Por: Cicerón Flórez Moya

Como no se puede “tapar el sol con las manos”, así se quiera distorsionar la realidad colombiana aplicando forzado maquillaje demagógico, no son pocos los actores del proceso electoral en curso, que se han declarado partidarios de un cambio de rumbo de la nación. No reconocen abiertamente la acumulación de problemas, debido a la errática gestión de gobernantes apoyados por ellos mismos, pero ofrecen un manejo diferente del país.♦

Muchos de los que ahora hablan de unión, de generar empleo, de promover una educación de calidad, de garantizar los servicios de salud, de buscar la paz, de reconocer derechos, son los mismos cómplices de la corrupción, de la oposición a los acuerdos de paz, de la violencia criminal contra líderes sociales, del despojo de tierras a los campesinos, del ultraje a los sectores desprotegidos y de las trampas en la administración de justicia. Son los mismos oficiantes del odio contra quienes no están alineados en su oficialismo. Por eso, mientras predican su nuevo programa, se ponen del lado de acciones represivas orientadas a contener las protestas sociales, estigmatizándolas con mentiras amasadas por la perversión. Es esa la expresión de una derecha dogmática, empeñada en que nada cambie para preservar intereses abusivos de “la mezquina nómina”, como llamó Alberto Lleras a los clanes que explotan el poder.

El engaño de quienes hablan de cambio sin tener esas convicciones se les sale irremediablemente cuando salen a descalificar propuestas sobre soluciones prioritarias. Entonces llaman populismo la propuesta sobre ampliación de la cobertura de la educación superior con la gratuidad que se impone. Y ven mal sanear el régimen pensional, aplicar la equidad tributaria, impulsar el desarrollo agroindustrial con los propios campesinos. También rechazan la búsqueda de acuerdos con los grupos armados que todavía desangran a Colombia. Prefieren “hacer trizas la paz” y desestiman modificar la lucha contra el narcotráfico, aunque se escandalizan con los cultivos de coca que su recortada visión de ese problema lo ha consentido.

No se puede hablar de cambio y al mismo tiempo hacer causa común con la corrupción, como ocurrió respecto al negociado a través del Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones y la empresa contratista Centros Poblados, lo cual hizo posible un anticipo doloso de $ 70.000 millones por parte de la nación sin las garantías de legalidad y cumplimiento.

No se puede creer en propuestas de cambio a quienes son los líderes de un establecimiento que ha impedido el cumplimiento de la Constitución de 1991. O los que hacen todo lo posible para que nada cambie, a pesar del empalagoso discurso de superioridad moral que repiten el candidato Fico Gutiérrez y la candidata Ingrid Betancourt, como si de este modo, expiaran alguna culpa que les remuerde.

De todas maneras, no hay que dejarse distraer de ese engaño decorativo que no es más que impedir que el país salga del derrumbe a que lo han llevado.

Puntada

El racismo es una forma de violencia contraria al derecho a la igualdad entre los seres humanos. Quienes caen en esa ciénaga ponen al descubierto su mezquindad.

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