Por Reinaldo Spitaletta

Cómo han cambiado los tiempos desde cuando se escuchaba decir a las mamás: “comida les doy, ganas no”. Colombia, uno de los países más desiguales del mundo, reparte hambre a montones. Ya ni siquiera los niños alcanzan a comer papel, como pasaba en la Guajira; ahora, nada comen. La desnutrición los mata. Parece que habrá que acoger por estas geografías la “modesta proposición” del irlandés Jonathan Swift, de comerse los niños menores de un año. Así se evitará que perezcan de hambre.

“El hambre es la desigualdad: la forma más brutal, más violenta, más intolerable de la desigualdad”, dice el periodista argentino Martín Caparrós, autor del libro El hambre. Su aseveración se puede aplicar a las miserias cada vez mayores en Colombia, curiosamente el segundo país más biodiverso del mundo y con más de cuarenta millones de hectáreas disponibles para sembrar alimentos.

“Vivir con hambre duele, no solamente en el cuerpo, duele también en el alma”, dice una señora de la Guajira, en el documental Los paisajes del hambre, de Juan Carlos Buitrago y Walter de Andrade, que retrata la pobreza en la que está sumida Colombia, un país en el que se “abudinean” billones de pesos, se desvían recursos, se promueve la corrupción oficial y privada, al tiempo que miles de ciudadanos se hunden en la inopia.

Los autores de ese cuadro de desdichas saben que “el hambre se nos olvidó, nos acostumbramos a ella, se volvió paisaje”. Qué importa que mueran niños y ancianos por la carencia de alimentos. Son del montón, pensarán los dueños del país. Repartir hambre es una pervertida táctica de los poderosos para evitar levantamientos, para impedir que la gente se mueva y escuche (como lo dijo Rosa Luxemburgo, el “Águila de la revolución”) el macabro sonido de sus cadenas.

Con la expansión del hambre es simple vigilar y controlar. Se doblega al desobediente, se borra la posible y necesaria resistencia hacia la opresión. Un reciente informe de la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia y la ANDI, reveló que “el 54 % de la población del país vive en inseguridad alimentaria y que 554.000 niños menores de cinco años sufren desnutrición crónica”. También señaló que 21 millones de colombianos tienen dificultades para conseguir las tres comidas diarias. Es más, casi siempre solo tienen acceso a una sola.

El alto costo de la vida ha hecho que cada vez menos gente pueda comprar los artículos necesarios para la subsistencia. “No podemos olvidar que, según el DANE, en Colombia hay más de siete millones de personas que viven con $145.000 mensuales o menos y catorce millones de personas con $331.000 o menos”, advierte el médico Buitrago, uno de los autores del mencionado documental, en declaraciones a El Espectador. Sí, el paisaje es de miserias.

Sin embargo, para el gobierno todo es paradisíaco, todo va sobre ruedas. Ha habido reactivación económica. Hay seguridad alimentaria. Que son pendejadas las que hablan los agricultores contra los desnivelados tratados de libre comercio. Es que se quejan mucho… No falta sino decirles a estos y al pueblo en general, como alguna vez lo pronunció alguna malhadada funcionaria, que “es que todo lo quieren regalado”.

Hace años en muchas paredes del país aparecía una consigna: “Abajo el gobierno de hambre, demagogia y represión de López Michelsen”. Al de ahora, además de las tres características anteriores, habría que agregarle un extenso listado de desafueros contra la población, a la que desdeña y mantiene en situaciones límite, de intensas carencias y brutales desajustes en el modo de vida.

“Más cornadas da el hambre”, decía El Cordobés, un torero tremendista. Sí, y da patadas, retorcimientos, dolores en cuerpo y alma, y un enorme desgano por seguir viviendo en un estado de indigencia sin fin. El informe alerta sobre la desnutrición y sus destructivas secuelas. Si estos niños mal alimentados sobreviven desarrollarán “en su vida adulta catorce puntos menos de coeficiente intelectual, cinco años menos de escolaridad y 54 % menos de ingresos”.

El gobierno, en su infamia de justificar (e incrementar) las desventuras populares, ha culpado de la situación a la pandemia, cuando, como se sabe, esta ha sido la que ha revelado en sus dimensiones de horror todas las pobrezas juntas de la gente, de un lado. Y, del otro, ha mostrado la catadura inescrupulosa de Duque y sus cortesanos, que atacaron con reformas tributarias abusivas y otros mecanismos los vaciados bolsillos de los hambrientos.

Según el DANE, el 42,05 % de los colombianos vive por debajo de la línea de pobreza y así, a los efectos nocivos de no tener con qué calmar el hambre, se suma la falta de acceso a servicios de salud, agua potable, educación familiar con respecto a la desnutrición de los niños y otros inconvenientes que se abaten contra la seguridad alimentaria.

Triste país el nuestro, muy triste, que, como en un poema de Miguel Hernández, tiene a tantos niños en la cuna del hambre.