaron a quienes no apreciamos correctamente la grandeza del gesto y el talante republicano del joven estadista. Entre chiste y chanza comentábamos entonces que en la década del 30 estos mismos liberales hubieran telefoneado a Hitler para felicitarle tras su nombramiento constitucional como Canciller de Alemania.

El investigador apunta otra afirmación curiosa: asegura que en Chile “nadie suspende la democracia para salvarla”, pero omite a la vez otro dato escandaloso: el hecho de que algunas figuras son suspendidas –en Chile y en toda la región– para “salvar la democracia”.

Nos referimos al inverosímil proceso de lawfare desatado contra Daniel Jadue por el caso de las “farmacias populares”. Jadue, ex alcalde de Recoleta, descendiente de palestinos, ex precandidato presidencial del PC y favorito en las internas de 2021 en que sorpresivamente se impuso Boric, vio conculcados sus derechos políticos en un caso de persecución judicial que de seguro dará la tónica de otros tantos por venir.

Pero tampoco esto merece una mención a Pérez Ricart; ni siquiera la existencia de una corporación judicial, feudal y no electiva, parece empañar en nada la imagen de “un país normal” y cabalmente democrático.

Como colofón, el ensayista hace un somero balance histórico, que nos permitimos intervenir entre corchetes: “Nada de esto es casual. Chile es también un país que aprendió de la peor manera [¿con el terrorismo de Estado?] los costos del derrotero opuesto. La polarización llevada al extremo [¿por quién?] y la violencia política [¿contra quiénes?] no son aquí abstracciones [aunque se enuncien de manera abstracta, sin especificar responsabilidades]. Son memoria viva. Por eso existe una comprensión compartida [en las élites], si bien no explícita, de que ciertas líneas no se pueden volver a cruzar. […] Chile es un país normal [¿cuáles son los “anormales”?] a fuerza de golpes [¿militares?]. Su sobriedad se fue haciendo con el tiempo, a partir de aprendizajes costosos [en vidas humanas] y de una memoria que no se abandona [aunque no han faltado las tentativas de memoricidio, en un país donde aún reina la impunidad por los crímenes de la dictadura]. Aprendió –como escribió Javier Cercas– a no llevar la política demasiado lejos, a reconocer el punto exacto en que la pasión empieza a romper aquello que pretende salvar”.

En eso radica pues, el secreto del milagro chileno, que si los Chicago Boys y el Fondo Monetario Internacional celebraban en su faceta económica, Pérez Ricart festeja en su escueta dimensión institucional. Milagro que también recuerda al “verdadero oasis” que según Piñera era Chile en medio de una “América Latina convulsionada” (el antecedente tercermundista del “jardín europeo” de Josep Borrell, opuesto desde ya a la jungla o al desierto incivilizado). La historia, con su humor trágico, se encargó de desmentir al ex presidente apenas 9 días después, cuando la sociedad chilena pasó del letargo “democrático” al violento punto de ebullición sin estaciones intermedias.

Por eso decíamos en otro artículo que quien quisiera comprender la actualidad chilena y las últimas elecciones sin remitirse al menos hasta el estallido de octubre de 2019 (e idealmente hasta el golpe y la fallida transición) no comprendería nada. El efecto, Pérez Ricart se empeña en no comprender absolutamente nada. Las variables económicas y societales no existen. Ni siquiera el escenario internacional y las variables geopolíticas, dado que el autor ni siquiera se pregunta por qué esa democracia formal y rutinaria que idealiza agoniza hoy en todas partes, incluso en las pilas bautismales de una Europa cada vez más fascistizada y pos democrática.

Más que la crónica de un “país normal”, como anuncia, el texto es un ensayo de normalización de una democracia que en lo inmediato será gobernada por una coalición extremista, firmemente afincada en el tronco histórico del pinochetismo más recalcitrante, perfectamente articulada con otras expresiones menos comedidas del bestiario derechista, como la Argentina de Milei, el Ecuador de Noboa, El Salvador de Bukele o los Estados Unidos de Trump.

Casualmente –o no tanto– el ensayo de normalización no proviene de una “derecha sin complejos” que busca ser de todo menos normal, en un momento en el que la normalidad no es nada rentable, sino del autointitulado “centro político”. No es algo tan novedoso si consideramos que el “centro” concertacionista fue el gran estabilizador histórico que en la transición dejó intocados y convirtió en consensos transversales los pilares económicos, institucionales y culturales de un pinochetismo que nunca se fue, sino que tan sólo bajó el perfil y se replegó; la recreación vampírica del general Pinochet en la oscura sátira de “El Conde”, la película de Pablo Larraín, es una gran metáfora de esta permanencia.

Por otro lado Pérez Ricart alaba la “democracia ritual”, pero confunde ritual con rutina. El ritual es un acto repetitivo, sí, pero cargado de significado social, político o religioso –lo mismo da. El ritual expresa creencias, recrea mitos compartidos, cohesiona o religa a un grupo humano, nacional o de otro tipo. La rutina, en cambio, es un hábito adquirido, ni teológico ni ideológico, una costumbre que se repite de manera más o menos inconsciente y automática.

El problema de la democracia chilena en particular y de la democracia liberal procedimental en general es precisamente su carácter no ritual, su carácter rutinario, meramente iterativo.

La falta de significados trascendentes, e incluso el incumplimiento de promesas tan prosaicas como aquellas expresadas por el ex presidente Ricardo Alfonsín en la Argentina pos dictadura: “con la democracia se come, se cura y se educa”, supo asegurar con optimismo el veterano militante de la Unión Cívica Radical. Pero tanto los argentinos que vivieron la hiperinflación de 1989 como los chilenos del estallido social del 2019 saben muy bien que aquello es una vil patraña.

El problema no es, como asegura Pérez Ricart, una abstracta pasión desbocada, ni los políticos, las masas y sus furores. Tampoco los “extremos” de izquierda y de derecha (aunque el extremo centro, desde los tiempos del fascismo clásico, nunca acepte rendir cuentas frente a la historia). Una democracia sin pasiones, sin exabruptos, sin polarización, sin altercados, es en rigor una democracia sin vitalidad, sin protagonismo, sin plebe. Es una democracia tanto o más elitista que la de la vieja polis griega, pero resulta tanto más grave por darse (y ser defendida) en pleno siglo XXI. El procedimentalismo y el formalismo (además de los rasgos plutocráticos en una época en donde desde Noboa a Trump los Estados se convierten en empresas atendidas por sus propios dueños) son el filtro por donde no logran pasar las muchedumbres, que quedan atrapada en su tela de araña.

Si las izquierdas y los progresismos no retoman las concepciones no elitistas de la República y no excluyentes de la democracia, estaremos condenados.

Y la extrema derecha continuará, con toda facilidad, destruyendo sus últimas casamatas.

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Luis Casado, Nació en Chile. Es ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, lo llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes. Leer más… Como empresario del sector de las tecnologías de la información fue premiado por la Cámara de Comercio y de Industria de París (Innovación tecnológica – 2006). Editor de “Politika” en Chile, ha publicado varios libros en Chile y Europa, en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.

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