SEBASTIAN RONDEROS

La élite colombiana celebró los resultados de las elecciones del domingo y el paso al balotaje del 19 de junio como si fueran una victoria. Pero a no equivocarse: Gustavo Petro y Francia Márquez lograron un resultado histórico y tienen un programa popular que aún no ha alcanzado su techo electoral.

Transcurrida la contienda electoral del pasado domingo 29 de mayo en Colombia, los más pomposos clubes privados de Bogotá, Cali, Medellín y Bucaramanga se han vestido de fiesta. Se celebra allí, al son de un ritmo triunfalista, lo que analistas y expertos presagian como un destino político inevitable a consumarse el próximo 19 de junio: la inminente derrota de la izquierda colombiana encabezada por Gustavo Petro y Francia Márquez.

Muchos han de extrañarse —y no sin razón— ante el fecundo festín poselectoral de las élites colombianas. Con el 40% de los votos, Gustavo Petro prácticamente duplicó su resultado de hace cuatro años. Hoy, el representante del Pacto Histórico, que lidera la contienda electoral con nada menos que 12 puntos de ventaja por sobre su contrincante, se prepara para disputar el segundo turno. La izquierda colombiana jamás había llegado tan lejos en una elección presidencial. Por otra parte, el candidato de derecha oficial del uribismo, Federico Gutiérrez, asumió con poco menos del 24% de los votos un ignominioso tercer lugar (y el uribismo jamás había sido tan fuertemente castigado por el pueblo colombiano en una contienda electoral).

A pesar de esta victoria histórica, por medio de la cual la izquierda colombiana avista en las proximidades la batuta de gobierno, el ambiente es fúnebre para los nuestros y festivo para los pocos. Paradójicamente, pareciera que quien encabeza hoy la carrera electoral es quien está más lejos de la línea de llegada.

El factor Hernández

No por hegemonizar la agenda política en Colombia las élites y los poderes mediáticos han perdido olfato. Semanas antes de las elecciones, ciertos sectores percibieron el vuelo corto del candidato uribista, concediendo espacio al (auto)intitulado «Ingeniero Rodolfo Hernández»: un anciano y violento empresario oriundo de Santander, quien por medio de acometedores discursos destila un machismo rampante, amenaza de muerte a adversarios e incluso ha llegado a reconocer públicamente simpatías hacia Adolf Hitler.

Desconocido hasta poco antes del inicio de campaña, este «Trump criollo» ha dado un salto electoral sin parangón en Colombia, confiando su comunicación escueta a fugaces videos de TikTok. Ha conseguido Hernández articular el significante «anticorrupción» a su imagen de outsider, muy a pesar de ser el único candidato formalmente imputado por corrupción en estas elecciones.

El viraje electoral, apenas perceptible en las encuestas de opinión días antes del 29 de mayo, posiciona a Hernández en un segundo turno al alcanzar un caudal electoral del 28%. Ahora bien, si el lenguaje franco y coloquial con que Hernández desafiaba al establishment político despertó simpatías entre amplios sectores de la población, ahora se ubica como el centro gravitacional en el que orbitan el uribismo, los sectores conservadores y la dirigencia liberal para derrotar al petrismo.

Apelando a leyes de la aritmética simple, analistas y comentadores se embarcan en el cálculo de un caudal electoral híbrido. Según esta dudosa matemática, el electorado indignado de Hernández, sumado al antipetrismo, a los votos de los clanes políticos regionales y de las altas dirigencias de los partidos tradicionales —encarnados en las figuras de los expresidentes Cesar Gaviria, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe Vélez— imponen un techo al petrismo y componen una fuerza electoral del 52%, que se presume infalible.

Es cierto que en este escenario Petro encuentra mayores dificultades en crecer. Por un lado, debido a que la disponibilidad de votos de otros candidatos, como los de Sergio Fajardo, le ofrecerán al petrismo poco más de un 2%. Por el otro, porque la transferencia del 24% de Gutiérrez hacia Hernández es directa, marcando un aparente impase. También es cierto, sin embargo, que por más infalible que se presente, ningún enemigo es imposible de vencer.

Vectores electorales y frentes de batalla

El cuadro electoral compuesto por Gustavo Petro y Rodolfo Hernández denota un escenario en el cual existen profundas ansias populares de cambio a ser disputadas. Este es el producto de un insondable desprestigio en el cual la lúgubre figura de Álvaro Uribe Vélez parece naufragar (y, con ella, naufraga también un proyecto político de muerte, imperante en Colombia durante los últimos 20 años).

Mientras el voto a Hernández carece de identificación electoral estable y está compuesto por heterogéneas camadas sociales sin compromisos partidarios y con una vocación de castigo anti establishment abstracta, el perfil del votante de Petro y Francia tiene un profundo arraigo emocional y programático. Para ponerlo en otros términos: el electorado petrista es robusto y el votante de Hernández es dúctil, habilitando sectores electorales disputables por el Pacto Histórico.

Un Hernández acometedor, compulsivamente contradictorio y ausente en los debates, sin agenda de gobierno o proyección presidencial, no es directamente traducible electoralmente hablando en la disputa por un segundo turno que lo presenta como opción presidencial. Si bien las fuerzas electorales que pasan a un segundo turno suelen sedimentarse, Colombia enfrenta, tras haber elegido a un otro aventurero inescrutable (Iván Duque), un panorama socioeconómico alarmante, atravesado por una aguda crisis alimentaria y una inclemente pérdida de derechos sociales. La madurez programática del petrismo, en su juicioso ejercicio por distinguir los síntomas centrales de la crisis social, conjugada con una comunicación simple y audaz, puede disputarle electores al aventurismo de Hernández.

El vector electoral determinante en la primera vuelta fue el antiuribismo. Las alianzas de los partidos tradicionales para un segundo turno van a dilatar, aun más, la modesta reconfiguración de bases electorales. A mayor apoyo del uribismo, del liberalismo de Gaviria o del conservadurismo de Pastrana a Hernández, mayor es el espacio de acción del petrismo para disputarle votantes a Hernández.

En este escenario electoral hay dos juegos a jugar: el antiuribismo y el antipetrismo. El primero es, sin duda, el campo de batalla que definirá la contienda electoral; y aquí, mujeres y jóvenes son los actores que el petrismo puede y debe disputar.

Contamos hoy con 19 días para mostrarle a una pequeña parte del electorado (principalmente joven y femenina) de Hernández que Petro y Francia lideran un proyecto político nacional con la madurez suficiente para diseñar un horizonte alternativo, viable y necesario. Esta, como tantas otras ocasiones, será una batalla entre caballos y tanques. Pero de eso los colombianos y colombianas sabemos mucho. Nos queda todo por ganar.