Por Gerónimo Pérez Rescaniere

Por 1823 nació en Bogotá el plan de contratar un empréstito en el exterior. Una vez hecho eso y saneado en consecuencia el crédito oficial, el Estado podría esperar una cooperación financiera más amplia de los hombres de negocios y así lo ofrecieron los señores Arrubla y Montoya, poten¬tados nacionales, a nombre de los principales grupos económicos. Tal fue el origen del empréstito inglés.

El Congreso, donde tenían curul muchos de los acreedores del Estado, presentes y futuros, dictó la ley que autorizó el emprés¬tito y como los negocios deben ser completos, el mismo Banco Goldsmith que dio el préstamo fue nombrado legalmente «agente del gobierno de la República de Colombia para la transacción de todos los negocios de dicha República en Inglaterra». ¿Por qué esa exclusividad? Ya veremos.
De momento Arrubla y Montoya viajaron a Londres. Les acom¬pañaba un señor Hurtado, con el título de Ministro diplomá¬tico. Se firmó el empréstito, se repartieron las siguientes sumas por concepto de comisiones: Arrubla y Montoya £ 20.137, que al cambio de la época sobrepasaba la cantidad de cien mil pesos colombianos; y Hurtado £ 53.000, que ascendían, más o menos, a doscientos ochenta mil pesos colombianos. Estas cantidades, su¬madas, eran casi iguales al presupuesto de Educación de Colombia. En la prensa aparecen tras esto frecuentes anuncios de formación de compañías para explotar los recursos agrícolas y mineros de la república, compañías en las que el capital lo aportaba, en todo o en parte, la casa Goldsmith, y el señor Hurtado figuraba como Presidente. Era el desarrollo concreto de la exclusividad otorga¬da al Banco. Otros movimientos se produjeron con ese dinero y cuando Bolívar solicitó, para la batalla que habría de darse en Perú, algunos millones de pesos, que perfectamente permitían las cifras en libras esterlinas del empréstito, se le dio largas al asunto en el Congreso.

Luego vino la quiebra del Banco Goldsmith con su alboroto gran¬de en Londres y se descubrió que los flamantes representantes de Colombia, que tan caro cobraban por su asesoría de la gestión, también se alegraban el cuerpo con una comisión del banco. Y no era pequeña, alcanzaba a algo así como un veinte por ciento del total. Secreta se hubiera mantenido esa comisión para la eternidad sin la quiebra. Hecha pública, en vez de pedir excusas o esconder¬se, Arrubla y su grupo solicitaron que el Estado les pagara el veinte por ciento que Goldsmith les quedó debiendo al irse de este mun¬do, porque se había suicidado. ¡Y Colombia lo pagó!, por decisión de la mayoría del Congreso, obediente a Santander como los encartados.
El libertador le declaró la guerra a esto y en consecuencia en los almacenes bogotanos se discutía el atentado. Participaban Arrubla, Hurtado u Hurtado parecerán en el atentado, también Miguel Zuláibar Santamaría, rico comerciante vinculado por lazos familiares al grupo de Arrubla y Montoya. Zuláibar fue realista en su juventud, su casa de comercio era de las más prósperas de Bogotá en el negocio de importación, tan favorecido por la política librecambista que salió del Congreso de Cúcuta. Se había asociado con un francés, Agustín Horment, llegado a Colombia en calidad de agente de la casa Darthes & Cía., de Londres. Como quiera que los Decretos de Hacienda y Régimen de las Aduanas, dictados por Bolívar en Venezuela implicaban un alza general de las tarifas de Aduana, Horment hacía prácticas de tiro en el patio de atrás de la logia masónica llamada Sociedad Filológica.
También participaba de la conspiradera un señor Rojas, filósofo del dinero y uno de los princi¬pales organizadores de la logia, y asistía don Vicente Azuero, que defendía por la prensa la prisión por deudas y no sólo allí, se ha¬cía temible en los tribunales por su extraordinaria habilidad en el manejo del Juicio Ejecutivo contra los deudores, logrando el encarcelamiento.
Para calentarse el alma escenificaron el Julio César de William Shakespeare. Imaginemos que al concluir el drama, un orador explicó que corrieron en Roma ho¬ras antes de la muerte de César rumores de que éste no sólo se matrimoniaría con Cleopatra, haciéndose faraón de Egipto, sino excavaría, valido de ello, el canal de Suez, acercando a Europa con la India, mágica, absolutista, haciendo uno a La India, Egipto y Europa, con lo que «destruirá nuestra libertad», como dice Ca¬sio en la obra shakespeareana. Así se ilustraba el conato de Bolívar: tendría el canal de Panamá. Comunicar el Caribe con el Océano Pacífico era comunicar con el Asia. Adquiriría una potencia económica sin segundo. Ni Francia, ni Estados Unidos, ni la mismísima Inglaterra se le opondrían. Influiría la eco¬nomía universal y en un plazo de diez, veinte, o treinta años habría reorganizado la forma política de Europa y del mundo y obvia¬mente la de la América española. ¿Hacia dónde? ¿Cuál era su plan? De poder mundial era según la Carta de Jamaica. No se la conocía en Colombia pero había sido publicada en un periódico jamaiquino. Y en Panamá había hecho su famoso Congreso Anfictiónico.
Una vía más extensa de conocimiento residía en la historia de los cuatro últimos milenios del istmo de Suez, de los imperios de Europa, de Asia y África que lo rodean, que han excavado el canal, que lo han llenado con arena o declara¬do imposible, como lo hizo Napoleón Bonaparte.
Si hay banqueros en el asunto también hay poetas, como Vargas Tejada, secretario de Santander. Temen al poder que detentará Bolívar y se sienten como Bruto, preparados para borrar de la faz de la tierra al nuevo César, tienen las cabezas revueltas de escenas de tiranos atravesados por espadas de republicanos. Vargas publicó un poema en un diario de Bogotá elo¬giando el tiranicidio.
Fe en estar haciendo historia es lo que correrá en las botas de los hombres que se presentan en la Casa de gobierno de Bogotá la noche del atentado. Es septiembre de 1828. Llevan los pechos forrados con petos de cuero de los que cuelgan puñales, punzo¬nes, pistolas con pocas balas. Bolívar se salvaría gracias a Manuela Sáenz, tras eso la saludaría como “La libertadora del Libertador”.