Begoña se envuelve en una frazada que agarra del sillón de la sala y baja las gradas del edificio, vive en el tercer nivel.  Enciende el carro y vuelve a su apartamento, echa cuatro cucharadas de café en la cafetera y dos tazas de agua, en lo que está listo el café se va a bañar con agua fría para terminar de despertarse, el reloj marca las tres y cuarto de la madrugada. Es sábado, comienzos de primavera, en el restaurante la esperan a las cuatro en punto.  

Se recoge el cabello aún mojado en una cola, se pone el uniforme a las carreras, echa el café en un vaso, agarra su bolsa y abre la puerta del apartamento con cuidado para no despertar a los vecinos, de la misma forma echa llave y baja las gradas del edificio, el aire frío de la madrugada le cala en la artritis las manos, se sube al carro y se va. En el camino compone una toalla achuponada que le tiene en un agujero de enfrente por donde se cuela el viento frío que le da en los pies.

Entra al edificio donde trabaja, baja al sótano donde pasa las próximas 16 horas junto a otros indocumentados picando verduras y empacando comida, sale a las 8 de la noche. Se ha perdido el primer día de sol de la primavera y se perderá los del verano y el otoño como se los ha perdido los últimos 14 años de su vida desde que llegó a Estados Unidos.

14 años en los que sus tres hijos la esperan en su natal Santa Ana de Yusguare, Choluteca, Honduras. 
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