POR: ARMANDO BARONA MESA

La policía o gendarmería, fue un invento social inmemorial. Los griegos y los romanos ya la tenían. Y no eran militares ni hacían despliegues de armas. Hace dos mil quinientos años solo portaban un signo de autoridad. Los romanos llevaban una pequeña hacha engastada en una vara larga rodeada de otras varas delgadas que iban bien amarradas al eje central, dando un cuerpo de un diámetro de quince centímetros. Ese era el fascio. Pasados los años en Inglaterra tenían un uniforme y un pito con el que llamaban a otros agentes en caso de necesidad. Digamos que era la cultura de la gente la que aceptaba con respeto esa autoridad.

Y de hecho, es necesario, dentro de un estado de derecho, que la fuerza policial haga controles y proteja a las gentes. El policía, pues, hace parte de una institución imprescindible, pero… debe ser respetable y jamás abusar de la autoridad. Donde se exceda estaremos en un estado autoritario y policivo, similar al que usó Augusto Pinochet en Chile. En Colombia hubo una policía chulavita asesina que perseguía a los miembros de un partido político mayoritario y les daba muerte.

O sea que los dos policías del caso de Javier Ordóñez no cumplieron una función policiva propiamente dicha, sino que soltaron la fiera criminal interior de sus bajos instintos y deliberadamente mataron con sevicia a este pobre señor, que bien podría haber estado embriagado, pero que era un ciudadano al que debían proteger en su elemento más sagrado, que era la vida. Nadie más que ellos, los dos policías, lo atacó. Los videos son una prueba irrefutable en los que se ven los golpes brutales que a pesar de los sonidos desgarradores del dolor y la súplica de “no más por Dios”, los incentibaban para dar con mayor contundencia con sus bolillos y manos y para las descargas Tasser que aturden y hieren profundo, así sea aparentemente de modo transitorio.

Sencillamente lo mataron y podía notarse la satisfacción que les producían los actos sucesivos de la tortura y la muerte que llegaba obligatoriamente. Y la sintieron arribar sin detenerse en la insania.

Sí, con el conocimiento del derecho y del delincuente que tengo adquirido durante más de cincuenta años de ejercicio y estudio del delito, distingo allí como lo debe hacer cualquier juez, el acto delictivo deliberado, no preterintencional como lo dijo alguien, sino directo y agravado con varias causales, la primera de ellas es el estado de indefensión de la víctima y el ataque plural y conjunto de quienes debían proteger a ese ciudadano.

Pero este, como no escapa a nadie, es un asunto común de conocimiento de la Fiscalía y la justicia ordinaria y lo más seguro es que serán condenados.

Ahora, en cuanto a las reacciones de rechazo de la gente, la protesta es válida constitucionalmente. Pero no vamos tan rápido. El derecho de cada uno llega hasta donde se inicia el derecho de los demás. Que se exprese un sentimiento de rechazo a la acción de unos policías es ciertamente un derecho, pero el mismo no alcanza para llegar a lastimar el de las personas que tuvieron que marchar a pie a unas distancias impiadosas en el frío bogotano. Mucho menos a destruir el patrimonio público del transporte distrital, los buses articulados y a irrumpir en el comercio grande y pequeño para saquear y destruir lo que no se podían llevar.