Por Pedro Pierre | 07/07/2022 | Ecuador

En los 18 días de movilización el movimiento indígena demostró claridad en sus planteamientos, sabiduría y serenidad, obligando al gobierno a aceptar parte de las demandas populares contra el neoliberalismo destructor de los Pueblos y de la naturaleza.

Todos hemos sido afectados por el levantamiento de 18 días. Frente a la radicalidad de las posturas, es necesario hacernos varias preguntas, afín de ubicarnos con mayor verdad. Nuestra visión de los resultados depende de varios factores: ¿Hemos participado activamente en la movilización y hemos colaborado significativamente en la alimentación de los manifestantes? En nuestras discusiones, ¿ponemos primero la economía o la justicia social? ¿Dónde nos ubicamos: del lado de los manifestantes o del lado del gobierno y sus aliados, como son las fuerzas públicas, las cámaras, los medios de comunicación comerciales? Si somos cristianos, ¿nos hemos limitado a rezar o hemos seguido la opción de Jesús por los pobres y las víctimas de la injusticia?

Dejando de lado el contenido importante y novedoso del “Acuerdo por la Paz”, vamos a mirar los principales actores de la manifestación para serenarnos. Así podremos sacar unas conclusiones más objetivas que respondan a los profundos desafíos de la marginación ancestral de los Indígenas y la actual situación nacional catastrófica.

El presidente Lasso sale muy mal parado después de este levantamiento por su negativa a dialogar, por los calificativos denigrantes a los Indígenas relacionándolos con el narcotráfico y el financiamiento de parte de Rafael Correa, por una respuesta unilateral y mínima a las demandas planteadas, por la incitación a la violencia de las fuerzas policiales y militares al permitir el uso progresivo de la fuerza letal contra manifestantes mayoritariamente pacíficos, por su ausencia en la mesa de diálogo… Se vio un presidente que se contradice e incumple sus ofertas de campaña, incapaz de hacer frente a demandas más que justificadas no sólo para los Indígenas sino también para la inmensa mayoría de los ecuatorianos.

Los indígenas salen ‘gloriosos’ después de 18 días de manifestaciones constantes, de claridad en sus planteamientos y argumentos, de sabiduría tranquila y firme para obligar el gobierno a atenderlos y aceptar globalmente sus demandas. Su presidente Leonidas Iza supo presentar y representar lo mejor de la valentía y de la cosmovisión económica, política y plurinacional del Bien Vivir como alternativa plurinacional al neoliberalismo destructor de los Pueblos y de la naturaleza.

Las fuerzas policiales y militares han demostrado lo peor que pueden ser, o sea, dignas representantes de las pasadas dictaduras latinoamericanas. Las fuerzas armadas han perdido el aura que tenían de ser los defensores de la patria y de la democracia, cumpliendo ciega y brutalmente las órdenes fascistas que recibían. Están con poco personal, poca armas y poco dinero para enfrentar la delincuencia y el narcotráfico, mientras se muestran superarmadas y dedicadas casi 3 semanas enteras día y noche a reprimir la clase popular de donde provienen en su mayoría. Ya cayó en el olvido que “la policía es pueblo y el ejército defensor de la soberanía nacional”, insensibles a los llamados de organismos nacionales e internacionales de defensa de los derechos humanos.

Las Iglesias cristianas han buscado demostrar cierta compasión por los Indígenas. En un comunicado, felizmente se unieron representantes de la Iglesia católica, de la Confraternidad evangélica e Iglesia Luterana. Tienen cada una personas muy valiosas que viven la solidaridad y la interculturalidad con los Indígenas y sus causas, pero sus instituciones favorecen el desorden constituido. Las opciones del papa Francisco no han calado en instituciones poco preocupadas de no caer en “la tentación de convertirse en una Iglesia de museo, hermosa pero muda, con mucho pasado y poco futuro”.

Los grandes medios de comunicación, televisivos en particular, han confirmado ser un apoyo incondicional a la ideología neoliberal del gobierno, mostrando siempre el lado negativo de las manifestaciones y de los Indígenas, ocultando los muertos, desinformando, incitando al racismo, recalcando las pérdidas económicas a costa de una justicia social ausente por todas partes, mintiendo sobre Rafael Correa y satanizando a la Revolución ciudadana. ¡Una labor exitosa de desinformación, desubicación y destrucción de las culturas nacionales, vergüenza internacional!

Otros actores fueron los medios virtuales de comunicación alternativas que informaban en directo, a lado de los líderes sociales. También se hicieron presentes movimientos juveniles, feministas, ambientales, de derechos humanos… Los ciudadanos de la Costa y de la clase media fueron los grandes ausentes, atrapados en su individualismo y racismo, con sus “sueños de perros” al creer que un día próximo pasarán a ser de la clase alta, despreciándose por olvidar de donde provienen.

Limitémosnos a tres conclusiones:

Primera: Este conflicto nacional nos deja grandes rupturas y polarizaciones por las posiciones enfermizas de racismo y anticorreísmo.

Segunda: En tal situación, sólo la organización y la movilización fuerte y decidida podrá arrancarnos al desorden constituido, al irrespeto a los derechos humanos y a una visión regionalista del Ecuador.

Tercera: A futuro, la sustitución del neoliberalismo y la derrota del fascismo vigentes exigen el despertar nacional y la unión amplia, alrededor de la CONAIE, de movimientos barriales, feministas, juveniles y ambientales.

Frente a esta realidad, no queda más alternativa que dejar de estar enjaulados para empezar a ser libres, fraternos y valientes. Todas y todos estamos llamados a integrar organizaciones renovadas que enfrenten los poderes que nos empobrecen para derrotarlos y así evitar, en futuras confrontaciones, muertos, violencias y semanas de luchas. Esto será signo de nuestra valentía o cobardía, más allá de nuestras opciones políticas y religiosas. A esta hora del camino, es bueno recordar las palabras del obispo brasileño, Pedro Casaldáliga: “Mis causas son más importantes que mi vida”, o lo que dice el papa Francisco: “De las crisis se sale arriesgando y tomando al otro de la mano”.