Pocos cantores de cualquier género musical en Colombia han tenido la sensibilidad social y política de ‘El Indio Sinuano’.

Radio Nacional de Colombia

Hacia las 4:30 de la mañana de este sábado 27 de noviembre falleció el juglar monteriano Máximo Jiménez, figura fundamental en el desarrollo de un vallenato con sentido social. Desde hace unos días, Jiménez venía presentando un cuadro de complicaciones respiratorias que lo llevaron hoy a un episodio cerebrovascular, situación que lo llevó a la muerte en la Clínica Central de su ciudad natal.

Pocos cantores de cualquier género musical en Colombia han tenido la sensibilidad social y política de Máximo José Jiménez Hernández, acordeonero y cantor conocido como ‘El Indio Sinuano’, al igual que el vallenato de David Sánchez Juliao al que le puso música.

Jiménez fue, sin duda alguna, uno de los más rebeldes y comprometidos exponentes de la música en Colombia. Testigo del maltrato, del desplazamiento y del expolio en su región, sus cantos se orientaron hacia la protesta y la revolución. Debido a ello la violencia se ensañó sobre su familia y fue obligado al exilio en Europa por años.

Ordeñador, artesano y carpintero, a sus 20 años dominaba ya el acordeón, pero en lugar de las parrandas tradicionales, el joven prefería animar los encuentros y mítines de las asociaciones campesinas de su departamento que buscaban una necesaria reforma agraria en las décadas del 60 y 70. Él mismo perteneció a la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), que reclamaba la propiedad de terrenos baldíos en manos de dudosos dueños o injustamente entregados por el Gobierno a diversos terratenientes. Fue el momento, como lo dijo en alguna entrevista, en que “empezaron a irse los malos amigos y empezaron a llegar los buenos enemigos”.

Con sus vallenatos y cumbias, Jiménez alentó a quienes lucharon por una reforma agraria en el Caribe colombiano. Su protagonismo en esas asociaciones campesinas y su activismo en la protesta social le valieron muertes en el seno de su familia, incluyendo el asesinato de su hermano y la desaparición de otros familiares cercanos.

Nacido en el corregimiento de Santa Isabel en Montería el 1 de abril de 1949, el cantor y acordeonero participó en el Festival de la Leyenda Vallenata en 1974 y 1977. Desde el principio causaron molestia las invectivas de sus canciones, que denunciaban a políticos, terratenientes y actores del conflicto, y para siguientes participaciones fue instado a bajarles el tono a sus profundas críticas, cosa que, por supuesto, no aceptó.

Con las disqueras la cosa no fue menos tensa, y durante la época del formato vinilo grabó apenas unas seis producciones, número muy pequeño en comparación de lo registrado por sus colegas del vallenato en tiempos en que el género empezaba a popularizarse.

Su actitud contestataria, que le produjo amenazas, atentados y encarcelamientos irregulares, lo llevó a exiliarse en Viena en 1989, de donde regresó afectado por un primer accidente cerebrovascular que le repercutió en el habla y en el desplazamiento. Ya en Montería de nuevo, en 2017, fue víctima de otro derrame cerebral. A pesar de esos serios quebrantos, Jiménez nunca dejó de grabar temas, publicados en ediciones independientes, incluyendo un último disco de 2017 llamado ‘Soy de donde nace la cumbia’. Así mismo, solía participar gustoso en diferentes foros y encuentros donde se habló de música, sociedad y justicia.

El sensible fallecimiento de Máximo Jiménez es el triste colofón de una semana en la que también dejaron el mundo otros grandes exponentes de la música en Colombia como Abelardo Carbonó, pionero de la champeta en Barranquilla; Lucho Campillo, acordeonero cordobés que fue embajador del vallenato y la cumbia en México y Estados Unidos; y Blas ‘Michi’ Sarmiento, compositor, cantante, intérprete de vientos y arreglista, a quien se deben los primeros discos de salsa en Colombia.