El tema va en serio. Lo del cambio climático hace tiempos dejó de ser un tema de naturalistas románticos; cada vez está más presente en las agendas políticas y empresariales, es decir, en el radar del poder, el político y el económico. A ciudadanos de todas las edades y ya no solo a los jóvenes, los moviliza la preocupación ambiental.

Ha sido tema central de las dos últimas reuniones del Foro de Davos que en enero convoca a los pesos pesados del poder político y económico del globo. El Banco Mundial, el europeo y el BID, así como sus equivalentes chinos, han empezado a moverse respecto a proyectos a financiar; la balota negra por el momento empieza a excluir directa o indirectamente a los relacionados con los combustibles fósiles. Ya hay fondos de inversión que igualmente los excluyen de su portafolio y empiezan organizaciones de consumidores a vetar productos en cuya manufactura intervenga ese tipo de energías.

Europa, incluida la Gran Bretañapostbrexit, es hoy la abanderada de la causa ambiental, con oposición interna de un nacionalismo populista elemental y tendencioso, enemigo en principio de toda imposición externa a la soberanía nacional (Acuerdo Climático de París?) que expresaría intereses de una plutocracia, generalmente judía, un ejemplo clásico de desinformación y de la epidemia de teorías conspirativas que tuvo en Trump a su gran animador norteamericano.

Lo que hoy le da un piso firme acontener esta carrera suicida hacia un desastre climático de escala planetaria, es que tanto China como los Estados Unidos posTrump, los dos principales contaminantes mundiales, tienen claro que ya no se trata solo de reducir emisiones, atacando los síntomas con políticas de atenuación del impacto, importantes pero insuficientes.

China, tiene en el desarrollo de energías alternativas uno de sus ejes de acción en la planeación estratégica, que busca no solo transformar su sistema productivo sino desarrollar la tecnología y los equipos para vendérselos al mundo, a la par que con ello fortalecería su liderazgo; la energía es la fuente de la vida social y económica de las naciones y del mundo.

Estados Unidos que igualmente había iniciado la tarea con Obama, la vio totalmente suspendida en el cuatrienio trumpista, pero Biden llegó con todo el brío para retomar la tarea con la cual estuvo comprometido como Vicepresidente, planteando de inmediato acciones como el retorno al Acuerdo Climático de París, la suspensión de nuevos contratos de perforación de petróleo y gas entierras federales y la terminación de los subsidios a los combustibles fósiles. Fijó una meta ambiciosa pero realizable, para 2050 alcanzar una economía con cero emisiones netas. Cambios con la orientación de no simplemente prohibir y eliminar sino de innovar buscando; su gobierno plantea que se distinga como una administración verde con avances moderados y continuos, sin descarrilarla economía existente; avances que permitan replantear el modelo de desarrollo capitalista vigente cuyas falencias son ya inocultables; un modelo que ha avasallado a la naturaleza en su pretensión de someterla, tarea en la cual está igualmente embarcada China. Y el que no lo crea basta que mire a su alrededor.

En medio de sus diferencias, ambos países comparten la suerte de la humanidad y por ello, ambos tienen en el cambio climático un enemigo común, que podría volverse un compromiso común, en medio de las diferencias y para bien de la humanidad, de todos, gringos y chinos incluidos.

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